El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 10
—Así que tú eres la famosa esposa —dijo, cruzándose de brazos—. Rodrigo tenía razón. Estás bien acabada.
Me la quedé mirando. Joven, sí. Guapa, también. Y con esa seguridad prestada de las que se creen dueñas de algo que no les pertenece.
—¿Se te ofrece algo? —dije, con la voz calmada que uso cuando por dentro empiezo a hervir.
—Nada más venía a verte la cara. —Sonrió—. Rodrigo me compró una casa, ¿sabías? A mi nombre. Y el otro día andaba viendo lugares en el panteón, dos gavetas juntas, para que nos entierren pegaditos. —Se llevó la mano al pecho, teatral—. Veinte años contigo y nunca hizo nada así. Qué triste, ¿no? Ser tan poca cosa.
"Ser tan poca cosa."
Las palabras me cayeron como piedras. Porque durante veinte años yo misma me lo había creído. Que valía por lo que servía. Que si dejaba de cocinar, de planchar, de aguantar, dejaba de valer. Que una mujer, después de cierta edad, no era más que lo que sobraba después de darlo todo.
Respiré hondo. Y decidí no darle el gusto de verme temblar.
—Mira, mija —dije, y usé el "mija" como un cuchillo—. Yo lo que veo es que recogiste un pepino podrido que nadie quería. Un hombre de cuarenta y cinco años, machista, mantenido por su madre, que engaña y encima golpea. Y tú andas presumiéndolo como si te hubieras sacado la lotería. Quédatelo. Es todo tuyo.
Se le borró la sonrisa.
—Vieja amargada —escupió, y me empujó el hombro.
No lo pensé. Le solté una cachetada que le volteó la cara y la sentó de golpe en la banqueta.
Fue la primera vez en mi vida que le pegaba a alguien. Yo, la profesora de Literatura que jamás alzaba la voz, la que citaba a Sor Juana y corregía ensayos con letra fina. Y que Dios me perdone, pero se sintió bien. Se sintió como devolverle al mundo, de un solo golpe, un poco de todo lo que el mundo me había cobrado a mí sin razón.
—Eso por empujarme —dije.
Se levantó, roja, con la mano en la mejilla.
—¡Me las vas a pagar!
Se me vino encima. Le solté la segunda, del otro lado, para que quedara parejo. Intentó devolvérmela y le atrapé la muñeca en el aire, con una sola mano, y se la sostuve mientras ella forcejeaba sin poder soltarse.
—No hay tercera —le dije, muy cerca, muy bajo—. Porque la tercera no te la doy: te la aguantas tú solita, con la vergüenza de andar de amante presumiendo penas de panteón. Ahora lárgate.
La solté. Trastabilló.
—¡Vas a ver! —chilló, ya de espaldas, tapándose la cara—. ¡Vas a ver quién soy yo!
—Ya vi quién eres —murmuré—. Nada.
Y mientras la veía irse, me di cuenta de algo. No temblaba. No lloraba. No sentía ese hueco de siempre en el estómago. Por primera vez en veinte años había defendido mi lugar sin pedir permiso ni disculpas. Y en vez de vergüenza, sentí algo caliente y limpio subirme por el pecho. Se llamaba dignidad. Y hacía mucho que no la sentía tan mía.
—¡Beatriz! ¡Beatriz Nava! —Una voz conocida corría hacia mí. Era Lucero Pacheco, la profesora de Lingüística, mi colega, la de los lentes de aro grueso y la lengua suelta—. ¡Ay, comadre! ¿Qué fue eso? ¿Quién era esa muchacha?
Karina ya se perdía por la esquina.
—La amante de mi marido —dije, y me sorprendió lo tranquila que sonó.
Lucero se quedó con la boca abierta.
—¿La qué?
—Llevo veinte años casada con Rodrigo Beltrán. Lo encontré con ella. Me voy a divorciar. Ya me mudé, hasta.
—Ay, mija. —Lucero me tomó del brazo, entre el chisme y la ternura, como es ella—. Pero mírate, tan entera. Yo me hubiera muerto. Oye… no me malentiendas, ¿eh?, pero ¿ya lo pensaste bien? Porque, mira, la vecina de mi cuñada se divorció, y luego se reconciliaron, y ahora hasta felices andan…
—Lucero. —La corté con suavidad—. Ya lo decidí. Ya me mudé. No hay reconciliación que valga.
—Ay, comadre. —Me apretó el brazo, y por una vez dejó el chisme y me habló de verdad—. Es que te veo tan tranquila que hasta me da miedo. Cuando a mí me engañó el papá de mis hijos, me pasé un año hecha un trapo. Y tú, mírate.
—Ya lloré lo que tenía que llorar —le dije—. Ahora me toca vivir.
Y era cierto. Algo se me había enderezado por dentro en esos días. Como cuando una lleva años cargando un mueble a cuestas sin darse cuenta, y de pronto lo suelta y descubre lo ligera que puede caminar.
Iba a decir algo más cuando un coche negro y largo se orilló junto a nosotras. El Maybach. Dante se bajó, dio la vuelta, me abrió la puerta.
A Lucero se le fueron los ojos del coche a él y de él a mí.
—Ay, comadre —susurró, dándome un codazo—. ¿Y este muchachón tan guapo? ¿Es tu hijo?
—Es el vecino de enfrente —dije, muy digna.
—Ajá. —Entrecerró los ojos, con una sonrisita—. El vecino. Sí, sí. Ya entendí. No dije nada. —Y me guiñó el ojo como si le hubiera confesado un secreto de Estado.
Me subí al coche antes de morirme de la vergüenza.
Apenas cerré la puerta, Dante estiró el brazo hacia el asiento trasero y me puso enfrente un ramo de rosas rojas, enorme, de esos que no caben en los brazos.
—Te estoy cortejando —dijo, como si me explicara una regla del juego—. Es el paso uno.
—Dante…
—Ojalá te hubiera conocido antes. —Me miró, y por una vez no había burla en su cara—. Quiero ver contigo todos los amaneceres. Y todos los atardeceres. Todos.
Se me apretó algo en el pecho. Sostuve el ramo entre los brazos sin saber qué hacer con él. Rosas rojas. Yo. A los cuarenta. Con la cara todavía caliente de la pelea y un muchacho de veintidós diciéndome que quería ver conmigo todos los amaneceres.
"No te lo creas. Es lo que dicen todos."
—Dante —dije, con la voz más suave de lo que quería—. Te llevo dieciocho años. Sigo casada. Tengo un hijo casi de tu edad. Estas rosas no van a cambiar eso.
—No quiero cambiar eso —contestó—. Lo sé todo y aquí sigo. ¿No te dice nada?
No le contesté, porque sí me decía. Me decía demasiado. Y justo entonces, para salvarme, sonó mi teléfono.
Rodrigo.
Contesté. Ni siquiera me dio los buenos días.
—¡¿Le pegaste a Karina?! —gritaba, la voz distorsionada por la bocina—. ¡¿Cómo te atreves, salvaje?! ¡Es una muchacha! ¡Vas a pagar por esto!
—Rodrigo —dije, con la calma más venenosa que pude—. Vete a casar con tu amante. Y déjame en paz.
Y le colgué.
Colgar el teléfono en la cara de Rodrigo Beltrán, después de veinte años de tragarme todo, fue otra pequeña libertad. Las estaba coleccionando, una por una, como monedas.
Dante, que había oído todo, arqueó una ceja.
—Con que tu esposo tiene una amante —dijo despacio, arrancando el coche—. Pues mira qué casualidad. Tú también puedes tener uno. Por ejemplo yo. Que soy más joven. Más guapo. —Bajó la voz y me miró de reojo—. Y más hombre. En todos los sentidos.
Sentí que se me subían los colores hasta la raíz del pelo. Entre la rabia y la vergüenza, no supe ni qué contestar. Al final le solté lo primero que me salió, lo único que se me ocurrió para defenderme:
—Tú no eres mi esposo.
Dante no se inmutó. Detuvo el coche en el semáforo, giró la cabeza y me sonrió, lento, seguro.
—No lo soy ahora —dijo—. Pero eso no quiere decir que no lo vaya a ser.