Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 8: Intrusos
Gael no se movió durante varios segundos. Solo escuchaba. Amelia permanecía detrás de él, con la caja metálica apretada contra el pecho y la respiración controlada. El recibidor estaba en silencio, pero ambos sabían que ese silencio no era natural.
Desde la cocina llegó un sonido mínimo: el roce de una suela contra el suelo de madera.
Gael hizo un gesto discreto con la mano izquierda, indicándole a Amelia que se mantuviera atrás. Con la derecha sacó el teléfono y envió un mensaje corto. No habló. No hacía falta.
La puerta de la cocina se entreabrió.
Una figura vestida de negro intentó salir con rapidez hacia el pasillo lateral. Gael reaccionó de inmediato. Cruzó el recibidor en tres zancadas y bloqueó el paso. El hombre intentó esquivarlo, pero Gael lo inmovilizó contra la pared con una precisión que no parecía improvisada.
—No grites —ordenó en voz baja.
El intruso forcejeó solo un instante. Luego se quedó quieto al sentir la presión en el brazo.
Amelia encendió la luz del pasillo.
El hombre tenía el rostro cubierto por una pasamontañas, pero los ojos eran jóvenes. Llevaba guantes negros y un pequeño bolso cruzado sobre el pecho.
—¿Quién te envió? —preguntó Gael.
El hombre no respondió.
Gael aumentó ligeramente la presión.
—Tengo poca paciencia esta noche.
El intruso escupió una respuesta entre dientes:
—Solo vine a buscar algo.
—¿Qué cosa?
—Documentos. Me dijeron que estaban en la oficina de arriba.
Amelia dio un paso adelante.
—¿Quién te lo dijo?
El hombre giró la cabeza hacia ella. Por un segundo pareció reconocerla.
—No hago preguntas. Solo cumplo el trabajo.
Gael lo giró y lo empujó hacia la silla del recibidor. Sacó el teléfono y marcó otro número.
—Necesito un equipo de seguridad en la propiedad de Leonardo Ferrer. Ahora. Y avisa a la policía, pero que esperen mi autorización para entrar.
Mientras hablaba, Amelia se acercó al bolso del intruso. Con cuidado lo abrió. Dentro solo había una linterna pequeña, un destornillador y una fotografía doblada.
Desplegó la fotografía.
Era una imagen reciente de la fachada de la casa. En el reverso había una anotación escrita con letra apresurada:
Caja metálica. Oficina. Prioridad alta.
Amelia sintió un escalofrío.
Alguien sabía exactamente qué debían buscar.
Gael terminó la llamada y miró la fotografía.
—Esto no es un ladrón común.
—No —coincidió Amelia—. Alguien les dio información precisa.
El hombre en la silla movió la mandíbula.
—Si me sueltan ahora, desaparezco. No vi nada.
Gael lo miró con frialdad.
—No vas a desaparecer. Vas a responder algunas preguntas.
Poco después llegaron dos hombres del equipo de seguridad de Santoro. Eran discretos, eficientes y no hicieron preguntas innecesarias. Redujeron al intruso y lo subieron a un vehículo negro que esperaba fuera. Gael dio instrucciones claras: quería saber quién lo había contratado antes de que amaneciera.
Cuando se quedaron solos de nuevo, Amelia colocó la caja metálica sobre la mesa del recibidor y se pasó una mano por el rostro.
—Entraron mientras estábamos arriba. Si hubiéramos tardado cinco minutos más…
—No lo hicimos —cortó Gael—. Y ahora tenemos los documentos.
Ella asintió, pero la tensión no desapareció.
—Esta casa ya no es segura.
—Lo sé. Vamos a sacar todo lo importante y cerrar la propiedad esta misma noche.
Trabajaron con rapidez. Amelia revisó una vez más la oficina y el resto de las habitaciones principales. No encontró nada adicional. Gael se aseguró de que las puertas y ventanas quedaran selladas y activó un sistema de vigilancia temporal que su equipo instalaría de forma permanente al día siguiente.
Cuando salieron, la caja metálica iba en el maletero del automóvil, guardada dentro de un maletín de seguridad.
El regreso a la ciudad se hizo en silencio. Amelia miraba por la ventana, pero su mente repasaba una y otra vez la carta de su padre y el nombre que había aparecido en la libreta: Martín Rivas.
—¿Crees que ese hombre sabe algo sobre el Proyecto Legado? —preguntó al fin.
—Es posible —respondió Gael—. O puede ser solo un intermediario. Mañana lo sabremos.
Llegaron a la Torre Santoro pasada la medianoche. Gael no la llevó a su oficina. En su lugar, la condujo hasta un piso residencial privado en la parte alta del edificio.
—Puedes quedarte aquí esta noche —dijo al abrir la puerta—. Hay seguridad permanente y nadie entra sin autorización.
Amelia entró con cautela. El departamento era amplio, de líneas modernas y casi vacío de objetos personales. Parecía más un espacio funcional que un hogar.
—¿Y tú? —preguntó.
—Me quedaré en el piso de abajo. Tenemos trabajo que organizar antes del amanecer.
Ella lo miró.
—No tienes que vigilarme.
—No te estoy vigilando. Estoy protegiendo los documentos… y a la persona que ahora es mi esposa ante la ley.
La frase no sonó posesiva. Sonó práctica. Y, de algún modo, más peligrosa.
Amelia dejó el maletín sobre la mesa del salón.
—Mañana necesitamos encontrar a Martín Rivas.
—Ya puse a alguien a buscarlo —respondió Gael—. Si existe en los registros, lo encontraremos.
Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Intenta dormir. Aunque sea un par de horas.
Amelia no prometió nada.
Cuando la puerta se cerró, se quedó sola en el silencio del departamento. Abrió el maletín, sacó la carta de su padre y la leyó otra vez bajo la luz de la lámpara.
Cada palabra parecía más pesada que la anterior.
Leonardo Ferrer había sabido que algo así podía ocurrir. Había intentado protegerla. Y, aun así, ella estaba ahora en medio de una guerra que no había elegido… pero que ya no pensaba abandonar.
Guardó la carta y se acercó a la ventana. Desde allí se veía la ciudad dormida. En algún lugar de esa misma ciudad, Esteban y Victoria Llorente probablemente ya sabían que el intento de recuperar la caja había fallado.
Amelia apoyó la frente contra el cristal.
Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió vulnerable.
Se sintió enojada.
Y el enojo, descubrió, era un motor mucho más útil que el miedo.