Charlotte Callahan, una brillante científica investigadora, desaparece sin dejar rastro durante una expedición. Lo que debía ser una misión de rutina termina convirtiéndose en el mayor descubrimiento de su vida... y en el más peligroso.
Despertar en un mundo desconocido, donde la naturaleza desafía toda lógica y criaturas imposibles habitan cada rincón, obliga a Charlotte a hacer lo único que sabe hacer: observar, analizar y sobrevivir. Armada únicamente con su conocimiento, una mochila llena de instrumentos científicos y una inquebrantable curiosidad, comienza a documentar cada hallazgo mientras busca desesperadamente una forma de regresar a casa.
Pero cuanto más se adentra en aquel mundo salvaje, más difícil resulta explicar lo que sus propios ojos contemplan... y aún más difícil ignorar al enigmático hombre de alas de fuego que parece observar cada uno de sus pasos desde las alturas.
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EL FUEGO QUE NO QUEMA
Capítulo 22
Charlotte:
El humo de la reacción química comenzaba a disiparse entre los riscos de la montaña, dejando tras de sí un silencio denso, casi sagrado.
Charlotte permaneció inmóvil en el centro del claro, con la lanza apoyada en la grava y el cráneo de hueso sostenido en su mano libre.
El aire fresco de las Rocas Negras le daba directamente en el rostro, pero su mente ni siquiera registraba la brisa.
Toda su atención, su lógica y sus sentidos estaban hipnotizados por la figura que se erguía a menos de tres metros de ella.
Era imponente.
La luz del sol matutino dibujaba los relieves de una musculatura perfeccionada para la guerra, esculpida con una simetría que parecía desafiar la anatomía humana convencional.
Su torso desnudo, cruzado por tenues marcas doradas y manchas de hollín, irradiaba una presencia dominante.
Pero fueron sus ojos los que paralizaron a Charlotte: dos orbes de un ámbar vivo e incandescente que parecían retener el brillo de las llamas que, tan solo unos segundos atrás, habían brotado de su piel.
Zaeryn dio un paso hacia ella.
La grava crujió bajo sus pies descalzos.
Charlotte no retrocedió.
La científica que llevaba dentro sofocó cualquier instinto primario de huida.
En su lugar, una fascinación analítica y abrumadora se apoderó de sus actos, exactamente la misma curiosidad científica que la invadió meses atrás al descubrir la primera especie botánica luminiscente de ese mundo.
Con la mirada fija en el pecho del guerrero, donde el resplandor dorado acababa de reabsorberse, Charlotte levantó la mano derecha.
Fue un movimiento fluido, natural, carente de coquetería o timidez; era el gesto impulsivo de una investigadora frente a un fenómeno que desafiaba todas las leyes de la termodinámica.
Avanzó medio paso y rozó con las yemas de sus dedos la piel tibia del pectoral de Zaeryn.
El príncipe Fénix se congeló.
Un chispazo invisible y sordo recorrió su columna vertebral ante el contacto.
En la cultura de su pueblo, nadie tocaba a un guerrero de la realeza de esa manera, y mucho menos sin aviso; pero la suavidad de los dedos de la extraña hembra, fríos por el metal de sus herramientas y temblorosos por la adrenalina, trajo consigo una calidez extraña, acogedora, que encendió un fuego diferente bajo su garganta.
Zaeryn no la apartó.
Ni siquiera pestañeó. Se limitó a mirarla desde su altura con una sonrisa tenue y enigmática, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba.
Charlotte desvió los dedos, palpando la textura firme de su piel con una fascinación genuina, buscando rastro de quemaduras o un calor extremo.
—Tus tejidos... —murmuró en un hilo de voz, con las cejas ligeramente fruncidas—. Había llamas vivas sobre tu piel. Plasma térmico... ¿Cómo es que no hay lisis celular? ¿Cómo funciona tu metabolismo?
Su voz era un balbuceo lleno de dudas empíricas.
Seguía examinándolo como a una rareza biológica hasta que, al alzar la vista y encontrarse con la mirada dorada de Zaeryn y la sonrisa contenida en sus labios, la realidad la golpeó con la fuerza de un jarro de agua fría.
Charlotte retiró la mano de golpe, dando un paso atrás mientras un rubor intenso le encendía las mejillas.
—Yo... lo siento. Eso fue... sumamente impropio de mi parte —se disculpó a toda prisa, ajustándose el agarre de la lanza para ocultar la torpeza de sus manos.
Zaeryn dejó escapar una breve risa grave, un sonido profundo que pareció hacer vibrar el aire alrededor.
—Los Fénix llevamos el fuego ancestral en la sangre, no en la piel —respondió él, con una voz serena que dominaba el claro—. La llama no quema a quien la genera.
Charlotte procesó las palabras, sintiendo el choque directo entre el mito que él pronunciaba y la biología que ella intentaba encajar.
Pero antes de perderse en discusiones de física, su mente hiló los acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas.
Su mirada se volvió severa y entrecerró los ojos.
—Tú eres quien me ha estado observando!! —declaró con firmeza, apuntándolo sutilmente con el índice—. Las frutas en la entrada... la carne magra de esta mañana...
Zaeryn inclinó levemente la cabeza, sin perder la compostura.
—Tu cuerpo requería alimento sólido para recuperar energía. Te escuché hablar sobre tu hambre. Solo proveí lo que la montaña te estaba negando.
Charlotte congeló el aliento. 《Te escuché hablar》 La sangre se le congeló por un instante antes de mutar en una indignación sofocante. Había hablado de su hambre y de su cansancio dentro de su propio refugio.
—Espera un segundo... —dijo, dando un paso al frente con el ceño profundamente fruncido—. ¿Acaso tú estuviste dentro de mi cueva? ¿Profanaste mi refugio mientras yo dormía?
Zaeryn no se inmutó ante el reclamo.
Con la astucia táctica de un cazador, desvió la mirada con elegancia hacia el suelo, donde los restos del matraz de vidrio de Charlotte aún humeaban sobre la piedra.
Se inclinó, tomó un fragmento de cristal con sus dedos largos y observó el residuo alcalino.
—Invocaste un veneno sofocante sin usar magia ni invocar a los espíritus —comentó Zaeryn, mirando el cristal con genuina admiración—. Cegaste a una bestia del triple de tu tamaño usando solo el aire.
—Se llama reacción exotérmica cruzada y no me cambies el tema —replicó Charlotte, cruzándose de brazos sin dejarse distraer—. Estuviste en mi...
Un rugido prolongado y visceral retumbó a lo lejos, haciendo vibrar las paredes de piedra del cañón.
A pocos cientos de metros, entre la espesura de las Rocas Negras, otros bramidos respondieron al llamado.
El olor a gas irritante se había disipado y el rastro de la batalla había comenzado a atraer a los depredadores alfa de la zona.
Zaeryn tiró el fragmento de cristal y se erguió en toda su altura.
La diversión desapareció de su rostro, reemplazada por la frialdad de un guerrero.
—Debemos salir de este perímetro de inmediato —dijo, dando un paso decisivo hacia ella—. Las bestias de la montaña están rodeando el paso.
Charlotte miró hacia el bosque, evaluando la situación con la rapidez de quien conoce sus límites.
—Está bien —asintió ella, ajustándose la mochila a la espalda y sujetando su detector—. Nos replegamos. Pero esto no ha terminado. Me debes muchas explicaciones.
—Te las daré —prometió Zaeryn.
Antes de que Charlotte pudiera dar un solo paso hacia el sendero de regreso, el aire alrededor de Zaeryn se volvió incandescente.
Con un chasquido sordo, dos monumentales alas de fuego y llamas doradas se desplegaron a sus espaldas, abarcando una envergadura de mas de 5 metros de ancho y proyectando una ráfaga de calor abrasador que no la quemó, pero le erizó los vellos del cuello.
Sin darle tiempo a protestar o calcular la física del movimiento, Zaeryn dio un paso al frente, rodeó la cintura de Charlotte con su brazo firme y poderoso y se impulsó hacia el cielo.
—¡Espera, qué demonios...! —alcanzó a gritar Charlotte, soltando un ahogado chillido de pura sorpresa mientras sus pies dejaban de tocar el suelo.
El suelo de las Rocas Negras quedó atrás en una fracción de segundo.
Charlotte apretó los dientes, aferrándose por instinto al torso del guerrero mientras el viento de la montaña le azotaba el rostro y la selva se convertía en un tapiz verde a decenas de metros abajo.
A su alrededor, el crepitar de las alas de fuego iluminaba las nubes, transportándola a toda velocidad hacia su refugio en los brazos del príncipe Fénix.
De verdad, la mente de un científico porque tiende a ser tan compleja a la hora de empatía o ceder en algo a temas del corazón.
Vaya mujer 😔
pq, pobre pichoncito 🐦
su relación con la dra está más enrredada que unos fideos/Frown/
no te podías esperar unos días mas🤭
te queremos autora🥰🥰
un maratón 💘💘👏👏☺️☺️
que emoción 💘 bueno...será que la va a reclamar?🥰
cómo que el mushasho la puso nerviosa🤭🥰
Supongo que la marca hace sentir al compañero las emociones de tristeza, alegría o peligro? porque no lo veo como una simple marca