Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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Una tarde, en el jardín, cuando los dos estaban solos conversando, Martina se acercó a Nicolás, le tomó la mano y le sonrió con esa dulzura falsa.
—¿Sabes? Siempre soñé con estar contigo —le dijo bajito—. Somos tan parecidos… Tú y yo encajamos perfectamente.
El silencio se alargó unos segundos, pero para Martina parecieron horas. Sus manos se entrelazaban con nerviosismo frente a su falda, y la mirada que clavaba en los ojos de Nicolás mezclaba esperanza y miedo, como si en cualquier momento pudiera escuchar la respuesta que destrozaría todo lo que había planeado y deseado durante tanto tiempo.
Nicolás se quedó helado, mirándola, serio al principio, como si estuviera sopesando cada palabra, cada gesto, cada mirada que habían compartido. Miró a Luca disimuladamente, que lo observaba con los ojos llenos de esperanza y temor. Y por miedo, por cobardía, por ocultar lo que realmente sentía, Y entonces, lentamente, una sonrisa suave se abrió paso en sus labios.
—Sí… —murmuró—. Sí, Martina.
—Está bien, —dijo él, con voz tranquila pero cálida—. Acepto. Seré tu novio.
Por un instante, Martina no pudo reaccionar. Se quedó con la boca entreabierta, los ojos muy abiertos, como si no hubiera escuchado bien. Y entonces, la emoción la desbordó por completo. Una sonrisa inmensa, radiante, triunfal, le iluminó el rostro hasta hacerle brillar los ojos con lágrimas de alegría.
—¿De verdad? —susurró, dando un paso hacia él—. ¿De verdad lo dices?
—De verdad —repitió Nicolás, y le tomó las manos entre las suyas—. Sé que hemos sido amigos toda la vida, pero… creo que merecemos intentarlo.
Martina soltó una risita emocionada, casi un sollozo de felicidad, y sin pensarlo dos veces se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza, como si temiera que si lo soltaba desapareciera.
—¡Sí, sí, sí! —exclamó contra su hombro, con la voz quebrada por la alegría—. Vas a ver, Nicolás, seremos tan felices… Nadie nos va a separar. Tú y yo, siempre juntos. Seremos la pareja perfecta, ya lo verás.
Lo apartó un poquito para mirarlo a los ojos, con esa expresión dulce y radiante que sabía usar tan bien, y le acarició la cara con ternura infinita, aunque en el fondo su corazón latía también de satisfacción, de saber que lo tenía, que por fin él era suyo, que nadie más podría ocupar ese lugar.
—Te voy a hacer muy feliz —le dijo, y sus labios rozaron los de él en un beso suave, lleno de promesas que para ella eran también certezas—. Lo prometo.
Nicolás la abrazó de nuevo, y Martina apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, sintiéndose la persona más afortunada del mundo. Y mientras él no la veía, una sonrisa más profunda, más satisfecha, se le dibujó en los labios. Lo tenía. Todo estaba saliendo tal como lo había soñado. Y nada ni nadie se lo iba a arrebatar.
El corazón de Luca se rompió en mil pedazos. Martina lo miró, triunfante. Y esa noche, empezó la guerra silenciosa.