Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 21
Valeria
El día del examen desperté con el corazón en la garganta.
No era solo el examen. Era el hecho de que llevaba semanas estudiando a escondidas, entre biberón y biberón, entre pañal y pañal, entre las horas que pasaba en el penthouse y las que pasaba en mi pequeño apartamento de Testaccio. Era la presión de saber que si suspendía, tendría que pagar otro cuatrimestre entero, y no sabía de dónde iba a sacar el dinero.
Eran las seis de la mañana cuando salí de casa. El autobús estaba vacío, las calles de Roma todavía dormidas, y yo llevaba mi carpeta de apuntes apretada contra el pecho como si fuera un escudo.
En el fondo de mi bolso, el teléfono vibró.
Leonardo: Suerte hoy. Vas a volver con una matrícula de honor.
Sonreí a pesar de los nervios. En las últimas semanas, sus mensajes se habían vuelto una constante. Por la mañana, antes de que yo llegara. Por la noche, después de que me fuera. Pequeñas frases, a veces solo un emoji, pero siempre presentes. Como si necesitara recordarme que existía, que estaba allí, que esperaba.
-Gracias. ¿Cómo están los mellizos?
-Tomas lleva una hora mirando la puerta. Creo que te espera.
El nudo en mi garganta se hizo más grande. No quería pensar en eso. No quería pensar en cómo Tomas me buscaba con la mirada cuando yo no estaba, en cómo Lucía estiraba sus bracitos hacia mí cuando llegaba por la mañana, en cómo Leonardo me miraba como si yo fuera la única persona en la habitación.
No quería pensar en nada de eso porque tenía un examen en dos horas y necesitaba la cabeza despejada.
-Dale un mordedor. Eso lo distrae.
-Ya se lo di. Sigue mirando la puerta.
Guardé el teléfono antes de que pudiera seguir escribiendo. No podía permitirme emocionarme ahora.
El examen fue más difícil de lo que esperaba.
Tres horas de preguntas sobre teoría del color, psicología de la percepción, historia del diseño gráfico. Mis dedos temblaban cuando escribía, mis ojos se cansaban de leer las mismas frases una y otra vez. Pero lo hice. Respondí todo. Entregué el examen con las manos sudorosas y la sensación de que podría haberlo hecho mejor, pero también con la certeza de que había dado todo lo que tenía.
Cuando salí del aula, el sol de la tarde me cegó. Eran casi las dos. Había estado allí seis horas.
El teléfono tenía diez mensajes de Leonardo.
-¿Cómo ha ido?
-Lucía ha dicho mama . Creo. O ha sido un balbuceo. Pero sonaba a mama.
-Tomas ha hecho caca en el suelo. No sé cómo ha salido del pañal. Es un genio del mal.
-Vale, ¿estás bien?
-Contesta, por favor.
-Voy a ir a buscarte.
El último mensaje tenía diez minutos. Mi corazón se aceleró cuando leí la dirección de la Academia de Bellas Artes al final del texto.
No. No podía venir aquí. No podía aparecer con su coche de lujo, con sus pantalones de diseñador, con su cara de millonario, en mi universidad. La gente miraría. La gente hablaría. La gente...
El rugido de un motor me hizo levantar la cabeza.
El convertible de Leonardo estaba aparcado en la puerta principal.
No, no estaba aparcado. Estaba mal aparcado, en doble fila, con las luces de emergencia encendidas y el motor todavía caliente. Y Leonardo, con Tomas en un portabebés sobre su pecho y Lucía en el cochecito plegable que había aprendido a manejar con torpeza, estaba de pie junto al coche, mirando hacia la puerta como si llevara horas esperando.
Cuando me vio, su cara se iluminó.
—¡Vale!
Me acerqué con pasos que no sabía si eran de enojo o de emoción. Los dos. Era enojo y emoción mezclados, porque cómo se atrevía a venir aquí, cómo se atrevía a traer a los mellizos, cómo se atrevía a mirarme así, como si yo fuera lo único que importaba en el mundo.
—¿Qué haces aquí?
pregunté, con la voz más dura de lo que pretendía
—Te dije que no vinieras.
—No me dijiste que no viniera. Me dijiste que no querías que nadie te viera bajando de mi coche. Pero yo no te he traído. Yo he venido a buscarte. Es diferente.
—No es diferente, Leonardo. Es...
—Peor. Lo sé. Pero llevaba horas sin saber de ti y Tomas no paraba de mirar la puerta y Lucía dijo mama y no sabía si había sido un balbuceo o si de verdad...
—¿Lucía dijo mama?
—Sonó como mama. O como mma. Algo con eme.
Miré a Lucía, que estaba en el cochecito con los ojos abiertos y una expresión de satisfacción que solo los bebés tienen cuando han hecho algo importante. Tomas, en el portabebés, me miró con sus ojos claros y extendió sus bracitos hacia mí.
—Mama
dijo.
Claro. Clarísimo. No era un balbuceo. Era ma ma. Con dos emes, con la intención de quien sabe exactamente lo que está diciendo.
—¿Has oído?
dijo Leonardo, con la voz ronca.
—Te ha llamado mama.
—Es un balbuceo...
—No es un balbuceo, Vale. Te ha llamado mama. Te ha llamado mama desde que llegaste.
Las lágrimas me subieron a los ojos antes de que pudiera contenerlas. Tomé a Tomas en brazos y lo apreté contra mi pecho, con el corazón tan lleno que apenas podía respirar.
—No soy su madre
dije, con la voz quebrada.
—Lo sé
dijo Leonardo, y se acercó un paso, solo uno, pero suficiente para que sintiera el calor de su cuerpo.
— Pero te quieren como si lo fueras. Y yo...
—No lo digas.
—No voy a decirlo. No aquí, no ahora. Pero algún día vas a estar lista para escucharlo. Y ese día, te lo voy a decir tantas veces que te vas a cansar.
—Leonardo...
—Ahora
dijo, con una sonrisa que me desarmó
—vamos a celebrar que has terminado tu examen. Porque estoy seguro de que te ha ido genial.
—No sé si me ha ido genial.
—Me da igual. Lo has hecho. Y eso ya es suficiente para celebrar.
Me tendió la mano. Yo la tomé. Y en medio de la puerta de la Academia de Bellas Artes, con Tomas en mis brazos y Lucía en el cochecito y Leonardo a mi lado, sentí que no me importaba quién nos viera.