Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.
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Capítulo 20 El último recuerdo
El disparo retumbó dentro del túnel.
Victoria sintió que Lucía la jalaba hacia atrás.
—¡Agáchate!
Las tres mujeres se pegaron contra la pared.
Otro disparo.
La bala golpeó el metal de la puerta y levantó una lluvia de pequeñas chispas.
—¡No disparen! —gritó Daniel.
Victoria reconoció su voz.
—¡Daniel!
—¡Victoria, escúchame!
Arturo apareció detrás de él.
—No le creas.
Victoria sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—¿Por qué tienes un arma?
Daniel miró hacia ella.
Tenía el rostro pálido y una herida en el costado.
—Porque si no la tuviera, ya estarías muerta.
Arturo soltó una carcajada.
—Siempre tan noble.
Daniel lo miró con odio.
—Cállate.
Victoria observó a ambos.
—¿Están juntos?
Daniel negó.
—No.
Arturo sonrió.
—Claro que estamos juntos.
—¡Mientes! —gritó Daniel.
—Entonces pregúntale a tu esposa quién me llamó.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Quién llamó a Arturo?
Daniel bajó la mirada.
Y ese pequeño movimiento fue suficiente.
Victoria entendió.
—Fuiste tú.
—No.
—¡Fuiste tú!
—Victoria, yo intentaba protegerte.
—¡Todos dicen eso!
Su voz quebró el silencio del túnel.
—Mi madre me protegía. Lucía me protegía. Sebastián me protegía. Mateo me protegía. Tú me protegías.
Las lágrimas comenzaron a recorrerle el rostro.
—Y todos terminaron mintiéndome.
Daniel cerró los ojos.
—Porque la verdad podía matarte.
—¡Entonces déjame decidir si quiero morir sabiendo la verdad!
Arturo levantó el arma.
—Qué conmovedor.
Daniel se interpuso.
—No le apuntes.
—¿Todavía crees que puedes protegerla?
—Sí.
Arturo sonrió.
—Entonces dile quién estaba junto al automóvil aquella noche.
Daniel quedó inmóvil.
Victoria dejó de respirar.
—Dímelo.
Daniel no respondió.
—¡Dímelo!
—No puedo.
—¿Por qué?
Arturo respondió por él.
—Porque fuiste tú.
Victoria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Yo?
Lucía negó inmediatamente.
—No le creas.
Arturo continuó:
—Tú estabas junto al automóvil antes del accidente. Tú viste quién manipuló los frenos. Y tú dijiste su nombre.
Victoria comenzó a temblar.
Una imagen apareció en su mente.
Un automóvil.
La lluvia golpeando el parabrisas.
Una puerta abierta.
Una mano.
Una voz.
—No…
Se llevó las manos a la cabeza.
—No…
Lucía la sostuvo.
—Victoria, mírame.
—Estoy recordando.
—No lo hagas sola.
—Lo vi.
—¿Qué viste?
Victoria cerró los ojos.
—A alguien.
La mujer que había permanecido escondida durante diez años comenzó a llorar.
—No…
Victoria abrió los ojos.
—¿Tú también lo recuerdas?
La mujer negó.
—Yo recuerdo lo suficiente.
—Entonces dime quién fue.
La mujer miró hacia Daniel.
Después hacia Arturo.
Y finalmente hacia Elena, que acababa de llegar al túnel.
Elena tenía sangre en la frente.
—¡Mamá!
Victoria corrió hacia ella.
—¿Estás herida?
Elena la abrazó.
—No es mía.
Victoria se apartó.
—¿De quién es?
Elena miró a Arturo.
—De uno de sus hombres.
Arturo levantó una ceja.
—Ella siempre ha sabido mentir muy bien.
Elena lo miró con desprecio.
—Y tú siempre has sabido destruir vidas.
Arturo levantó el arma.
—Ten cuidado.
Daniel apuntó a Arturo.
—Baja el arma.
—¿O qué?
—Disparo.
Arturo sonrió.
—No lo harás.
—Pruébame.
Por primera vez, Arturo dejó de sonreír.
Victoria miró a Daniel.
—¿Por qué no quieres decirme quién estuvo junto al automóvil?
Daniel tragó saliva.
—Porque esa persona todavía está viva.
Silencio.
Lucía palideció.
—¿Qué?
—Y porque si digo su nombre aquí, todos vamos a morir.
Arturo dio un paso.
—Ya es demasiado tarde.
Se escucharon pasos detrás de ellos.
Muchos.
Daniel miró hacia el túnel.
—Tenemos que irnos.
Victoria retrocedió.
—No me voy contigo.
—Victoria…
—No sé quién eres.
Daniel la miró como si esas palabras le hubieran atravesado el pecho.
—Soy el hombre que te ha amado durante diez años.
—Y también eres el hombre que sabía la verdad.
—Sí.
—Entonces dime una cosa.
Daniel levantó la mirada.
—¿Me amabas antes del accidente?
Daniel tardó en responder.
—Sí.
—¿O te casaste conmigo porque Arturo te lo ordenó?
Daniel bajó el arma.
—Al principio…
Victoria cerró los ojos.
—Dios mío.
—Al principio sí.
Lucía tomó a Victoria de la mano.
Daniel continuó:
—Pero después me enamoré de ti de verdad.
Victoria soltó una risa amarga.
—¿Después de qué?
—Después de conocerte.
—¿Y cuánto tiempo tardaste en saber que yo era la mujer que habían intentado destruir?
Daniel no respondió.
—¿Cuánto?
—Tres meses.
Victoria se quedó inmóvil.
—Tres meses después de nuestra boda.
—Sí.
—Y aun así te quedaste.
—Porque ya te amaba.
—¡Pero seguiste mintiendo!
Daniel cerró los ojos.
—Porque Arturo tenía a alguien.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿A quién?
Daniel miró hacia la mujer que habían encontrado en el sótano.
—A ella.
La mujer comenzó a llorar.
—No.
Daniel asintió.
—Arturo la encontró antes del accidente.
Victoria miró a la mujer.
—¿Qué sabía ella?
Daniel respondió:
—Sabía quién era el verdadero padre de ustedes.
La habitación quedó en silencio.
Victoria sintió que el corazón se le detenía.
—¿De las dos?
—Sí.
Arturo soltó una carcajada.
—Ya que estamos confesando…
Victoria lo miró.
—Habla.
Arturo se acercó.
—Tu madre no tuvo dos hijas por accidente.
Elena cerró los ojos.
—Arturo, basta.
—No.
Arturo miró a Victoria.
—Es hora de que sepas cómo empezó todo.
Victoria sintió que Lucía le apretaba la mano.
—Habla.
Arturo señaló a Elena.
—Ella estaba embarazada cuando conoció a Julián.
Victoria miró a su madre.
—¿Es verdad?
Elena no respondió.
—¡Mamá!
—Sí.
—¿Y quién era el padre?
Elena comenzó a llorar.
—No quiero que lo sepas así.
Arturo sonrió.
—Porque el padre no era Julián.
Victoria miró a Arturo.
—¿Eras tú?
El silencio fue aterrador.
Elena negó inmediatamente.
—No.
Arturo sonrió.
—Ella todavía quiere protegerte.
Victoria miró a la mujer que estaba junto a ella.
—Entonces, ¿quién es nuestro padre?
La mujer levantó la mirada.
—El hombre que estuvo dentro del automóvil aquella noche.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Daniel?
Daniel dio un paso atrás.
—No.
Arturo soltó una carcajada.
—No, Victoria.
—Entonces, ¿quién?
La mujer señaló detrás de Arturo.
Todos voltearon.
No había nadie.
Solo oscuridad.
Entonces se escuchó una voz.
—Yo.
Victoria se quedó helada.
Una silueta salió lentamente del túnel.
Sebastián.
Pero no estaba solo.
A su lado caminaba Mateo.
Victoria miró a su hermano.
—¿Tú?
Sebastián negó.
—No soy yo.
Mateo levantó una pequeña grabadora.
—La respuesta está aquí.
Daniel palideció.
—Mateo…
Mateo lo miró.
—Ya no puedes protegerla.
Arturo levantó el arma.
—Dame eso.
Mateo retrocedió.
—Si me disparas, la grabación se transmite automáticamente.
Arturo se quedó inmóvil.
Victoria dio un paso hacia Mateo.
—¿Qué contiene?
Mateo la miró.
—La última conversación antes del accidente.
—Ya escuchamos una.
—No.
Mateo negó.
—Esa fue la copia que ellos querían que escucharas.
Victoria sintió un vacío en el estómago.
—¿La original?
—La original nunca estuvo en el USB.
Arturo apretó los dientes.
Mateo presionó el botón.
La grabadora comenzó a reproducir.
Primero se escuchó lluvia.
Después una puerta.
Luego la voz de Elena.
—No puedes hacerlo.
Una voz masculina respondió:
—Ya está decidido.
Victoria cerró los ojos.
Reconocía aquella voz.
Era una voz que había escuchado toda su vida.
Una voz familiar.
Una voz en la que alguna vez había confiado.
La grabación continuó.
—Si Victoria sobrevive, recordará.
—Entonces haz que olvide.
—¿Y la otra niña?
—La niña no importa.
Victoria abrió los ojos.
La mujer junto a ella comenzó a llorar.
—No…
La grabación continuó.
—¿Y si las dos recuerdan?
Silencio.
Después una respuesta.
—Entonces mata a una.
Victoria sintió que las piernas le fallaban.
Lucía la sostuvo.
—Victoria…
La voz volvió a escucharse.
—¿Cuál?
Y entonces llegó la respuesta.
Una sola frase.
Una frase que destruyó todo lo que Victoria creía saber.
—A la que lleve mi sangre.
La grabación se detuvo.
Nadie respiró.
Victoria miró a la mujer que llevaba diez años encerrada.
Luego a Elena.
Después a Arturo.
Finalmente a Daniel.
—¿Quién dijo eso?
Nadie respondió.
Victoria levantó la mirada.
—¿Quién dijo esa frase?
Mateo miró hacia Arturo.
Arturo permaneció inmóvil.
Y entonces Sebastián habló.
—No fue Arturo.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Entonces quién?
Sebastián señaló lentamente hacia la entrada del túnel.
—El hombre que acaba de llegar.
Todos voltearon.
Una sombra apareció al fondo.
Victoria dejó escapar un pequeño grito.
Porque reconoció el rostro.
Era Julián.
El hombre que durante años había creído muerto.
Su supuesto padre.
Y Julián llevaba un arma apuntando directamente hacia ella.
—Perdóname, Victoria —dijo.
Y disparó.