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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 9 LA PRIMERA VEZ QUE TE VI DUDAR

Esa tarde, Clara me buscó en la biblioteca mientras hojeaba un libro de poemas que había encontrado en una estantería baja. Me dijo que Dante quería que me preparara para cenar, pero no en el comedor grande, sino en la pequeña sala que daba al jardín trasero.

—¿Dijo por qué? —pregunté, cerrando el libro despacio.

Clara sonrió y negó con la cabeza.

—Solo dijo que quería tener una cena tranquila. Y que por favor no faltaras.

Me extrañó. Dante nunca hacía cosas así. Él era el hombre de las cenas formales, de las mesas largas llenas de cubiertos, de las conversaciones breves y prácticas. Una cena tranquila, solo los dos, no encajaba con el personaje que me había presentado al principio.

Me puse un vestido sencillo de color verde claro, el que él me había mirado más tiempo una tarde en la tienda cuando fuimos a comprar ropa para los eventos. Me peiné el cabello suelto, como me gusta, sin complicaciones. Cuando bajé las escaleras, el sol ya se había ocultado y la casa estaba iluminada con luces suaves.

La sala del jardín estaba preciosa. Habían puesto una mesa pequeña cerca de la ventana que daba al césped, con un mantel blanco y dos velas encendidas que bailaban con la brisa que entraba por la ventana entreabierta. En el centro había un jarrón con flores silvestres, las mismas que crecían en los bordes del jardín. La música sonaba baja, de fondo, una melodía suave de piano que no reconocí.

Dante estaba de pie cerca de la ventana, dándome la espalda. Llevaba una camisa azul oscuro, sin corbata, y los pantalones de traje de siempre. Se giró cuando me oyó entrar. Sus ojos me recorrieron despacio, y vi cómo se le abría un poco la boca, como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras. Se pasó una mano por el cabello, un gesto que ya había aprendido a reconocer: lo hacía cuando estaba nervioso.

—Te ves… —empezó, y se detuvo. Tragó saliva—. Te ves muy bien.

—Gracias —respondí, sintiendo cómo se me calentaban las mejillas—. Tú también.

Hizo un gesto para que me sentara. Tiró de la silla para mí, un detalle pequeño que me sorprendió. Luego se sentó enfrente. Clara entró con la cena enseguida: sopa de verduras, pescado al horno con hierbas y una ensalada fresca. Platos sencillos, nada de los lujos exagerados que solían servir en las cenas formales.

—Pedí que hicieran esto —dijo Dante, mientras Clara servía la sopa—. Sé que no te gustan mucho las comidas pesadas. Y… bueno, quería hablar contigo. Tranquilamente.

Asentí. Probé la sopa. Estaba deliciosa, caliente y con sabor a hogar. Los dos comimos en silencio un rato, escuchando la música y el sonido lejano de los grillos en el jardín. Las velas iluminaban su rostro, suavizando los rasgos duros que siempre tenía. Se veía más joven, más accesible.

—Quería darte las gracias —dije de repente, dejando la cuchara en el plato—. Por lo de Lucía. De verdad. Hoy hablé con la clínica. Tienen todo listo para el lunes.

Él levantó la vista. Negó con la cabeza.

—Ya te dije que no tienes que agradecerme. Es lo que corresponde.

—Pero sí lo hago —insistí—. Tú no tenías por qué meterte. Podrías haber dejado que yo lo resolviera sola.

Dante se reclinó en su silla. Miró las velas un rato antes de volver a mirarme.

—No podía dejarlo. Cuando te vi esta mañana, al teléfono… tenías esa cara de que el mundo se te venía encima. Y yo… yo no quería verte así.

Su voz sonaba sincera, baja, como si estuviera admitiendo algo que le costaba mucho decir.

—Eres raro —dije, sonriendo un poco para aligerar el tono—. Un día eres el hombre más frío del mundo, y al siguiente haces cosas como esta. No te entiendo.

Él sonrió también, una sonrisa pequeña, triste.

—Yo tampoco me entiendo a mí mismo últimamente.

Hizo una pausa. Se sirvió un poco de agua, pero no bebió. Jugó con el vaso entre las manos, mirando cómo la luz de las velas se reflejaba en el cristal.

—Siempre he sido así —empezó a decir, muy despacio, como si cada palabra le costara arrancarla de adentro—. Desde que murieron mis padres. Aprendí que mostrar lo que sientes es una debilidad. Que si te dejas querer, si te abres, la gente puede lastimarte. O irse. Y no quiero volver a pasar por eso.

Lo escuchaba en silencio. Sentía cómo se me apretaba el pecho al verlo así, tan vulnerable, tan abierto por primera vez sin que nada lo obligara.

—Pero contigo —continuó, y levantó la vista para clavarla en los míos—, contigo me pasa algo que no entiendo. Quiero hablarte. Quiero decirte cosas. Quiero saber qué piensas, cómo te sientes, qué te hace feliz. Y eso me asusta. Mucho. Porque sé que si sigo así, si me dejo llevar… un día te vas a ir, o algo va a pasar, y me voy a quedar solo otra vez.

—Yo no me voy a ir —dije, y me sorprendí a mí misma hablando con tanta firmeza.

Él negó con la cabeza, aunque sus ojos brillaban con una esperanza que intentaba ocultar.

—No lo sabes. El contrato se acaba en dos años. Tú tienes tu vida, tu familia, tus sueños. Yo tengo este mundo frío y solitario que he construido. No es justo pedirte que te quedes en él para siempre.

—¿Y si yo quiero? —pregunté, muy bajito.

Dante se quedó callado. Se inclinó un poco hacia adelante sobre la mesa. Sus ojos se movieron de un lado a otro de mi cara, como si estuviera buscando alguna mentira, alguna señal de que no decía lo que pensaba.

—No digas eso —dijo, y su voz sonaba rota—. No lo digas si no lo sientes de verdad. Porque yo… yo me lo creería. Y luego no podría aguantarlo.

Antes de que yo pudiera responder, levantó una mano y la apoyó suavemente sobre la mía, que estaba descansando en la mesa. Su mano estaba caliente, grande, un poco callosa en los dedos. Me quedé quieta, sintiendo su calor subirme por el brazo.

—Por favor —dijo, muy bajito, casi un susurro—. Ten paciencia conmigo. Soy lento para esto. No sé bien cómo se hace. No sé cómo querer a alguien sin miedo. Pero… pero quiero aprender. Contigo.

Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de algo cálido, de algo que crecía en mi pecho y no cabía ahí. Apreté su mano entre las mías, despacio.

—Tengo toda la paciencia del mundo —le dije.

Los dos nos quedamos así un rato, mirándonos a los ojos, con las manos unidas sobre la mesa, la música suave de fondo y las velas ardiendo entre nosotros. Por primera vez desde que firmé aquel contrato, no sentí que estuviera con un extraño. Sentí que estaba con alguien que también tenía miedo, que también estaba aprendiendo, que también quería algo más que un papel firmado.

Dante fue el primero en separarse. Se pasó una mano por la boca, como si se estuviera reprendiendo por haber dicho demasiado. Se puso de pie y fue a la ventana, mirando hacia la oscuridad del jardín.

—Deberías ir a descansar —dijo, sin girarse—. Mañana tienes que ir a ver a Lucía antes de que la lleven a Madrid.

Asentí, aunque no tenía ganas de irme. Me levanté de la silla. Me acerqué a él despacio, por detrás. Me detuve a un paso de su espalda.

—Buenas noches, Dante —dije suavemente.

Él se giró un poco. Sus ojos se posaron en los míos un segundo.

—Buenas noches, Aitana.

Me marché hacia la puerta. Cuando llegué al umbral, me detuve y me giré. Él seguía en el mismo sitio, mirándome.

—Y yo también —le dije—. Quiero aprender. Contigo.

Y salí de la sala antes de que pudiera responder.

Subí las escaleras despacio, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho. Me detuve en el rellano y miré hacia abajo. La luz de las velas todavía se filtraba por la puerta entreabierta de la sala. Sabía que Dante seguía ahí dentro.

Me llevé una mano al pecho. Allí, debajo de la piel, algo había cambiado para siempre. Ya no era solo un contrato. Ya no eran solo reglas y obligaciones.

Había algo real. Algo que nos daba miedo a los dos. Pero algo que, por primera vez, ninguno de los dos quería dejar escapar.

Cerré los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, me permití soñar con un futuro que no estaba escrito en ningún papel.

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