Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 22 — Traición o sacrificio
La puerta trasera se abrió de golpe. Pero no fue Julieta quien salió.
Fue Cedric. Con el rostro desencajado de furia, seguido de dos hombres que nos bloquearon el paso antes de que pudiéramos retroceder. Detrás de él, apareció Valeria, cruzada de brazos, con una sonrisa fría y triunfal. Y al final, pálida, con los ojos llenos de lágrimas y las manos temblando, estaba Julieta.
—¡Caíste! —gritó Cedric, dando un paso hacia nosotros—. Qué predecibles. Una carta, un mensaje, una promesa de hermana… y corren directo a la trampa.
Me quedé helada. Lo miré a Julieta, sintiendo cómo el corazón se me rompía en mil pedazos.
—¿Es cierto? —susurré—. ¿Todo fue mentira? ¿La carta, la señal, el miedo… todo?
Julieta bajó la cabeza, sin atreverse a mirarme.
—Perdóname —dijo, con voz quebrada—. No tenía opción. Me obligaron. Si no lo hacía… iban a hacerte daño.
—¡Ya basta! —la cortó Valeria, con sequedad—. Deja de llorar. Hiciste lo que tenías que hacer. Ahora, retírate. Esto no te concierne.
Julieta dudó, me miró un instante con una expresión que no logré descifrar… y se giró, desapareciendo por la puerta. Cedric se acercó a nosotros, con una sonrisa cruel, y señaló a Cristóbal.
—Tú, aparte. Tengo cuentas pendientes contigo. Y tú… —se giró hacia mí—, ven conmigo. Tienes algo que es mío.
—¡No se acerques! —gritó Cristóbal, poniéndose entre nosotros—. Si das un paso más…
—¿O qué? —se burló Cedric—. ¿Crees que puedes contra todos? Vinieron solos, como tontos. No tienen armas, no tienen testigos. Nadie sabrá qué pasó aquí.
Los hombres dieron un paso hacia nosotros. Cristóbal me empujó levemente hacia atrás, murmurando casi sin voz:
—Corre. Por la parte de atrás del jardín. Llega al coche y vete. No te detengas.
—No —respondí, con lágrimas en los ojos—. No te dejo. No sin ti.
—¡Vete! —insistió él, con desesperación—. Eres la única que puede exponerlos. Si nos llevan a los dos… todo se pierde. ¡Corre, Jessica!
En ese instante, algo sucedió. La puerta se abrió de nuevo. Pero esta vez, no fue nadie de ellos. Julieta salió corriendo, con una carpeta en las manos, y se interpuso entre Cedric y nosotros, temblando pero firme.
—¡Déjenlos ir! —gritó, con toda la fuerza que tenía—. ¡Si dan un paso más, lo tiro todo al vacío!
Levantó la carpeta sobre su cabeza, al borde de la escalera de piedra que daba a un jardín profundo y lleno de arbustos espinosos. Si la soltaba, los documentos se perderían para siempre.
—¿Estás loca? —bramó Cedric, palideciendo—. ¡Baja eso ahora mismo!
—¡No! —respondió ella, con voz temblorosa pero decidida—. Me dijeron que solo los llevarían a hablar. Que no les harían daño. Pero escuché lo que planeaban. Van a hacerlos desaparecer. Y yo… no puedo ser parte de eso. Ya no.
—Te has vuelto contra nosotros —dijo Valeria, con frialdad—. Y eso se paga caro.
—No me importa —respondió Julieta, y sus ojos se encontraron con los míos—. Lo siento, Jessica. Siento todo. Siento haberte traicionado, siento haberte mentido. Pero no puedo dejar que te maten. No puedo dejar que mueran inocentes por mi culpa.
—Baja eso —amenazó Cedric, dando un paso hacia ella—. O te juro que…
—¡Un paso más y lo suelto! —gritó ella, y su voz cortó el aire—. ¡Estos son los documentos originales! Las pruebas de todo: los sobornos, el dinero escondido, lo que hicieron con mamá. ¡Si caen, se destruyen! Y con ellas, todo lo que ustedes quieren proteger. ¿Arriesgarían todo por atraparnos?
Cedric se detuvo, apretando los puños con rabia. Sabía que no podía arriesgarse. Si los documentos se perdían, perdía también su escudo, su herencia, su futuro. Valeria lo miró con furia contenida, comprendiendo que la ventaja se les había escapado de las manos.
—Los dejarán ir —dijo Julieta, con autoridad que nunca había tenido—. Ahora mismo. Y nadie los persigue. Si lo hacen, todo sale a la luz. La prensa, los jueces, la policía… todos sabrán la verdad.
—¿Crees que nos rendiremos por esto? —escupió Valeria.
—No es rendición —respondió Julieta—. Es un trato. Los dejan ir… y yo guardo las pruebas. Si vuelven a intentar algo… todo se acaba. ¿Trato?
Cedric la miró con odio, sabiendo que había perdido la partida en ese instante. Asintió lentamente, con los dientes apretados.
—Váyanse. Antes de que cambie de opinión. Pero tú… —señaló a Julieta—. Te las verás conmigo.
—No me importa —respondió ella, sin bajar la carpeta—. Váyanse, Jessica. Ahora.
Cristóbal me tomó de la mano y empezamos a retroceder hacia la salida, sin dejar de mirar a mi hermana.
—¿Y tú? —le pregunté, con el corazón destrozado—. ¿Qué será de ti?
—Yo me quedo —dijo ella, con una sonrisa triste y valiente—. Tengo que quedarme para que confíen. Para vigilar. Para asegurarme de que no hagan nada. Pero no te preocupes por mí. Estaré bien. Y cuando llegue el momento… cuando estén listos para volver… yo seré su espía. Su voz desde adentro.
—Julieta… —susurré, con lágrimas corriendo por mis mejillas—. No te pongas en peligro.
—Ya lo hice —respondió ella—. Pero esta vez, es por ustedes. Por la verdad. Ahora vayan. ¡Corran!
Salimos de allí corriendo, sin mirar atrás, hasta llegar al coche. Cristóbal arrancó a toda velocidad, y cuando dejamos la mansión muy lejos, me derrumbé en el asiento, llorando con el pecho lleno de emociones contradictorias.
—Ella nos salvó —dije entre sollozos—. Mi hermana… nos salvó.
—Lo hizo —dijo Cristóbal, poniendo una mano sobre la mía—. Y pagará un precio muy alto por ello. Pero nos dio algo más valioso que su perdón. Nos dio tiempo. Nos dio esperanza. Y nos prometió que cuando volvamos, no entraremos solos.
Miré por la ventana, hacia el horizonte que empezaba a aclararse. Julieta se había quedado atrás, sola, rodeada de enemigos, arriesgándolo todo por nosotros. No era traición. Era sacrificio. El sacrificio más grande que alguien podía hacer: quedarse en el infierno para que los que amas puedan llegar al cielo.
—Volveremos por ella —prometí, con voz firme, secándome las lágrimas—. No la dejaremos ahí. La sacaremos de allí. Y recuperaremos todo lo que nos pertenece. La herencia, la verdad… y a mi hermana.
Cristóbal apretó mi mano, y en su mirada vi la misma determinación.
—Lo haremos. Pero ahora… ahora debemos prepararnos. Porque la próxima vez que volvamos, no será para escapar. Será para ganar.
Y mientras el sol nacía sobre el horizonte, dejando atrás la mansión y todo lo que representaba, supe que la guerra ya no era solo por dinero o por justicia. Era por el alma de mi hermana. Era por el amor que nos mantuvo unidos a pesar de todo. Y era por la promesa de que, al final, la verdad no solo vencería… también nos reuniría a todos.