Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 1
Isadora Valença siempre creyó que el amor era algo que se construía en el silencio de los días comunes. No en grandes gestos, ni en promesas espectaculares, sino en la repetición tranquila de rutinas compartidas. La taza de café dejada al lado de la cama. El mensaje rápido antes de una reunión. El brazo que la envolvía durante la madrugada, como si el mundo pudiese desaparecer mientras ellos dormían.
Era eso lo que ella veía cuando miraba a Henrique Lacerda.
Aquella mañana, la luz entraba suave por la ventana del apartamento que dividían hacía dos años. El vestido de novia aún estaba protegido por una capa translúcida, colgado en el rincón del cuarto de huéspedes. Isadora pasó por él con cuidado, como si el tejido pudiese sentir su presencia. Tocó levemente la punta del encaje, sonriendo sola.
Faltaban cuarenta y tres días para la boda.
Cuarenta y tres días para que todo lo que ella había soñado ganase nombre, fecha y testigos.
En la cocina, Henrique hablaba al teléfono en tono bajo. Isadora no oyó el inicio de la conversación, apenas lo suficiente para percibir el cambio en su postura. Los hombros tensos. La mandíbula rígida. El silencio prolongado entre una respuesta y otra.
Ella se aproximó despacio, apoyándose en el balcón de mármol.
—¿Ocurrió algo? —preguntó, cuando él colgó.
Henrique demoró algunos segundos para responder. Pasó la mano por el rostro, como hacía siempre que algo se salía de control.
—Es Catarina.
El nombre cayó en el ambiente con un peso extraño. No era la primera vez que Isadora lo oía, pero tampoco nunca sonaba neutro. Catarina Prado no era solo una ex-novia. Era una historia mal resuelta, un capítulo que Henrique nunca parecía haber cerrado por completo.
—¿Qué le pasa? —Isadora mantuvo la voz firme, aun sintiendo el estómago contraerse.
—Está enferma —respondió él—. Muy enferma.
Henrique habló como si eso explicase todo. Como si aquellas dos palabras fuesen suficientes para justificar la inquietud que se esparcía por el apartamento.
—¿Enferma cómo? —Isadora insistió.
Él vaciló.
—Grave. Ella me buscó. Dijo que… que no tiene mucho tiempo.
Isadora sintió algo desplazarse dentro de sí. Un desconfort silencioso, aún sin forma, pero ya presente. Catarina estaba fuera de la vida de Henrique hacía años. Había sido ella quien lo abandonara cuando él perdió al padre, cuando la empresa casi quebró, cuando todo parecía desmoronarse.
—¿Y por qué ella te buscó ahora? —preguntó.
Henrique desvió la mirada.
—Porque… yo fui la persona más importante de su vida.
La frase no era cruel por intención. Era cruel por descuido.
Isadora respiró hondo. Sabía que no podría disputar espacio con alguien que venía vestida de fragilidad y despedida. Aun así, algo dentro de ella se encogió.
—¿Y qué quiere? —preguntó, con cuidado.
—Nada —él respondió demasiado rápido—. Solo conversar. Cerrar las cosas. Ella está asustada.
Isadora asintió, aun sin concordar totalmente. Quería ser comprensiva. Siempre había querido. Creía que amar también era saber ceder.
—Claro —dijo, por fin—. Si ella está enferma…
Henrique pareció aliviado. Se aproximó, besó su frente.
—Gracias por entender.
Ella sonrió. Pero la sonrisa no alcanzó los ojos.
En los días siguientes, la presencia de Catarina pasó a ocupar espacios invisibles. No físicamente, aún. Pero en los mensajes que Henrique respondía con urgencia. En las salidas apresuradas. En los silencios prolongados por la noche.
Isadora comenzó a sentir que estaba siempre interrumpiendo algo.
—Voy a pasar por allá rapidito —él decía—. Ella tuvo una crisis.
O entonces:
—Ella pidió verme. Está muy abatida.
Siempre había una justificativa. Siempre había una urgencia mayor que los planes que Isadora hacía.
La cena que ella preparara con tanto cuidado se enfrió más de una vez sobre la mesa.
Ella intentó no tomarlo como algo personal. Intentó recordar que aquello era temporario. De que estaban a punto de casarse. De que Henrique la amaba.
Pero el amor no debería hacer a alguien sentirse invisible.
En la tercera semana, Catarina dejó de ser solo un nombre.
Henrique anunció, con naturalidad desconcertante, que ella se quedaría algunos días en el apartamento.
—Es solo hasta que ella se estabilice —explicó—. Los médicos creen que es mejor.
Isadora sintió el suelo moverse bajo sus pies.
—¿Aquí? —preguntó.
—Es más fácil para mí cuidarla —respondió él, como si fuese la opción más obvia.
Isadora quiso preguntar dónde quedaba el espacio de ella en aquella ecuación. Pero las palabras quedaron presas en la garganta.
—Claro —dijo otra vez—. Si es lo mejor.
Catarina llegó en una tarde lluviosa. Pálida, delgada, con una mirada frágil que parecía pedir disculpas por existir. Abrazó a Henrique con fuerza. Después miró a Isadora como quien evalúa un territorio que ya fue suyo.
—Gracias por todo —dijo, con la voz débil—. Yo sé que esto es extraño.
Isadora sonrió, educada.
—Todo va a estar bien.
Pero no estuvo bien.
En pocos días, Catarina ocupaba el sofá, la atención, las conversaciones. Henrique pasó a dormir en el cuarto de huéspedes, “por precaución”. Los preparativos de la boda fueron siendo aplazados. Las decisiones dejadas para después.
—No es el momento —él decía—. Ella está pasando por mucho.
Y siempre venía la frase que comenzaba a corroer a Isadora por dentro:
—Ella está muriendo. Sé comprensiva.
A cada repetición, algo se partía.
Isadora comenzó a preguntarse en qué momento el amor de ella se había tornado un detalle dispensable. En qué punto su paciencia se volvió obligación. Su dolor, exageración.
En una noche, sola en el cuarto, ella abrió la capa del vestido de novia. Pasó los dedos por el encaje, sintiendo el tejido frío.
Por primera vez, no consiguió imaginar el futuro.
Se sentó en el borde de la cama y lloró en silencio. No por la boda aplazada. No por la ex enferma.
Lloró por la mujer que se estaba perdiendo de sí misma mientras intentaba ser fuerte por todos, menos por ella.
Y, sin saber aún, aquel era solo el comienzo.