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Mi Nueva Versión

Mi Nueva Versión

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Brujas
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Jaqueline Nicole

Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.

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Capitulo 6

Los diez días llegaron a su fin y Lucía esperó la fecha del regreso con una mezcla de ansiedad y profunda ilusión. Había pasado casi dos semanas contando los días, recordando cada una de las promesas de Mateo y guardando cada detalle de su propia semana para contárselo al reencontrarse.

​El día indicado, arregló con entusiasmo su ropa, se perfumó como el primer sábado que habían salido y decidió ir al aeropuerto a darle una sorpresa. Mientras esperaba en la zona de arribos internacionales, observando la pantalla que anunciaba la llegada del vuelo, sentía que la calma volvía finalmente a su pecho. Todo el desconcierto de las pocas llamadas quedaría en el pasado en cuanto pudieran volver a abrazarse.

​A través de las puertas vidriadas vio aparecer al grupo. Mateo caminaba arrastrando su equipaje de mano junto a sus amigos, riendo entre ellos.

​Lucía no esperó un segundo más. Avanzó hacia él con una sonrisa luminosa y, en cuanto lo tuvo al alcance, dio un paso al frente y se le echó al cuello con un abrazo lleno de impulso.

​—¡Mi amor! —exclamó ella, rodeándole el cuello con firmeza.

​Mateo dio un paso atrás por la inercia del impacto, con la mirada desencajada.

​—¡Ay! Me sorprendiste... —dijo él, alzando las cejas en un gesto de evidente asombro.

​Lucía mantenía los brazos alrededor de su cuello, esperando sentir el refugio cálido de sus manos sosteniéndola, como en la despedida. Sin embargo, Mateo tomó con delicadeza los muñecas de ella y, con un movimiento pausado pero firme, fue retirándole las manos de su cuerpo.

​La sonrisa de Lucía comenzó a desvanecerse levemente. La calidez del impulso inicial se detuvo en seco ante la distancia de sus gestos.

​Mateo se aclaró la garganta, acomodándose la correa del bolso sobre el hombro, visiblemente incómodo.

​—Discúlpame... Es que vengo agotado del viaje —se justificó con una sonrisa tibia que no le llegaba a los ojos.

​Lucía intentó ignorar la sensación de rigidez en el aire y retomó la iniciativa con entusiasmo, buscando recuperar el terreno perdido.

​—¡No sabes lo loca que estaba porque llegaras! —dijo, tomándolo del brazo mientras caminaban hacia la salida—. Quiero que me cuentes todo, cómo te fue en la playa, qué hicieron...

​A su alrededor, los amigos de Mateo apenas cruzaron algunas palabras de cortesía con ella. El grupo avanzaba en un silencio extraño, con miradas cruzadas entre ellos que aumentaban la tensión del ambiente. Nombres de lugares o anécdotas internas eran mencionadas entre ellos a medias, cortándose rápidamente cada vez que Lucía intentaba sumarse a la conversación.

​Pidieron un taxi compartido. En el trayecto de regreso, la mano de Mateo descansó sobre su propia rodilla en lugar de buscar la de Lucía. Cuando el vehículo finalmente se detuvo frente al edificio de ella, Mateo no bajó el equipaje.

​—Te dejo acá —dijo él desde el asiento, inclinándose apenas para darle un beso rápido en la mejilla—. Me voy directo a mi casa a descansar porque el viaje me dejó destruido. Mañana hablamos bien, ¿sí?

​Lucía lo miró a los ojos durante un segundo, buscando atisbar en su rostro algo de la cercanía de semanas atrás.

​—Está bien... Descansa mucho. Mañana me hablas.

​—Sí, mañana te hablo.

​Lucía bajó del taxi y vio cómo el auto se alejaba por la avenida. Subió las escaleras hacia su departamento con un sabor amargo en la boca, una opresión sutil en el estómago que luchaba por racionalizar. Se dijo a sí misma que el cansancio del viaje y las horas de traslado eran la única razón de su actitud.

​Al día siguiente, despertó atenta a la pantalla de su teléfono. Pasó la mañana, la tarde y finalmente la noche. La notificación del mensaje de Mateo jamás llegó.

​Los días continuaron su curso, uno tras otro, dentro de una calma vacía y prolongada, mientras la espera comenzaba a transformarse en un hábito silencioso.

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