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SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.

Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.

Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.

Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.

Hasta que Dante Varela aparece.

Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.

Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.

Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La puerta que nunca se cerró

La puerta del departamento chirrió al abrirse, y entré arrastrando los pies, sintiendo que cada parte de mi cuerpo pesaba el doble. Cerré con llave detrás de mí, aunque en ese momento no servía de nada, y me dejé caer contra la madera, soltando un suspiro tembloroso que se mezcló con el cansancio. Eran las nueve de la noche. Llevaba más de doce horas de pie: ensayos sin descanso, llamadas que no eran respondidas, reuniones con el productor que terminaban en silencios incómodos y frases como "hay que esperar, chicas, esto es lento al principio".

Dejé el bolso en el suelo, me quité los zapatos con un gemido de alivio, y caminé descalza hacia la sala, frotándome los ojos con las manos. Todo era difícil. Más difícil de lo que imaginamos cuando empezamos. El local de ensayos era caro, el festival se retrasaba, y el dinero… el dinero se estaba acabando rápido. La paga de la disquera tardaría al menos dos semanas más en llegar, y mientras tanto, las cuentas seguían llegando. La comida, el transporte, el alquiler… todo pesaba, y esa noche, la preocupación me apretaba el pecho con fuerza.

—Un día a la vez —me susurré a mí misma, con la voz quebrada—. Solo un día más y todo mejorará.

Levanté la vista. Y el corazón se me detuvo.

En el sillón viejo de tela gris, el único que teníamos en la sala, estaba sentado él.

Dante Varela.

Con las piernas cruzadas, recostado cómodamente como si fuera el dueño del lugar, con una mano apoyada en el respaldo y la otra sosteniendo una taza de té que seguramente había preparado él mismo. Levantó la vista al verme entrar, y en sus labios apareció una sonrisa tranquila, casi alegre, como si hubiera estado esperándome con paciencia, como si fuera lo más natural del mundo estar ahí, en mi pequeño departamento, en mi mundo de chicas que apenas empezaban.

Me quedé clavada en el sitio, sin poder respirar, sin poder moverme, sintiendo cómo el pánico me subía por la garganta hasta ahogarme. Las llaves se me cayeron de la mano y chocaron contra el suelo con un sonido metálico y fuerte que resonó en toda la habitación.

—¿Qué… qué haces tú aquí? —logré articular, con la voz apenas un hilo—. ¿Cómo entraste? ¡Esto es mi casa!

Él no se inmutó. Ni siquiera se enderezó. Solo dio un sorbo a la taza, la dejó sobre la mesa de centro, y me miró con esos ojos oscuros que parecían saberlo todo.

—Una semana, Lía —dijo, su voz suave, grave, con un tono de reproche fingido—. Ha pasado exactamente una semana desde aquella noche. Y ni siquiera me has enviado un solo mensaje. Ni una llamada. Ni un "hola, ¿cómo estás?".

Lo miré sin entender, parpadeando confundida, mientras el miedo empezaba a mezclarse con la perplejidad.

—¿Mensaje? —repití, frunciendo el ceño—. ¿Por qué tendría que escribirte? Aquello fue… fue un error. Una noche. Nada más. Me dejaste ir aquella mañana y pensé que… pensé que también para ti había terminado.

Él soltó una risa, baja y cálida, que no llegó a sus ojos. Se levantó del sillón despacio, con esa elegancia natural que parecía llevar en la sangre, y dio un paso hacia mí. Yo retrocedí automáticamente, chocando contra la pared de la entrada.

—¿Terminado? —repitió, negando con la cabeza como si le hubiera dicho la cosa más ingenua del mundo—. Ay, niña… ¿realmente creíste que después de ser mía podías irte tan tranquila, cerrar la puerta y seguir con tu vida como si nada hubiera pasado? ¿Crees que yo soy cualquiera? ¿Que lo que hicimos fue algo que se puede olvidar así nomás?

Tragué saliva, sintiendo cómo las manos me temblaban violentamente contra la pared. Su presencia llenaba toda la habitación, haciéndola pequeña, asfixiante.

—Yo… no te pedí nada —murmuré, con la mirada baja—. No tengo dinero para pagarte si es eso lo que quieres, pero… pero te daré lo que tengo.

Me armé de valor, metí la mano en el bolso que estaba en el suelo, saqué la cartera y conté lo poco que tenía. Cien dólares. Todo lo que me quedaba para sobrevivir hasta que nos pagaran. Se los extendí con la mano temblorosa, sin atreverme a mirarlo a la cara.

—Está bien —dije, con voz quebrada—. Toma. Son cien dólares. Es todo lo que tengo en este momento. Pero te juro que la próxima semana la disquera nos paga, y ahí te daré el resto. Te lo prometo. Lo siento… de verdad lo siento por lo de aquella noche.

Él miró los billetes que sostenía entre mis dedos, y entonces soltó una carcajada, esta vez más fuerte, genuina, como si le hubiera contado el chiste más gracioso del mundo. Se acercó un paso más, tomó mi mano entre las suyas, cerró mis dedos sobre el dinero y me lo devolvió con suavidad.

—Guárdalo, Lía —susurró, tan cerca que su aliento me rozó los labios—. Cien dólares no es lo que yo quiero. Ni mil, ni cien mil. No vine por tu dinero.

—¿Entonces… qué es lo que quieres? —pregunté, alzando la vista por fin, encontrándome con sus ojos negros que me devoraban entera.

Su sonrisa se transformó en algo más oscuro, más intenso, la mirada de un depredador que ya tiene a su presa acorralada y no tiene ninguna prisa. Levantó una mano y empezó a acariciarme la mejilla con el dorso de sus dedos, tan suave que me erizó la piel, de una forma que me hizo sentir pequeña, frágil, y a la vez… deseada con una intensidad que me asustó.

—Te quiero a ti —dijo, bajando la voz hasta que fue un susurro contra mi piel—. Eres tan suave… tan fresca… hueles a flores y a inocencia. Eres como un dulce, como un postre delicioso que quiero seguir comiendo poco a poco, hasta que no quede nada.

Me quedé sin palabras, sin aliento, sin saber qué responder. Su mano bajó desde mi mejilla hasta mi barbilla, levantándome el rostro con un toque firme pero delicado, y antes de que pudiera procesar lo que acababa de decir, me atrajo hacia sí con un movimiento rápido y decidido. Su cuerpo chocó contra el mío, fuerte y cálido, y entonces me besó.

No fue un beso suave ni tímido. Fue apasionado, hambriento, posesivo, como si llevara toda la semana esperando este momento y no pudiera contenerse ni un segundo más. Sus labios se movieron contra los míos con una intensidad que me dejó sin aire, y sus manos me rodearon la cintura, apretándome contra él como si quisiera fundirme en su cuerpo. Yo intenté resistirme, en el fondo de mi mente quería apartarlo, gritar, decirle que se fuera… pero mis brazos se quedaron pegados a mi cuerpo, pesados, sin fuerza, y mis labios respondieron sin querer, cediendo a la presión, perdiéndome en su sabor, en su calor, en la certeza aterradora de que ya no tenía opción.

Cuando se apartó, me dejó temblando, sin fuerzas, apoyada contra la pared, mirándolo con los ojos muy abiertos, mientras él me miraba con esa satisfacción tranquila de quien sabe que ya ganó.

—A partir de ahora —dijo, acariciándome el labio inferior con el pulgar—, me debes más que una disculpa. Me debes tu tiempo. Tu atención. Y todo lo que tú eres. ¿Entendido, mi dulce?

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