Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 9: ATRAPADA POR ÉL
Harper Jones
El dolor en mi pelvis era un latido constante, sordo y punzante que me devolvió a la realidad antes de que pudiera abrir los ojos.
La luz del sol matutino entraba a través del enorme ventanal del penthouse con una claridad hiriente, filtrándose entre las cortinas traslúcidas e iluminando cada rincón de la suite. Abrí los párpados despacio.
La vista me ardía por el llanto seco de la madrugada. Cada músculo de mi cuerpo se sentía rígido, resentido, como si me hubieran propinado una paliza en la oscuridad.
Me quedé inmóvil sobre el colchón King size, enterrada entre las sábanas de seda gris. La humedad del llanto ya se había secado en mis mejillas, dejando una sensación tirante sobre la piel. Giré la cabeza con lentitud. La almohada de al lado estaba vacía, sin la menor marca de que alguien hubiera descansado en ella.
Él no se había quedado. Obviamente. Para Mason Salvatore, la madrugada no había sido más que la ejecución de un trámite legal desagradable, un trámite que había durado apenas un puñado de minutos y que no merecía ni un segundo de contemplación posterior.
La humillación me quemó las entrañas como un trago de ácido.
Recordé cada segundo. La bata cayendo a mis pies, el chasquido del empaque de plástico, la frialdad de sus ojos azules, la violencia sorda de su invasión sin anestesia y la forma en que se había puesto de pie para lavarse las manos en el baño sin dirigirme una sola mirada.
Me sentía sucia, violada en mi dignidad, reducida a la nada por un hombre que creía que el dinero le daba derecho a comprar y tirar a las personas.
Un sollozo pugnó por salir de mi garganta, pero lo tragué con rabia. Apreté los dientes hasta sentir el crujido de mis mandíbulas.
—No —susurré para mí misma, agarrando la sábana con yemas temblorosas—. No me voy a quedar aquí a llorar como una víctima.
Un arrebato de furia, caliente y salvaje, sustituyó al miedo de la noche anterior. Ya no tenía nada que perder. Había firmado el contrato, me había entregado para salvar a mi madre y había pagado el precio más alto. Pero no iba a agachar la cabeza. No iba a permitir que ese monstruo me tratara como a un pedazo de carne sin voz.
Me incorporé en la cama. Un tirón agudo en mi vientre me hizo ahogar un gemido de dolor. Me sostuve el vientre con una mano, esperando a que el mareo pasara. A paso lento, arrastrando las piernas, me puse de pie.
Mi ropa del día anterior estaba doblada sobre una silla por las sirvientas, pero me negué a tocarla. Busqué en el armario un pantalón vaquero sencillo y una camiseta básica que alguien había dejado colgada entre la ropa de marca. Me los puse a toda prisa, deseando cubrir mi piel, borrar el rastro de la seda y el aire helado de esa habitación.
Me lavé la cara con agua fría en el baño de mármol. Miré mi reflejo: las ojeras oscuras me marcaban los pómulos, los labios estaban pálidos y partidos, pero en mis ojos verdes ardía una llama de rabia que no pensaba apagar.
Salí de la suite dispuesta a encararlo.
Bajé la escalera de caracol que conectaba la suite con el piso principal del penthouse. El eco de mis pasos descalzos sobre la madera resonaba en el enorme espacio de estilo industrial. El lugar olía a café recién colado y a periódico fresco.
Mason estaba allí.
Sentado al extremo de la mesa de comedor de nogal oscuro, vestía una camisa blanca de mangas enrolladas hasta los antebrazos y pantalón de vestir gris. Llevaba las gafas de lectura puestas mientras revisaba una tableta digital en su mano izquierda y sostenía una taza de porcelana negra con la derecha.
Se veía impecable, descansado, frío y perfectamente compuesto, como si la noche anterior jamás hubiera existido. Como si no hubiera destruido a un ser humano a unos metros de distancia.
Esa compostura me enfureció aún más.
Caminé a pasos agigantados hacia la mesa. No me detuve hasta quedar al otro lado del nogal, apoyando las dos manos sobre la madera pulida y mirándolo fijamente desde arriba.
—Eres un monstruo —dije, y mi voz, aunque rasposa, sonó firme y cargada de veneno.
Mason ni siquiera levantó la vista de la pantalla. Deslizó el dedo sobre la tableta, le dio un sorbo a su café y se tomó tres segundos enteros en responder, demostrándome que mi presencia ni siquiera merecía su atención inmediata.
—Buenos días para ti también, Harper —dijo con una voz neutra, plana, profunda como un pozo sin fondo.
—¡No me llames por mi nombre! —grité, golpeando la mesa con la palma de la mano. El plato de porcelana tintineó—. ¡Mírame a la cara, cobarde! ¡Mírame a los ojos después de lo que me hiciste anoche!
Mason detuvo el movimiento de sus dedos. Se quitó las gafas de lectura con una lentitud exasperante y las dejó sobre la mesa. Levantó la cabeza despacio. Sus ojos de hielo azul se fijaron en mí, tan claros, tan desprovistos de emoción que me produjeron un escalofrío instintivo.
—No te hice nada que no estuviera estipulado en el documento que firmaste voluntariamente ayer por la tarde —respondió, recostándose en el respaldo de su silla de cuero—. Cumplí con la cláusula de consumación. Salvé la vida de tu madre y mantuve la propiedad de Brooklyn fuera del embargo. El trato se ejecutó.
—¡Eso no fue un trato, fue una violación! —las palabras salieron de mi boca como dardos ardiendo—. ¡Te pedí que fueras cuidadoso! ¡Te supliqué que tuvieras piedad y me trataste como si fuera un pedazo de trapo viejo! ¡No tuviste ni un milímetro de decencia humana!
Mason entornó los ojos ligeramente. Una sombra de burla fría se dibujó en sus labios.
—Si esperabas romanticismo, pétalos de rosa y una conversación íntima después del sexo, te equivocaste de hombre y de contrato, Harper. Esto no es un matrimonio por amor. Es un acuerdo comercial. Pagamos cinco millones de dólares y la cobertura médica ejecutiva por tu disponibilidad. No pagamos para ser tus amigos ni para cuidar tus sentimientos.
—¡Ustedes me engañaron! —retruqué, inclinándome más sobre la mesa, sintiendo cómo el dolor de mi vientre protestaba con violencia—. ¡El contrato era con Jeremy! ¡Ustedes manipularon los papeles para meterme en la cama con un desconocido! Son unos estafadores, unos cerdos multimillonarios que creen que pueden comprar a las personas porque no tenemos dinero para defendernos. ¡Pero me voy! ¡Se acabó! ¡Voy a ir directamente a la policía y a los periódicos a decir lo que hicieron aquí anoche!
Mason no se inmutó. No se levantó de la silla, no alzó la voz, ni siquiera parpadeó. Simplemente estiró la mano hacia una carpeta de cuero negro que yacía junto a su ordenador portátil. La abrió, sacó un documento de varias páginas con sellos notariales y lo deslizó sobre la mesa hasta que tocó mis dedos.
—Lee la página cuatro, párrafo tres —dijo fríamente.
Lo miré con odio, pero la seguridad de su tono me hizo bajar la vista hacia el papel. Mis ojos recorrieron las líneas impresas en tinta negra con una prisa desesperada.
...Sección 8.2: Derechos de custodia y representación legal de la contrayente. Durante la vigencia del presente Contrato de Consolidación, la parte contrayente femenina (Harper Jones) queda sujeta al régimen de confidencialidad y representación exclusiva de la Corporación Salvatore. Cualquier declaración pública, denuncia administrativa o intento de abandono de la residencia designada sin el consentimiento explícito por escrito del representante legal (Mason Eliot Salvatore) constituirá una violación grave de los términos.
Consecuencias por incumplimiento: Revocación inmediata del fideicomiso médico de Mary Jones, ejecución del embargo preventivo sobre los bienes familiares y demanda por difamación con pena de indemnización fijada en diez millones de dólares.
Sentí como si todo el aire de la estancia hubiera sido succionado de golpe. Las letras comenzaron a borrarse frente a mis ojos.
—¿Qué... qué es esto? —murmuré, con la voz quebrándose.
—Es el documento legal que te ata a mí, Harper —dijo Mason, poniéndose de pie por primera vez.
Su figura imponente llenó el espacio, proyectando una sombra pesada sobre mí. Rodeó la mesa con pasos lentos, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. Se detuvo a medio metro de mí, obligándome a levantar la cabeza para sostenerle la mirada.
—Para la ley, para la prensa y para el estado de Nueva York, eres mi esposa. Pero en la práctica... te pertenezco legalmente durante los próximos dos años. Todo lo que haces, todo lo que dices y todo el lugar donde pones un pie depende exclusivamente de mi autorización.
—No... no puedes hacer esto —negué con la cabeza, sintiendo que las lágrimas quemaban de nuevo mis pestañas—. No soy un objeto. No me puedes encerrar.
—Puedo y lo haré —sentenció él, y su voz no dejó espacio para el menor atisbo de duda—. Si caminas hacia esa puerta y pones un pie fuera de este penthouse sin mi permiso, el equipo legal de la corporación notificará al hospital en tres minutos. Tu madre será trasladada a una sala común sin soporte respiratorio antes del mediodía. ¿Quieres probar si estoy hablando en serio? Adelante. Camina.
La crueldad de sus palabras me golpeó como un puñetazo físico en el estómago. Di un paso atrás, tambaleándome, chocando contra el borde de la mesa. Me llevé la mano a la boca para ahogar el sollozo de impotencia que amenazaba con destruirme por completo.
Me tenía acorralada. La jaula no tenía barrotes de hierro; estaba hecha de folios notariales, firmas de abogados y la vida de mi madre colgando de un hilo.
—Eres un demonio... —susurré, mirándolo con un odio tan puro que me quemaba la garganta.
—Soy el hombre que mantiene a tu madre respirando —corrigió él con una frialdad matemática—. Así que vas a escuchar con atención las reglas de esta casa, Harper.
Dio un paso más hacia mí, reduciendo la distancia hasta que pude sentir el calor sofocante que emanaba de su cuerpo.
—Regla número uno: no sales de este penthouse sin mi autorización escrita y sin escolta de seguridad. Regla número dos: cuando la prensa o la junta directiva estén presentes, serás la esposa abnegada y sonriente que mi abuelo compró para la foto. Regla número tres: no me vuelves a alzar la voz ni a cuestionar mis decisiones en mi propia casa.
—¿Y si me niego? —desafié, apretando los puños a los lados de mi cuerpo aunque me temblaban los hombros.
Mason se inclinó ligeramente hacia mí. Sus ojos azules brillaron con una amenaza helada, calculadora.
—Si te niegas, te recordaré anoche cuántas formas tengo de hacerte cumplir el contrato. Y créeme, Harper... no te va a gustar ninguna de ellas.
El recuerdo del dolor de la madrugada volvió a mi mente con una claridad aterradora. El estómago se me apretó en un nudo ciego de pavor y náuseas.
Él notó el miedo en mis ojos. Una sonrisa amarga y satisfecha cruzó su rostro al ver que había logrado romper mi resistencia. Se erguí de nuevo, acomodándose los puños de la camisa con una elegancia grotesca.
—Thomas estará abajo en diez minutos para traerte la ropa y los efectos personales que la corporación ha seleccionado para ti. Hay un equipo de estilistas que vendrá a las dos de la tarde. Esta noche tenemos una cena con el consejo de administración en el Plaza. Asegúrate de estar vestida, maquillada y con la boca cerrada.
Giró sobre sus talones y caminó hacia el ascensor privado.
Me quedé allí, congelada en medio del gran salón de nogal y mármol, sintiendo cómo la luz del sol de la mañana se volvía gris a mi alrededor.
Escuché el chasquido metálico de las puertas del ascensor cerrándose tras de sí, dejándome sola en la inmensidad de mi nueva prisión.
Me dejé caer de rodillas sobre el suelo de madera, abrazándome el vientre dolido mientras las lágrimas de humillación finalmente caían sin freno sobre el parquet brillante.
Estaba atrapada. La jaula de oro se había cerrado, y el demonio que tenía las llaves no pensaba dejarme ir jamás.