Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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Ley y Guadaña
A cincuenta leguas del barranco, en la fortaleza de la Santa Inquisición en el corazón de la Capital Radiante, el aire olía a incienso sagrado y cera quemada.
La Gran Inquisidora Vespera von Haze caminaba a pasos firmes por el corredor de mármol blanco de los altos tribunales. Sus botas militares de cuero negro resonaban rítmicamente contra el suelo pulido. Vespera era una mujer de veintiocho años que infundía terror con su sola presencia. Poseía una figura esbelta pero muscular, una melena azabache recogida en una trenza impecable y unos ojos grises como el acero frío. En su cinto descansaba un estoque alquímico capaz de cortar la magia misma.
Nacida bajo el cenit de una alineación solar pura, Vespera poseía la capacidad de solidificar la luz en filos moleculares irrompibles. Sin embargo, su verdadera reputación se debía a su inflexibilidad: para ella, la ley del Imperio era absoluta, e incorruptible.
—¡Lady Vespera! —un acólito corrió a su encuentro, haciendo una reverencia apresurada—. Los informes del sector rural de Oakhaven han llegado. Se ha confirmado la presencia de la célula rebelde "Los Sin Luz".
Vespera no aminoró el paso.
—¿Han logrado identificar al líder de la insurrección? —preguntó con voz tajante.
—Las descripciones coinciden, mi Señora. Se hace llamar 'El Guadañero'. Es un paria, un campesino sin ningún tipo de manifestación mágica divina. Y aun así, ha logrado unificar a los plebeyos empobrecidos y a los renegados de ambos bando. Han interceptado tres convoyes de impuestos de la corona este mes.
Vespera se detuvo en seco. Sus pestañas oscuras se juntaron en un gesto de severo disgusto. ¿Un campesino sin magia desafiando el poder astral del Imperio? Era un insulto a la jerarquía divina. Quienes no nacían con la bendición del Sol ni de la Luna estaban destinados a servir en la base de la pirámide social; permitir que un paria desafiara el orden era una grieta en los cimientos del mundo.
—Prepare un regimiento de élite —ordenó Vespera, girándose hacia el acólito—. No delegaré esto en los comandantes provinciales. Yo misma iré a Oakhaven. Ejecutaré a ese rebelde en la plaza pública antes de que el Eclipse comience a alterar a la chusma.
...
Tres días después, en los graneros abandonados de las afueras de Oakhaven, la lluvia caía a cántaros.
Un hombre alto, de espaldas anchas y manos llenas de callos, limpiaba la hoja gastada de una enorme guadaña agrícola reforzada con hierro viejo. Se llamaba Klen. Su rostro, surcado por pequeñas cicatrices de trabajo duro, reflejaba una madurez serena y una determinación inquebrantable. A pesar de no poseer una sola gota de magia en sus venas, sus ojos verdes poseían una astucia brillante y un calor humano que había llevado a cientos de oprimidos a seguirlo hacia la revolución.
—Klen, la Inquisición ha cruzado el río —dijo un joven rebelde, entrando apresuradamente alero del granero, temblando de frío—. La Gran Inquisidora en persona encabeza la marcha. Dicen que corta la cabeza de los traidores sin pestañear.
Klen no se inmutó. Continuó pasando la piedra de afilar sobre el metal.
—Que vengan —dijo con voz pausada, profunda y terrenal—. Este imperio se alimenta del sudor de quienes no tenemos estrellas en las venas. Ya es hora de que la alta nobleza recuerde que la tierra que pisan la sostenemos nosotros.
Sin embargo, en el fondo de su pecho, un recuerdo del pasado resurgió no bien escuchó el título de la Gran Inquisidora. Quince años atrás, cuando Klen no era más que un muchacho de catorce años que recogía leña en los bosques del norte, había encontrado a una niña noble perdida, gravemente herida por un lobo sombrío. Klen la había llevado en brazos hasta su humilde choza, curado sus heridas con hierbas y compartido con ella su escaso pan durante tres días antes de que los guardias reales la encontraran.
Esa niña tenía los mismos ojos de acero que ahora infundían terror en todo el continente. Él nunca había olvidado el nombre que ella le susurró antes de ser devuelta a la opulencia: Vespera.
—Si es ella... —murmuró Klen para sí mismo, ajustando el agarre de su guadaña—. El destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.