Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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TIBURONES CON MI MISMO ADN
El champagne en mi copa se había calentado, pero el frío que me recorría la espalda no tenía nada que ver con la temperatura del salón.
—Elena, tenemos que ayudarla —susurró Lucas, ajustándose la corbata con ese nerviosismo que siempre lo delataba—. Es nuestra prima. No podemos dejarla ahí.
*Nuestra prima.*
Repetí la palabra en silencio, saboreando su ironía como se saborea un veneno dulce. Detrás de la puerta reforzada del baño VIP del Met Museum, los sollozos de Silvia se mezclaban con las risas graves de tres ejecutivos de Goldman Sachs. Los mismos trajes italianos. Los mismos relojes que costaban más que el coche de mi padre. Los mismos depredadores que, en otra vida, firmarían la sentencia de muerte de nuestra familia con una firma al pie de un documento.
Cerré los ojos un segundo. Solo un segundo.
Porque en ese segundo, lo vi todo otra vez.
Vi a Lucas sangrando en la carretera de los Hamptons, el coche envuelto en llamas, el "accidente" que los periódicos llamaron tragedia y que yo sabía que fue ejecución. Vi mi propio reflejo en el espejo de un apartamento de Queens, ojerosa, con la ropa arrugada, firmando papeles de bancarrota mientras el teléfono no paraba de sonar con llamadas de acreedores. Vi a Silvia, impecable en un vestido de Valentino, brindando con Dom Pérignon en la terraza de Sterling Holdings, mientras mi apellido se convertía en sinónimo de fracaso.
Y luego vi lo peor.
Vi a Silvia inclinándose sobre el ataúd abierto de mi madre, con esa sonrisa triste que ella sabía ensayar mejor que nadie, susurrando: "Pobrecita. Nunca supo cuidar lo que tenía."
Abrí los ojos.
—Lucas —dije, y mi voz sonó extrañamente serena, casi clínica—. ¿Recuerdas lo que nos enseñó el abuelo sobre los tiburones?
Mi hermano me miró, desconcertado.
—Que no se les da la espalda en el agua.
—Exacto. —Di un sorbo lento al champagne, sintiendo cómo las burbujas me quemaban la garganta—. Y hay tiburones que tienen nuestro mismo ADN.
Frunció el ceño. No entendía. No podía entender. Pero yo sí. Yo había visto el final de esta historia, y sabía que salvar a Silvia era firmar nuestra sentencia.
—Finge que te duele la cabeza —le dije, tomándolo del brazo con fuerza, las uñas clavándose en la tela de su esmoquin—. Nos vamos.
—¿Pero Elena…? Ella está…
—Nos vamos, Lucas. Ahora. —Bajé la voz hasta convertirla en un hilo de acero—. Y cuando salgamos de aquí, vas a llamar a nuestro abogado. Mañana a las siete de la mañana. Vamos a reestructurar Vasquez Group. Esta vez, no vamos a pedir permiso.
Mientras nos alejábamos por el pasillo de mármol del museo, los gritos de Silvia subieron de tono. Fueron disminuyendo, uno a uno, como velas apagadas por el viento. Yo no miré atrás.
Tenía un imperio que reconstruir.
Y esta vez, los cimientos serían de huesos ajenos.
En el coche, Lucas me miró de reojo. Las luces de Manhattan pasaban por su rostro como destellos de una película en cámara rápida.
—¿Estás bien? —preguntó, con esa voz suave que usaba cuando sabía que algo no encajaba.
—Nunca he estado mejor —mentí, observando mi reflejo en la ventana.
La mujer que me devolvió la mirada no era la misma que había entrado al museo esa noche. Esa mujer había muerto en un apartamento de Queens, con el corazón roto y la cuenta bancaria en cero. La que estaba sentada a su lado tenía los ojos secos, la mandíbula apretada y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Mañana —dije, más para mí que para él— vamos a dejar de ser las víctimas.
Lucas no respondió. Pero vi cómo apretaba el volante.
Él también lo sabía. Solo que aún no sabía *cómo*.
Esa era la diferencia entre nosotros. Lucas era el genio financiero. Yo era la que sabía exactamente a quién había que destruir primero.
El teléfono de Lucas vibró. Lo miró. Palideció.
—Es la policía —dijo, con la voz quebrada—. Dicen que hay un incidente en el Met. Que encontraron a una mujer.
Cerré los ojos.
Adelántate, Silvia. Empieza a correr.
Porque esta vez, yo no iba a detenerte.
Esta vez, yo iba a empujarte.
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