A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 4
Cap 4: La casa de los Pacheco
La puerta cedió a la presión de Doña Remedios antes de que Camila terminara de abrirla.
—Mira nomás cómo vive —le dijo la suegra a una vecina invisible que se había quedado en el pasillo—. Como si no tuviera marido.
Gerardo se levantó con cara de quien lleva minutos esperando refuerzos. Doña Remedios miró las margaritas, miró el camisón colgando del clavo del baño, soltó un suspiro de telenovela.
—Mija. Regresa a la casa de tu marido. La casa donde tienes nombre.
Camila apretó la prueba en el bolsillo. "Por ti, callo hoy."
—El sábado voy —dijo en voz baja.
Doña Remedios y Gerardo se miraron una fracción de segundo. La suegra suavizó la voz con una velocidad indecente.
—Esa es mi nuera. Ahí está la decencia, Geraldito.
* * *
Una semana después, Camila se bajó del microbús con un bolso pequeño y el pulso ya en cuenta atrás. Cinco semanas de embarazo. Cinco semanas para encontrar la salida.
La casa de los Pacheco quedaba en una colonia de clase media baja del oriente, fachada rosa mexicano que el sol había aclarado a salmón.
—¿Trajiste poquito? —preguntó Gerardo al recibirla.
—Es fin de semana, no me mudé.
* * *
Doña Remedios estaba en la cocina con el delantal floreado. Brenda leía algo en el teléfono con la pijama puesta a media mañana. Cuando vio a Camila, levantó la cabeza apenas y volvió a bajarla con una sonrisita.
—Buenos días, suegra. Buenos días, Brenda.
—Siéntate, mija. Ya está el desayuno.
En la mesa: tres platos de chilaquiles rojos cubiertos de crema y cebolla. En el lugar de Camila, un huevo tibio en cazuelita de barro y dos tortillas frías.
Camila partió la cáscara. La yema cruda. La clara, tibia. La suegra se lo había hecho así a propósito —sabía que a Camila los huevos pochés le revolvían el estómago desde siempre—.
Comió un bocado, despacio. Otro. Tomó agua.
Gerardo bajó. Se sirvió un plato lleno.
—Cami, ¿no quieres chilaquiles?
—Tu mamá ya me preparó algo, gracias.
—Ay, mi vida, come algo de a deveras.
—No tengo pena. Tengo huevo.
Doña Remedios, desde la estufa, soltó un comentario lento, calculado:
—Los chilaquiles son para los hombres del rumbo y para las muchachas que pueden dar frutos, mija. La que no da, no pide.
Brenda apretó los labios para no reírse en voz alta. Soltó una risita pequeña por la nariz, igual.
—Ay, ma, no le digas así. Cami no es estéril estéril, solo... lenta. ¿Verdad, Cami?
—Brenda.
—¿Qué?
—Cállate.
Brenda se rio más fuerte. Doña Remedios, desde la estufa, le dirigió a su hija una mirada de aprobación silenciosa.
Camila sintió la sangre subirle a la nuca. La prueba en el bolso, dentro de la mochila, latía como un secreto vivo.
Tragó el último bocado. Se levantó. Sacó un tazón de la alacena, batió un huevo, lo echó a un sartén con un chorrito de aceite que tomó de la repisa, lo cocinó hasta que estuvo bien hecho y se lo comió ahí mismo, parada al lado de la suegra.
—Gracias por la cocina —dijo, dejando el sartén en el fregadero.
—Las nueras de antes pedían permiso, mija.
—Las de ahora también. Pero después.
* * *
El resto de la mañana, Camila anotó lo que ya sabía. Gerardo le pasó el "gasto" a su mamá en un sobre. La suegra contó el dinero en la mesa. A Brenda no le indicó tareas; a Camila sí. Cuando Camila preguntó por su cuenta de ahorro —la que Gerardo le había abierto al casarse—, él agitó la mano sin mirarla.
—La estoy moviendo. No te preocupes.
—¿Cuánto hay?
—Cami, no me hagas pelear delante de mi mamá.
Doña Remedios, desde el sillón, asintió como si Gerardo hubiera dicho una verdad importante.
—Los hombres llevan la administración, mija. Tu marido sabe. Yo a tu suegro le entregaba el sobre cada quincena, y no por miedo, ¿oíste? Por respeto. Por cariño. Porque la mujer que respeta a su marido respeta a sí misma.
—¿Y si el marido no respeta a la mujer?
Doña Remedios la miró sin parpadear.
—Eso no es una pregunta de nuera bien, mija.
—Es la pregunta que estoy haciendo, suegra.
—Cami —cortó Gerardo, con la voz de la cocina del resort—, no te empeñes. Mi mamá no tiene por qué oír tonterías.
Camila se mordió la cara interna del cachete. Asintió, despacio.
* * *
A la una, mientras lavaba los platos de los chilaquiles —los suyos no estaban en la pila—, oyó arrastrarse las pantuflas del suegro por el pasillo.
El suegro Pacheco era un hombre callado, flaco, con los ojos siempre un poco brillosos. Camila no le hablaba más de lo necesario.
Pasó por la cocina sin saludar. Abrió el refrigerador, sacó una cerveza, se quedó parado al lado de ella un momento más de lo necesario. Camila sintió la respiración tibia cerca de la oreja.
—Qué bonito te queda ese delantal, mija.
—Permiso. —Se hizo a un lado, agarró un trapo, se fue a la mesa a secar los cubiertos. No volteó.
El suegro terminó la cerveza. Antes de salir, dejó la botella vacía en la barra y le tocó la espalda baja a Camila con dos dedos, como quien quita una pelusa que no existía. Después salió por el patio.
Camila se quedó parada un segundo. Cerró los puños sobre el trapo. Lavó dos platos más. No le tembló la mano. Eso le sorprendió.
* * *
Se metió al baño con el teléfono. Abrió la regadera para que no se oyera.
—¿Bueno, mija, dónde andas?
—En casa de los Pacheco, abuela. Vine a planear.
—¿A planear qué?
—La salida.
Hubo silencio.
—Aguanta tantito, Cami. Pero...
—Pero no indefinidamente. Ya sé.
—Mija. Hay algo de tu mamá que te quiero decir. Cuando vengas a mi casa. No por aquí.
—¿De mi mamá?
—Cuando vengas. No por aquí.
—Mañana voy.
—No, mija. Termina lo de allá. Yo aquí estoy.
* * *
Esa noche, mientras lavaba los trastes de todos menos los suyos propios, Camila contó los días.
Cuatro semanas y media de embarazo.
Tiempo para planear. No mucho más.