🎄 El esposo que apareció en invierno
Una joven de 18 años es abandonada por el amor de su vida justo cuando descubre que está embarazada de cuatrillizos. Sin familia, sin apoyo y completamente rota, termina viviendo uno de los momentos más difíciles de su vida… hasta que el destino interviene.
Una noche fría de invierno, es encontrada desmayada en la calle con fuertes dolores por un hombre desconocido que decide ayudarla y llevarla al hospital. Allí, un malentendido con los medios los obliga a fingir ser esposos para evitar el escándalo. Lo que comienza como una mentira por necesidad, se convierte en un matrimonio real.
Él, un hombre que siempre soñó con ser padre pero que fue herido por una relación pasada, decide aceptar a la joven y a sus cuatrillizos como su familia. Les da su apellido, los protege y los presenta ante su propia familia en plena Navidad, como su esposa y sus hijos.
Entre momentos de dolor, protecció.
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Capitulo 3: El precio de una despedida
Lucía acababa de regresar de ver a sus bebés en la unidad neonatal.
Su corazón seguía lleno de emociones.
Los cuatro pequeños continuaban luchando por sus vidas.
Eran tan diminutos que parecía imposible que pudieran sobrevivir.
Pero allí estaban.
Aferrándose a la vida.
Y ella haría cualquier cosa por protegerlos.
Al entrar en su habitación encontró algo inesperado.
Un hombre estaba sentado junto a la ventana.
Lucía se quedó paralizada.
Su respiración se detuvo.
Porque conocía perfectamente aquel rostro.
David.
El padre biológico de los cuatrillizos.
El hombre que la había abandonado.
El hombre que desapareció cuando descubrió que ella estaba embarazada.
—¿Qué haces aquí?
Preguntó con la voz temblorosa.
David se levantó lentamente.
—Necesitaba hablar contigo.
Lucía soltó una risa amarga.
—¿Ahora?
—Lucía...
—¿Ahora decides aparecer?
El hombre evitó mirarla.
Aquello hizo que la rabia creciera aún más.
—¿Dónde estabas cuando no tenía dinero?
—¿Dónde estabas cuando no tenía qué comer?
—¿Dónde estabas cuando lloraba todas las noches?
David suspiró.
—No vine a discutir.
—Pues yo sí.
Respondió ella.
El silencio se volvió pesado.
Finalmente David habló.
—Escuché que estás con un millonario.
Lucía frunció el ceño.
—¿Y qué?
—Vi las noticias.
—¿Y?
David la observó directamente.
—Quiero dinero.
Lucía sintió que el mundo se detenía.
Por unos segundos creyó haber escuchado mal.
—¿Qué dijiste?
—Quiero dinero.
Repitió él.
—Esos niños son míos también.
La indignación recorrió todo el cuerpo de Lucía.
—¿Tuyos?
Gritó.
—¿Tuyos?
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Cuando te dije que estaba embarazada desapareciste.
—Cuando más te necesitaba me dejaste sola.
—Y ahora vienes a reclamar algo.
David cruzó los brazos.
—Son mis hijos.
—No.
Respondió ella.
—Los abandonaste antes de nacer.
—Siguen siendo míos.
—No tienes vergüenza.
La discusión comenzó a subir de tono.
David dio un paso adelante.
—Escúchame bien.
—No.
—Si estás viviendo con un millonario quiero mi parte.
Lucía sintió ganas de abofetearlo.
—No recibirás ni un centavo.
—Eso lo veremos.
Respondió él.
Fue entonces cuando la puerta se abrió.
Ambos se giraron.
Adrián acababa de entrar.
Su expresión era fría.
Peligrosamente fría.
Había escuchado lo suficiente.
Observó a David de arriba abajo.
Y no le gustó lo que veía.
—Así que tú eres el famoso padre.
Dijo con calma.
David levantó la barbilla.
—¿Y tú eres el nuevo héroe?
Adrián ignoró el comentario.
Se acercó lentamente.
—Escuché que quieres dinero.
David sonrió.
—Al menos alguien entiende rápido.
Lucía estaba furiosa.
—Adrián, no le des nada.
Pero Adrián levantó una mano.
Indicándole que guardara silencio.
Luego volvió a mirar a David.
—¿Cuánto quieres?
Los ojos del hombre brillaron.
—¿Hablas en serio?
—Muy en serio.
David sonrió por primera vez.
—Cincuenta mil dólares.
Lucía abrió los ojos.
—¡Estás loco!
Pero Adrián permaneció tranquilo.
—Está bien.
David parecía incapaz de creerlo.
—¿Aceptas?
—Sí.
Respondió Adrián.
El hombre soltó una carcajada.
—Sabía que eras inteligente.
Entonces Adrián sacó unos documentos de un maletín que llevaba consigo.
Los colocó sobre la mesa.
—Pero antes tendrás que firmar esto.
David frunció el ceño.
—¿Qué es?
—Un acuerdo legal.
—¿De qué clase?
Adrián lo miró fijamente.
—Firmas que renuncias a cualquier derecho sobre los niños.
El silencio cayó sobre la habitación.
—¿Qué?
Preguntó David.
—También renuncias a cualquier reclamo económico futuro.
—Y aceptas que nunca volverás a acercarte a ellos.
David comenzó a leer.
Su rostro cambió.
—¿Nunca volveré a verlos?
—Exactamente.
—¿Y después me das el dinero?
—Después recibirás el dinero.
Lucía observaba todo sin poder creerlo.
David permaneció varios minutos leyendo.
Luego sonrió.
Una sonrisa egoísta.
Vacía.
—Ni siquiera los conozco.
Murmuró.
Tomó el bolígrafo.
Y firmó.
Sin pensarlo dos veces.
Sin preguntar por ellos.
Sin preguntar sus nombres.
Sin preguntar si estaban vivos.
Nada.
Solo firmó.
Lucía sintió cómo se le rompía el corazón.
Porque acababa de confirmar algo terrible.
David jamás había amado a sus hijos.
Jamás.
Cuando terminó, Adrián tomó los documentos.
Los revisó.
Y luego entregó un cheque.
David lo observó.
Sus ojos brillaron de felicidad.
—Un placer hacer negocios.
Dijo.
Adrián lo miró con desprecio.
—Lárgate.
David guardó el cheque y salió de la habitación.
Sin mirar atrás.
Sin despedirse.
Sin una sola palabra para los bebés.
La puerta se cerró.
Y el silencio volvió.
Lucía comenzó a llorar.
No por David.
Sino por sus hijos.
Porque algún día tendrían que saber la verdad.
Adrián se acercó lentamente.
Y le entregó un pañuelo.
—Lo siento.
Murmuró.
Lucía negó con la cabeza.
—No.
Las lágrimas seguían cayendo.
—Gracias.
Adrián la observó.
—¿Por qué?
Ella sonrió entre lágrimas.
—Porque hoy protegiste a mis hijos.
Y por primera vez desde que se conocieron...
Adrián sintió que aquella mujer comenzaba a confiar en él.
Sin darse cuenta de que también estaba empezando a ocupar un lugar en su corazón.