Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 18
El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del comedor, pero no lograba calentar el ambiente. David Bianchi no leía el periódico; estudiaba a Anna. Sus ojos grises, aguzados por una noche de insomnio y el encuentro eléctrico en el invernadero, se movían con una lentitud depredadora sobre cada gesto de su esposa.
Anna sostenía una taza de café negro. Sus dedos eran largos, elegantes, y en el dorso de su mano derecha, cerca de la muñeca, David vio algo que hizo que su corazón saltara un latido: una pequeña mancha de labial rojo, casi invisible, que ella no había terminado de limpiar tras su transformación nocturna.
—Parece que has tenido una noche agitada, Anna —dijo David, su voz era un barítono cargado de una sospecha que rozaba la acusación—. Tienes ojeras. Y un pulso que parece estar compitiendo con el reloj de la pared.
Anna dejó la taza con una calma gélida. No se inmutó. Su mente analítica ya estaba calculando la trayectoria de la mirada de David.
—El insomnio es el precio de la excelencia, David. Estoy ultimando los detalles de la gala. Si mi pulso te parece acelerado, quizá sea porque tu escrutinio resulta... invasivo.
David se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio de la mesa. El aroma de sándalo de su loción para después del afeitado chocó con el perfume cítrico que Anna se había aplicado esa mañana para enmascarar el jazmín.
—¿Invasivo? —repitió él, su mano moviéndose con rapidez para atrapar la muñeca de ella. Sus dedos rodearon la piel fina, sintiendo el latido frenético de la vena—. Es curioso. Anoche, en el invernadero, estuve con una mujer que tenía tu misma estructura ósea. Tu mismo tono de voz, aunque intentara disfrazarlo. Y tenía una cicatriz pequeña, casi imperceptible, justo aquí...
David deslizó su pulgar sobre la ceja de Anna, trazando la línea donde una marca casi invisible interrumpía la perfección de su piel. Anna sintió una descarga eléctrica que amenazó con derribar su muro de contención. La sensualidad del toque de David era posesiva, un reclamo de territorio que ella reconoció de la noche anterior.
—Muchos rasgos se heredan o se comparten en ciertos círculos, David —replicó ella, retirando su mano con una firmeza que le costó cada gramo de su voluntad—. No confundas la genética con la identidad. Tu obsesión te está haciendo ver fantasmas en la luz del día.
—No son fantasmas, Anna. Son patrones —sentenció él, sus ojos brillando con una chispa de triunfo—. Y yo soy un experto en reconocer patrones antes de que el mercado colapse.
David se puso de pie y salió del comedor, dejándola con el eco de su advertencia. Anna soltó un suspiro contenido, sintiendo que sus manos temblaban. Estaba perdiendo el control del juego.
Horas más tarde, en la terraza de la biblioteca, Anna buscaba un momento de soledad para reorganizar su estrategia. No se percató de la sombra que se proyectaba sobre ella hasta que escuchó una voz fluida y cargada de diversión.
—Es una jugada magistral, Anna. Arriesgada, casi suicida, pero magistral.
Arturo Varga estaba apoyado contra el marco de la puerta, observándola con una sonrisa que delataba que sabía demasiado. En su mano sostenía un pequeño objeto que hizo que a Anna se le helara la sangre: el antifaz de encaje negro que ella había dejado caer cerca de la salida del invernadero en su huida.
—¿Qué haces aquí, Arturo? —preguntó ella, recuperando su máscara analítica en un segundo—. Este es territorio privado.
Arturo se acercó, jugueteando con el encaje entre sus dedos.
—Vi a la "mujer de negro" salir del invernadero anoche. Te seguí con la mirada hasta tu ventana. Debo decir que ver a la estratega más fría de la ciudad convirtiéndose en el pecado secreto de su propio marido es el espectáculo más fascinante que he presenciado en años.
Anna guardó silencio, midiendo sus opciones. Podía negarlo, pero el antifaz en manos de Arturo era una prueba irrefutable.
—¿Qué quieres? ¿Chantaje? ¿Dinero? —preguntó ella con desdén.
Arturo soltó una carcajada suave.
—Por favor, Anna. Tengo más dinero del que puedo gastar. Lo que quiero es entretenimiento. Y quiero ver a David Bianchi perder los estribos. Él siempre se ha creído el dueño de todo lo que toca. Verlo enamorado de una mujer que tiene frente a él y no puede poseer porque tú no se lo permites... es una justicia poética deliciosa.
Él se inclinó hacia ella, su presencia era menos invasiva que la de David, pero igualmente peligrosa.
—No voy a delatarte. Al contrario, me ofrezco como tu aliado. Si David empieza a sospechar demasiado, yo puedo ser tu coartada. Puedo decir que estuviste conmigo, o puedo distraerlo lo suficiente para que tu "otro yo" siga existiendo.
Anna lo observó con desconfianza.
—¿Por qué me ayudarías?
—Porque me gustas, Anna —confesó Arturo, su voz volviéndose más humana, menos burlona—. Admiro tu inteligencia. David te trata como una propiedad; yo te trato como a una igual. Además, ver a David celoso es un bono que no puedo rechazar.
Arturo tomó la mano de Anna y, antes de que ella pudiera retirarla, depositó el antifaz en su palma, cerrando sus dedos con suavidad.
—Guárdalo mejor la próxima vez, estratega. Mañana en la gala, si necesitas escapar de la mirada de tu dueño, búscame. Seré la sombra que te permita seguir siendo fuego.
Arturo se marchó con la misma fluidez con la que había llegado. Anna se quedó sola, apretando el encaje negro contra su pecho. Tenía a David pisándole los talones con su intuición posesiva y a Arturo ofreciéndole un pacto con el diablo.
La gala del aniversario estaba a solo veinticuatro horas de distancia. El territorio estaba marcado, las sospechas ardían y las estrategias estaban trazadas. Anna Bianchi sabía que esa noche, bajo las luces de cristal, la máscara de hielo tendría que chocar con el fantasma de la noche, y solo una de las dos versiones de sí misma sobreviviría al incendio que David estaba a punto de desatar.