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La Debilidad Del Mafioso

La Debilidad Del Mafioso

Status: En proceso
Genre:Madre soltera / Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Dane Benitez

Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige

Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"

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CAPITULO 13

Dasha

Por suerte, el día ha transcurrido con bastante calma. No fui a la empresa, pero trabajé desde casa. Después de desayunar con los niños y de que Azrael se marchara, nos alistamos; llevé a Kael al colegio y a Kiara a su primera consulta con el psicólogo. Por fortuna, todo salió bien. Al dar la hora de salida de Kael, fui por él junto a Kiara y regresamos a casa.

El abogado se comunicó conmigo para informarme que todos los documentos de los niños ya han sido actualizados; por ende, mi estado en el registro como madre soltera también ha quedado formalizado.

Termino de peinar a Kiara mientras Kael sigue acostado mirando la televisión. De pronto, la niña se aparta de mí y me muestra algo que ha tomado de la mesilla: una revista.

—¿Quieres una así? —le pregunto cuando me señala una página con imágenes de habitaciones infantiles.

Kiara asiente con una sonrisa radiante.

—Perfecto, mi amor, yo me encargaré de hacerlo —le aseguro, y ella comienza a dar brincos emocionada sobre la cama.

—¡Tía! —exclama Kael, fijando sus ojos en mí—. ¿Iremos por mi pelota?

—Oh, cariño, se me había olvidado... —me llevo la mano a la frente—. Pero ¿sabes qué haremos?

Lo halo de los pies hacia mí.

—No trabajaré más hoy. Así que ustedes y yo nos iremos al centro comercial; compraremos tu pelota y una muñeca para Kiara —ambos asienten eufóricos—. Además, ¿sabes qué más haré, Kael? Te inscribiré en un equipo de fútbol, ¿qué te parece?

La idea le fascina; en menos de un segundo lo tengo saltando hacia mí.

—¡Yupi, yupi! —gritan contentos. Kiara no pronuncia palabra, pero su risa deja claro lo buena que le resulta la idea.

Los arreglo a ambos y los dejo un momento frente al televisor mientras yo me apresuro a vestirme. Mientras lo hago, marco el número de Tristan.

—¿Qué desea la jefa más sexi que tengo? —pregunta al contestar—. Aparte de matarme de curiosidad por no haberme querido contar cómo terminó desayunando con el señor Smirnov, el hombre más apuesto que he visto en mi vida.

—Qué idiota y exagerado eres, Tristan. No fue nada del otro mundo —miento.

—Me lo contarás...

—No.

—Aburrida.

Pongo el altavoz y comienzo a peinarme, intentando recoger la maraña de cabello que hoy ha decidido tener un mal día.

—Por favor, necesito que te encargues de las reuniones del resto del día —le pido—. Saldré con los mellizos, pasaremos la tarde fuera.

—De acuerdo. ¿Alguna reunión en particular?

—Necesito que apruebes la sociedad con el señor Azrael. Su abogado irá a la empresa por los documentos, encárgate de eso personalmente.

—Lo que usted ordene, señorita Lincor —suelta con gracia.

—Vale, gracias. Avísame cualquier cosa.

Termino la llamada y doy los últimos toques a mi aspecto.

—¡Venga, vamos a pasar una súper tarde juntos!

Los niños saltan de la cama con una emoción que mantienen durante todo el camino al centro comercial. No puedo evitar reír al verlos tan contentos. La primera parada es una tienda de ropa infantil; me deleito eligiendo conjuntos deportivos para Kael y moños para Kiara.

Sin embargo, siento una sacudida en el corazón al recordar a Sienna. Ambas disfrutábamos haciendo esto juntas. Ahora la realidad es distinta: ya no soy solo la tía en una tarde de paseo, sino una madre joven que no tiene la menor idea de cómo hacerlo, con dos niños a los que ama más que a nada y a los que teme perder.

—¡Mira estas, tía! —Kael me saca de mis pensamientos mostrándome unas zapatillas de fútbol.

—Compraremos esas, cariño —me agacho a su altura para probárselas. Pasamos la siguiente hora entre risas, comprando cosas para ellos y para la nueva decoración de sus habitaciones.

Azrael

Ajusto los guantes de cuero antes de tomar la navaja que me entrega uno de mis guardias. Mis ojos recaen en la persona que está atada de pies y manos, de rodillas ante mí. Le hago una seña al guardia para que le quite la cinta de los ojos y la boca.

—Por favor, Lobo... piedad, piedad... —comienza a suplicar con las lágrimas brotando de sus ojos.

—¿Piedad? —pregunto con ironía—. ¿Por qué tendría piedad de un maldito lengualarga que trabaja para mi enemigo número uno?

Alzo la filosa daga y la deslizo por su cara, acariciando su piel con lentitud antes de abrir una brecha desde su ceja hasta la mandíbula, separando cada capa de tejido. El hombre chilla de dolor, un sonido que no me inmuta.

—Abre la boca —le ordeno. No obedece de inmediato, así que uno de mis hombres se la abre a la fuerza—. Te la cortaré y se la llevarás de muestra a los tuyos para que aprendan.

Sus ojos se llenan de horror cuando procedo con lo que, no voy a negarlo, disfruto hacer: rebanar el músculo que no supo quedarse quieto. El trozo de carne cae al suelo y le hago una seña a mis hombres para que lo envuelvan como un "obsequio". Lo miro desangrarse mientras lloriquea. Le hago una seña a Vladimir, quien me acerca el soplete; quemo la herida para cauterizarla, asegurándome de que no muera antes de entregar mi mensaje.

—Déjenlo ir —ordeno—. Y envíenle eso a su jefe, de parte del Líder.

Me quito los guantes, arrojándolos a una hoguera cercana, y encamino mis pasos fuera de la bodega. Es el final de la tarde cuando entro en mi suite. Me despojo de la ropa salpicada de sangre y entro en la ducha. Dejo que el agua fría relaje mi cuerpo mientras sonrío al imaginar la cara de Brown al recibir mi presente. A él le gusta jugar con fuego; debe estar dispuesto a quemarse.

Me sirvo un trago y salgo a la terraza, llevando solo la toalla alrededor de mi cintura. La brisa choca contra mi piel mientras el licor añejado me quema la garganta con un picor refrescante. Tomo el móvil y abro la aplicación de rastreo para ver lo que realmente me interesa, pero no hallo señal en la casa.

—¿Dónde está? —pregunto al marcarle a Vladimir.

—En el centro comercial del sur, señor. Llevan allí toda la tarde —informa.

Cuelgo y me visto con rapidez. En menos de nada, me encuentro conduciendo hacia ese maldito lugar atestado de gente.

Me quito las gafas oscuras al llegar y clavo la vista en la mujer que camina hacia la tienda de ropa infantil, llevando a los dos niños sujetos de la mano. Lleva el cabello recogido en un moño alto, con mechones rebeldes enmarcando su rostro. Mis ojos recorren su silueta y, joder... no puedo dejar de imaginarme a Dasha en un sinfín de escenarios donde el único espectador sea yo.

No soy consciente de cuánto tiempo paso solo acechándola. Podría simplemente plantarme frente a ella y ya, pero no quiero preguntas para las cuales no tengo respuestas.

—¡Kiara, espera! —escucho el grito de Dasha al mismo tiempo que siento el impacto de un pequeño cuerpo contra mi pierna.

Bajo la vista y me encuentro con el mismo par de ojos que, apenas esta mañana, despertaron algo desconocido en mí. Una sonrisa radiante le cubre el rostro. Dasha llega jadeando junto a Kael, mientras la niña se aferra a mi pierna como una garrapata, negándose a soltarme.

Por un instante, me pierdo en el verde de sus ojos antes de levantar la vista hacia la mujer que se acerca. Es la misma a la que, ahora mismo, desearía estampar contra la pared para arrancarle el labial que lleva.

—¡Es tu amigo, tía Dasha! —exclama el niño con entusiasmo.

—¡Oh, Dios mío! Lo siento... —dice ella, intentando tomar a Kiara, quien se resiste con una fuerza sorprendente, agarrándose aún más fuerte de mi pantalón.

—Kiara, cariño, no puedes arrojarte así sobre las personas —le reprende Dasha, teniendo que hacer un esfuerzo físico para despegarla de mí.

Al fin logra tomarla en brazos, pero la niña no deja de sonreírme con esa confianza ciega que me desarma.

—Así no se saluda, Kiara. Se hace así —suelta el niño, ofreciéndome la mano con una seriedad que me obliga a aceptarla—. ¿Cierto, amigo?

Amigo. Esa palabra suena extraña en mi mente.

—Sí —es lo único que atino a decir, mientras mi atención vuelve a centrarse en Dasha, que sigue explicándole algo a la pequeña entre susurros.

Deja a Kiara en el suelo y ambos hermanos corren hacia las vitrinas de la tienda de juguetes.

—Azrael, qué sorpresa verte por aquí —dice ella con una sonrisa genuina.

—Lo mismo digo —miento con descaro.

—De verdad, discúlpala —insiste, apartándose un mechón de cabello que le cae en la cara—. No he podido evitar que corriera así hacia ti.

—Deja de disculparte por todo, joder —espeto con mi brusquedad habitual—. No ha sido nada. ¿Qué más da?

—¿Es normal ese humor suyo? —pregunta ella, arrugando el entrecejo con un toque de diversión.

—Quizás —mi respuesta la hace reír, y en ese momento me resulta imposible apartar los ojos de ella ni un solo segundo.

—¡Niños, vengan! —los llama, y los pequeños no tardan en obedecer.

—¿Ya te vas? —pregunto, sintiendo una punzada de algo que no quiero admitir.

—No, aún hay cosas que debo comprar y los niños deben cenar.

—¿Podemos ir por helado? —pregunta el crío, tirando de la mano de Dasha.

—Primero deben comer —le dice ella, tomando la mano de ambos—. ¿Gusta acompañarnos, Azrael? —levanta la vista hacia mí, desafiándome con la mirada.

Debería decir que no. No me van este tipo de lugares, ni las multitudes, ni la comida rápida, ni los niños . Sin embargo, antes de que mi cerebro pueda procesar la negativa, termino asintiendo.

Camino a su lado, siguiendo su ritmo hasta adentrarnos en uno de los establecimientos de comida.

—¿Pizza? —pregunta ella. Los niños asienten frenéticos.

Nos sentamos en una mesa al fondo, lejos del bullicio del centro del local. Kael y Kiara se acomodan en un lado, peleándose por quién se sienta más cerca de la ventana, mientras yo me ubico frente a Dasha.

El lugar huele a orégano, queso fundido y a una normalidad que me asfixia. Hace apenas una hora tenía las manos manchadas con la sangre de una rata, y ahora estoy aquí, bajo luces fluorescentes, observando cómo Dasha limpia la mesa con una servilleta.

—¿Seguro que no te importa estar aquí? —pregunta ella, mirándome de reojo mientras los críos ríen—. Pareces... un pez fuera del agua.

—Lo estoy —admito, apoyando los codos en la mesa. Mis nudillos, aún un poco rojos por la tensión de la tarde, resaltan sobre el mantel de plástico—. No es mi escenario habitual, Dasha.

—Bueno, el mío tampoco lo era hasta hace dos semanas —dice ella con una sonrisa triste, señalando a los mellizos—. La vida te cambia los planes en un parpadeo.

La pizza llega justo cuando voy a responderle. Kael ataca su porción con un entusiasmo que me hace arquear una ceja; aunque, si me dejo llevar por lo que han dicho esta mañana sobre las dotes culinarias de Dasha, entiendo perfectamente su urgencia por devorar algo real. Kiara, más meticulosa, intenta imitar a Dasha, quien corta la comida en trozos pequeños para dárselos. Dasha deja dos porciones sobre mi plato.

—Se ve muy buena —dice con una sonrisa. No sé quién está más entusiasmado, si los niños o ella.

—Gracias...

Una vez más, pierdo la cuenta de cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que comí comida chatarra, y mucho menos frente a alguien.

—Amigo Azrael —suelta Kael con la boca a medio llenar—, ¿tú también tienes tíos que te compran pelotas?

Dasha abre los ojos como platos mientras traga saliva. Intenta responder en mi lugar, pero me adelanto.

—No, Kael —respondo, manteniendo la voz baja—. No es que nadie compre nada para mí, es que puedo hacerlo yo mismo —soy sincero. Él me mira con las cejas arqueadas y la curiosidad rebosándole en los ojos.

—¿Y te gusta jugar a la pelota? —pregunta—. A mí me gusta el fútbol, aunque todavía no tengo equipo.

—Kael... —advierte Dasha.

—¿Por qué no? —pregunto.

—Venga, la tía Dasha no sabe jugar —suelta el niño—. Y todavía no tengo... así —pone cinco dedos para señalar su edad— para entrar a un equipo.

Me lo cuenta con un pesar genuino.

—¿Verdad que sí, tía? —se gira hacia la pelirroja, que lo mira con los ojos entornados.

—Te dije que aprendería para ayudarte —dice ella, claramente ofendida—. Así que no te preocupes.

—No hay edad para empezar a explorar un talento —intervengo—. No entiendo esas reglas patéticas.

—Ni yo —me secunda Kael, como si hubiera entendido a la perfección mi filosofía de vida.

—Venga, Kael, concéntrate en tu comida para terminar e ir por lo que nos falta antes de regresar a casa —pide Dasha.

El crío vuelve a su pizza mientras la niña hace lo mismo, pero con los ojos clavados en mí... de nuevo.

—¿Qué ocurre, cariño? —pregunta Dasha cuando la pequeña le tira del brazo llamando su atención.

La niña señala el puesto de helados, dejando claro su siguiente objetivo.

—De acuerdo, cariño, vamos entonces.

Dasha se pone de pie esperando que la niña haga lo mismo, pero esta sacude la cabeza, negándose a que la tome de la mano.

—¿Pero qué pasa? —le pregunta Dasha.

La niña se gira hacia mí y me señala antes de volver a apuntar al puesto de helados.

—Kiara, no es posible, ven conmigo —le dice Dasha extendiendo su mano.

Respiro profundo cuando las pequeñas manos de la niña se cierran sobre mi brazo, tirando de mí con una determinación que no acepta un no por respuesta.

—Kiara... —Dasha suspira, intentando separarla, pero la niña se aferra.

—Iré —sentencio. La sonrisa de la cría —que no sé por qué coño no habla— no tarda en aparecer.

—No te molestes, Azrael, esta pequeña no puede...

—Dije que iré, Dasha. Tranquila —la corto.

Dasha solo asiente sin decir nada más, volviéndose a sentar junto a Kael.

—Vale, como quieras...

Me pongo de pie y respiro profundo cuando la cría se me pega al costado. Le indico que camine, pero no se mueve; me mira la mano y le extiendo un dedo para que se sujete. Camina a mi lado con una risa despreocupada. Es una caprichosa, de eso no hay duda.

Llegamos al puesto y, desde la distancia, puedo sentir los ojos de Dasha clavados en mi espalda. La cría pide haciendo señas de los sabores que quiere. Recibo la bandeja con los helados sintiéndome el ser más ridículo del planeta. ¿Cuándo pasé de solo querer follarme a esta mujer a hacer todas estas tonterías solo por poder apreciarla de cerca?

—¡¿Qué ocurre ahora?! —le pregunto a la niña, que se me atraviesa en el camino. Me hace señas hacia la empleada que nos entregó los helados y no logro entenderla. —¿Quieres otro helado? —pregunto, perdiendo la paciencia. Ella sacude la cabeza y tira de mis pantalones hacia atrás.

—¡Joder! —me frustro—. ¡No logro entender qué es lo que quieres! —gruño mirándola. Ella frunce el ceño y suelta un suspiro exasperado, como si yo fuera el lento.

—Quiere que dé las gracias, señor —dice la mujer detrás de la caja.

La niña sonríe, victoriosa.

—¿Es eso lo que quieres? —pregunto. Ella asiente con una sonrisa.

Dejo salir un suspiro de rendición y me doy la vuelta hacia la empleada.

—Gracias —espeto sin más.

—A su orden, señor —responde ella con una sonrisa—. Por cierto, qué niña tan linda tiene.

No respondo. Solo me doy la vuelta mientras la pequeña saluda a la mujer sin dejar de lamer su helado.

Al volver a la mesa, Dasha nos recibe con una sonrisa que le cubre el rostro. El niño toma su helado y yo me quedo mirando a Dasha dar probadas al suyo, lo cual no hace más que aumentar estas ganas que le traigo...

Terminamos los helados y pierdo la noción del tiempo que pasa después, mientras camino por los pasillos del centro comercial con una cría pegada a la tela de mis pantalones como una maldita chinche.

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ana rosa cobos torres
que hermoso espécimen
Nayeli Chab Rodriguez
Su hija a de ser Sienna
Vidash: Te invito a que no te pierdas de ningún capítulo 🥰🤭🤭
total 1 replies
ShaLop
Hermoso el protagonista 🤭🤭
Ana VR
yo siempre me pregunto, de donde salen estos dioses griegos 😍😍
alegra: loo mismo me preguntó yo🤔🥰
total 2 replies
Tere Jimenez
muy guapo gracias por compartir tu novela
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