Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
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La bienvenida
Sebastian empujó la puerta de la casa familiar con el mismo aire triunfal con el que había salido de la universidad. Llevaba todavía el olor de las rosas que le había regalado a Helena y la certeza de que, por fin, todo volvía a su lugar. Pero se detuvo en seco al cruzar el umbral del salón.
Allí estaban los tres.
Gerard Scott, su abuelo, sentado en el sillón principal con la espalda recta y la mirada de quien ha construido imperios con solo fruncir el ceño. A su lado, Felipe, su padre, removiendo un vaso de whisky con expresión tensa. Y de pie, junto a la chimenea, Benjamin. Impecable en una camisa blanca sin corbata, los brazos cruzados, el cabello rubio todavía húmedo de la ducha del jet privado.
—Mira quién llegó —dijo Gerard con esa voz grave que siempre hacía que Sebastian se sintiera de diez años otra vez—. El nieto pródigo.
Sebastian recuperó la compostura lo más rápido que pudo y se acercó a abrazar a su abuelo. Luego estrechó la mano de su padre. Cuando llegó el turno de Benjamin, el saludo fue más breve, casi formal.
—Tío. No sabía que venías tan pronto.
Benjamin lo observó con esa calma analítica que siempre lo desarmaba. Una ceja apenas arqueada.
—Estará un tiempo entre nosotros —informó Gerard—. Tu tío se hará cargo de la empresa de Nueva York. Felipe necesita… supervisión. Y Benjamin es el único que sabe cómo enderezar un barco que se está hundiendo.
Sebastian asintió, aunque apenas escuchaba. La sonrisa no se le borraba de la cara.
Benjamin lo notó de inmediato.
—Estás demasiado feliz para alguien cuya familia acaba de anunciar que voy a pasar una temporada completa aquí —dijo con sequedad—. ¿Cuál es la razón real? Porque dudo que sea mi regreso.
Sebastian soltó una risa nerviosa y se pasó una mano por el pelo.
—Helena me perdonó. Hoy. Me aceptó de nuevo. Estamos juntos otra vez.
Un silencio breve cayó sobre el salón. Felipe fue el primero en reaccionar. Levantó el vaso en un brindis irónico.
—Pues que sea para bien, hijo. Esa muchacha es de buena familia. No la cagues otra vez.
Benjamin no dijo nada. Solo sostuvo la mirada de su sobrino un segundo más de lo necesario, como si intentara leer entre las líneas de esa felicidad tan ruidosa. Luego apartó los ojos hacia el fuego de la chimenea.
Felipe dejó el vaso sobre la mesa y se aclaró la garganta.
—Ya que estamos de celebraciones… este fin de semana haremos un almuerzo de bienvenida para tu tío. Aquí, en casa. Invita a Helena. Que conozca a la familia como se debe. Después de todo, Benjamin volvió a la ciudad que lo vio nacer. Será bueno que ella esté presente.
Sebastian asintió con entusiasmo.
—Claro. Se lo diré mañana. Seguro que acepta.
Benjamin guardó silencio. La idea de conocer a la novia de su sobrino no le provocaba ninguna emoción particular. O al menos eso quiso creer.
Al día siguiente, entre clase y clase, Sebastian interceptó a Helena en el pasillo de la facultad. Todavía llevaba esa sonrisa de quien cree que el mundo le pertenece otra vez.
—¿Este fin de semana tienes planes? —preguntó, tomándole la mano.
Helena negó con la cabeza.
—Nada importante. ¿Por qué?
—Mi tío Benjamin regresó a Nueva York. Se va a quedar una temporada. El sábado hay un almuerzo en casa para darle la bienvenida y… quiero que vengas. Que lo conozcas. Que conozcas a mi abuelo también.
Helena parpadeó. El nombre “Benjamin” le provocó un vuelco extraño en el estómago, pero lo atribuyó a los nervios. Después de todo, era solo una coincidencia. Había cientos de Benjamines en el mundo.
—Claro —respondió—. Me parece bien. Iré.
Sebastian la besó en la mejilla, radiante.
—Vas a encantarle. Y él a ti. Aunque es un poco… serio. No esperes que te reciba con abrazos.
Helena forzó una sonrisa.
—No hay problema. Yo también sé ser seria cuando hace falta.
Esa noche, al llegar a casa, Helena notó de inmediato que algo era distinto. El auto de Louis ya estaba en el garaje y las luces del estudio de su padre seguían encendidas. Habían llegado más temprano de lo habitual.
Entró al salón quitándose el abrigo. Robert levantó la vista desde el sofá. Louis, con una carpeta abierta sobre las rodillas, la observó con esa precisión que siempre la ponía en guardia.
—Llegas tarde —comentó Louis.
—Tuve que terminar un ensayo en la biblioteca —mintió Helena, dejando el bolso sobre la mesa—. Oye… este sábado voy a casa de Sebastian. Su tío regresó a Nueva York y hacen un almuerzo de bienvenida. Quiere que lo conozca.
Los dos hombres intercambiaron una mirada rápida. Robert fue el primero en hablar, con tono cuidadoso.
—¿Su tío?
—Sí. Benjamin. Al parecer se quedará una temporada.
Louis cerró la carpeta con un golpe seco.
—¿No habías terminado con Sebastian hace apenas unos días?
Helena sintió el calor subirle al cuello. Se cruzó de brazos, a la defensiva.
—Sí. Pero hablamos. Me pidió perdón. Y yo… le di una segunda oportunidad. Estamos juntos otra vez.
Louis abrió la boca, listo para replicar. La misma expresión de siempre: la del hermano mayor que cree saber lo que es mejor para ella. Pero Helena no le dio tiempo. Se giró hacia la escalera con una sonrisa tensa.
—Estoy cansada. Subo a mi habitación. Buenas noches.
Y desapareció antes de que ninguno de los dos pudiera formular la siguiente pregunta.
Robert suspiró, pasándose una mano por la cara. Louis se quedó mirando el lugar vacío que había dejado su hermana, con el ceño fruncido.
—No me gusta —murmuró—. No me gusta nada.
Robert no contestó. Solo miró hacia las escaleras, preguntándose cuánto más podría proteger a su hija de un mundo que ella ya estaba decidida a enfrentar sola.