Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 24
Cap 24: Cuestión de modales
A las dos semanas Bianca botó a Diego como se bota un juguete usado. Y a quién crees que se agarró.
—Ando con Rogelio Fuentes —anunció en la cena, alzando la barbilla—. El primero de su grupo. El hijo del dueño de la fábrica.
Se me heló la cuchara a medio camino. Otra vez. En la otra vida fue igual: Bianca y Rogelio, Rogelio y Bianca, la misma pareja tejiéndose delante de mí como si el destino nomás supiera contar una historia. Herminia batió las palmas como si le hubieran pedido la mano de su hija —"¡un Fuentes, mija, un Fuentes!"— y empezó a hacer cuentas de yerno rico en voz alta.
A mí no me daba ni celos ni pena. Me daba lástima por Rogelio, que en dos vidas no aprendía. Pero me daba coraje una cosa nada más: que ahora Rogelio venía a la casa a "visitar" a Bianca, y cada vez que llegaba yo tenía que desaparecer, porque no le hablo y no lo quiero ver. Me metía al cuarto de Emiliano a esperar a que se fuera.
Ahí descubrí una tragedia personal: Emiliano estudiaba sin esfuerzo. Le pedí que me explicara unas ecuaciones y las despachó en tres renglones, sin apuntes, sin sudar, mientras yo llevaba media libreta. Se me cayó el mundo. Yo, que me mato estudiando, y este muchacho leía una vez y ya. Me consolé como pude: "Es genética. Ha de traer sangre de alguien muy listo." No sabía yo cuánta razón tenía. Emiliano nomás levantó una ceja y siguió pasándome hojas.
Un sábado, don Fabián nos invitó a comer. A un restorán recién abierto, elegante, de manteles gruesos. Vino toda la bola: Genaro y Herminia estirados en ropa que no era suya, Bianca colgada del brazo de Rogelio, doña Ofelia con la nariz parada, y don Fabián en la cabecera. A mí me llevaron de relleno, y Emiliano se coló porque yo no iba sola a esa fosa de leones.
Se notó pronto que la comida no era comida. Era una emboscada con mantel.
Cuando el mesero tomó la orden, don Fabián levantó la mano.
—Al plato de la señorita Daniela, nada de mariscos —dijo, tranquilo—. Es alérgica. Que no le pongan ni caldo de camarón. —Y agregó, mirándome con una sonrisa rara, cálida—: Rogelio siempre lo anda diciendo. Que cuidado con darle mariscos a Daniela.
Se hizo un silencio incómodo. Toda la mesa me volteó a ver. ¿Cómo sabía don Fabián de mi alergia? ¿Por qué la traía guardada? Rogelio se puso rojo y clavó los ojos en el plato. Doña Ofelia frunció la boca como si le hubieran metido un limón. Yo di las gracias, cortita, y guardé el dato: ese señor me tenía un ojo encima que todavía no entendía.
No tardó en enseñar la carta. Entre plato y plato, don Fabián dejó la copa y habló despacio, como quien no quiere y quiere.
—Están muy chicos los muchachos. Trece, catorce años. Es edad de estudiar, no de andar de noviazgos. —Miró a Rogelio, luego a Bianca, con una amabilidad que cortaba—. Y con todo respeto, Herminia, don Genaro: yo a mi hijo lo veo con alguien... de otra cabeza. Que le sume. No cualquiera.
Fue suave. Pero todos entendimos: Bianca no le cuadraba.
Y a doña Ofelia se le desbordó el veneno que traía guardado.
—¡Ay, Fabián, no te andes con rodeos! —soltó, y me apuntó a mí con la barbilla, no a Bianca—. El problema de esta familia no es la noviecita. Es esa. —Yo—. La otra vez, la del club, ya la vi cómo se le arrima a mi Rogelio, con el cuento de los libros prestados, buscando cómo colarse a la casa de los Fuentes. Una resbalosa. Muerta de hambre y encima ofrecida. Así empiezan las que quieren atrapar rico.
La mesa se quedó tiesa. Y Genaro, en vez de defenderme, hizo lo que hace siempre: se puso del lado del que grita más fuerte.
—Daniela —dijo, entre dientes, muerto de vergüenza—. Discúlpate con la señora. Sinvergüenza. ¿Así te enseñaron? ¿Tu mamá, tu abuela, para esto te criaron, para andar de ofrecida?
Metieron a mi madre muerta y a mi abuela viva en la boca sucia de esa mesa. Ahí se me acabó la paciencia.
Dejé la servilleta. Me paré despacio, sin gritar, porque a las de arriba se les gana con la voz baja.
—Señora —le dije a doña Ofelia, mirándola de frente, de usted, muy correcta—, yo nunca le he pedido un libro prestado a su hijo. Ni le he pedido nada. Si algo he hecho con Rogelio Fuentes es cargar con su mala cara en clase. —Volteé a ver a Rogelio, que no levantaba los ojos—. Y para que le quede claro a toda la mesa: a su hijo no le tengo el menor interés. Estudia peor que yo, le gané el examen por diez puntos, y si de igualdad de cabezas se trata, como dice el señor Fuentes, pues ni ahí le llega. Yo no me arrimo para arriba. Me sobra con lo mío.
Doña Ofelia se puso morada. Don Fabián, en la cabecera, escondió una sonrisa detrás de la copa.
Me volví hacia Herminia y Genaro.
—Y usted —le dije a Herminia—, no me vuelva a sacar a mi madre muerta cada que le conviene, que a usted no le da derecho sobre mí que se haya muerto temprano. —Y a Genaro, ya de pie, con la voz bien parada—: Me pregunta cómo me educaron. Bien. Con vergüenza y con hambre, pero bien. La que le tendría que preocupar es la que usted crió. A Bianca, ¿cómo la educó usted, don Genaro? Porque de ahí sí me gustaría oír la respuesta.
Y me salí. Con Emiliano atrás, callado, pisándome los talones.
En la banqueta, mientras esperábamos taxi, me alcanzó don Fabián, resoplando, con el saco a medio abrochar.
—Daniela. Espérame. —Se paró frente a mí, apenado—. Perdona a Ofelia. Habla de más. No la escuches. —Me miró un momento, con esa cara de querer decir algo grande y guardárselo—. Yo... si la que hiciera juego con mi Rogelio fueras tú, muchacha, con esa cabeza y esa espina que traes, yo firmaba con las dos manos. Que quede dicho. —Se aclaró la garganta—. Cuídate.
Se metió otra vez. Yo me quedé con esa frase rara zumbándome, sin saber dónde acomodarla.
Paró un taxi. Me subí. Y antes de cerrar, Emiliano se metió del otro lado, sin pedir permiso, y se sentó a mi lado en la oscuridad del asiento.
Fuimos callados un rato. Luego él, mirando por la ventana, dijo bajito:
—A mí también me miran así. En esa casa. Como a algo que sobra. —Se detuvo—. Somos iguales, tú y yo.
—Somos iguales —le dije.
Sentada en aquel taxi, con la ropa prestada y la dignidad íntegra, se me aflojó el nudo del pecho. Emiliano seguía a mi lado.
Lo que no vi, porque iba de espaldas al restorán, fue la cara de Bianca en la puerta, viéndonos irnos juntos. Humillada delante de los Fuentes por mi culpa, dejada en ridículo, con el noviazgo hecho pedazos antes de empezar. Ya después me enteraría de que esa noche no durmió. De que se pasó las horas pensando, royendo, buscando por dónde clavarme el cuchillo. Y de que, por fin, había encontrado dónde.