Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 1
Capítulo 1
Yo era el primer amor de Alejandro Alcázar.
O eso decía todo el mundo.
Tres años fuera de México bastaron para que él se enamorara de una mujer que se parecía demasiado a mí cuando tenía veinte.
Tres años antes, doña Marcela Ibarra me citó en una cafetería cerca del corporativo del Grupo Alcázar. Apenas me senté, aventó un sobre sobre la mesa.
—Ábrelo.
Era un reporte médico de los exámenes anuales de la empresa.
Cáncer de estómago.
Etapa temprana.
Curable, si me trataba a tiempo.
Alejandro y yo habíamos peleado contra medio mundo para llegar al compromiso. Íbamos a casarnos a finales de ese año. Cuando vi esas hojas, entendí que el cuento se había acabado.
Doña Marcela ya tenía todo arreglado: hospital en Estados Unidos, universidad, alojamiento, gastos médicos. Todo pagado.
La condición era una sola.
Yo tenía que terminar con Alejandro.
Lo hice.
Renuncié al Grupo Alcázar.
Y el día que estaba a punto de cruzar seguridad en el aeropuerto, Alejandro apareció.
Tenía los ojos rojos. La barba de varios días. La voz rota de coraje.
—¿Cuánto te dio mi familia, Valeria? ¿Cuánto valía dejarme?
Me dolió tanto verlo así que casi me doblé.
Pero pensé en mi diagnóstico. En la cirugía. En la frase de su madre: “Si de verdad amas a Alejandro, no le arruines la vida”.
Sonreí como pude.
—Alejandro, vas a encontrar a una mujer que sí valga la pena. Yo no soy esa persona. Olvídame.
No volteé.
Si lo hacía, no me iba.
En Estados Unidos me operaron. El médico retiró la lesión y me advirtió que, si en cinco años no había recaída, podía considerarme salvada. También me dejó una lista eterna de medicamentos, revisiones y cuidados.
Al tercer año, Alejandro subió una foto a sus estados.
Reconocí la mesa de su casa de inmediato.
Cuatro platillos, una sopa y media cara de una mujer hermosa.
Sus empleados le comentaban felicitaciones. Que ya era hora. Que se veía feliz. Que cuándo sería la boda.
Esa casa era donde me había pedido matrimonio.
“Val, esta va a ser nuestra casa.”
Esa noche tomé más de la cuenta y borré su número.
Si él ya tenía una vida, yo también podía volver.
Compré el vuelo más cercano. Al día siguiente llegué a la Ciudad de México.
Frente a la puerta de mi casa, me quedé quieta. Levanté la mano varias veces, pero no me atreví a tocar.
—¿Valeria?
La voz de mi papá sonó detrás de mí.
Me giré. Don Ernesto estaba parado con bolsas del mercado en la mano.
Se me nublaron los ojos.
Solté la maleta y corrí a abrazarlo.
—Mi niña —me dijo, acariciándome el cabello—. Ya estás en casa. Eso es lo único que importa.
Lloré hasta que me dolió la garganta.
Mi papá me hizo pasar, me tendió la cama y me mandó a dormir. En Estados Unidos necesitaba pastillas para cerrar los ojos. Esa tarde, en mi casa, me quedé dormida apenas toqué la almohada.
Cuando desperté, la mesa estaba llena.
Mi papá me sirvió como si quisiera compensar tres años en una sola comida.
—Papá, perdón —dije, viendo sus canas—. Me fui y te dejé solo.
Él sonrió.
—Los papás no llevamos cuentas con los hijos. Yo sabía que si te fuiste y terminaste con Alejandro, alguna razón tenías.
Bajé la cabeza.
—Ya no me voy. Quiero quedarme contigo.
Sus ojos se iluminaron.
—Entonces te voy a preguntar algo. ¿Tú y Alejandro ya no tienen arreglo? Cuando te fuiste venía seguido. Se sentaba horas, miraba tus fotos y casi no hablaba. Pero desde el año pasado ya no volvió.
Pensé en la foto.
—No, papá. Eso ya se acabó. Un día te traeré un yerno que te caiga bien.
Mi papá dejó los cubiertos.
—Alejandro era buen muchacho, pero su familia y la nuestra no son iguales. Yo solo quiero que mi hija tenga un esposo que la cuide. Una vida tranquila.
Asentí.
Tranquila.
Sonaba sencillo.
Tres días después empecé a mandar currículums. A todas partes, menos al Grupo Alcázar.
Con mi título de una universidad pública de prestigio y la experiencia en Estados Unidos, conseguí rápido un puesto como subgerente de producto en Grupo Fuentes, una empresa de alimentos con mucha historia en la ciudad.
Mi gerente, Leonardo Figueroa, me asignó el área de ventas digitales.
El primer proyecto era con una creadora nueva: Camila Rivas. Desde el año anterior se había vuelto famosa. Casi dos millones de seguidores.
Busqué su nombre.
La pantalla cargó.
Me quedé helada.
Era ella.
La mujer de la foto de Alejandro.
Piel clara, cintura mínima, piernas largas, ojos limpios. Hermosa. De esa belleza suave que despierta ganas de proteger.
También se parecía a mí a los veinte, cuando Alejandro me conoció en la universidad y yo usaba vestidos blancos como si el mundo no pudiera romperme.
Llamé a su representante. Julia Mendoza fue amable y agendó una reunión para tres días después, con Camila presente.
Ese día usé traje oscuro, tacones negros y el cabello recogido con una pinza de perlas. En el espejo, mi cara se veía más delgada de lo normal. Los años de tratamiento me habían quitado carne, brillo y algo de juventud.
Camila estaba en un set de fotos cuando llegué.
Vestido blanco. Cabello largo. Sonrisa limpia.
Si yo fuera hombre, quizá también me habría gustado.
Entonces sentí una mirada sobre mí.
Giré.
Alejandro Alcázar estaba ahí.
Sus ojos ya no tenían ternura. Solo una frialdad afilada.
Se acercó con calma.
—¿Por fin te dignaste a volver? ¿Qué haces aquí?
Tragué saliva.
—Mi empresa me mandó a hablar con Camila sobre una colaboración.
Su mirada bajó a mi gafete.
—Grupo Fuentes. Veo que estudiar fuera no te ayudó tanto. Antes te iba mejor.
—No todos nacimos siendo el señor Alcázar. Algunos trabajamos para comer.
Lo dije tranquila.
Como si hablara con un conocido cualquiera.
Su rostro se endureció.
Camila llegó rodeada de asistentes. En cuanto lo vio, se colgó de su brazo.
—Ale, ¿me esperaste mucho? ¿No tenías trabajo?
Él le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Hoy no. Quería verte temprano.
Me quedé ahí, viendo a mi ex prometido tratar a otra mujer como antes me trataba a mí.
Camila me miró.
—¿La conoces?
Alejandro ni siquiera me volteó a ver.
—De la universidad. Mismo departamento. La vi un par de veces.
Una vez.
Así había resumido cuatro años.
Camila sonrió, satisfecha.
—Entonces eres como mi veterana. Yo también fui a la Poli, pero estudié comunicación.
—Y soy Valeria Salcedo, subgerente de producto de Grupo Fuentes. Vengo por la campaña de venta en vivo.
Quise ir directo al punto.
Ella asintió.
—Julia me comentó. Vamos a la oficina.
Antes de irnos, se volvió hacia Alejandro.
—Ale, vas a tener que esperarme otro ratito.
Él la abrazó por la cintura y le tocó la nariz.
—Ve. Te espero en el coche. Luego te llevo a comer algo rico.
No miré su cara.
No quería ver cuánto podía querer a otra.
La reunión salió bien. Julia fue profesional, Camila se mostró dócil, revisamos propuesta, tiempos, comisión y contrato provisional.
Al salir, Camila me detuvo.
—Valeria, si ves a mi novio, ¿le dices que me cambio y bajo? Se me murió el celular.
Quise negarme.
Pero aún teníamos que trabajar juntas.
—Si lo veo, le digo.
Lo vi.
Alejandro estaba apoyado contra una Mercedes G63, mirando el reloj.
—Camila me pidió decirte que baja en cuanto se cambie.
Su mirada se clavó en mí.
—Lo nuestro queda entre nosotros. No quiero que ella se incomode.
Claro.
Tenía miedo de que yo arruinara su historia perfecta.
Sonreí sin ganas.
—No te preocupes. Lo nuestro ya es tan viejo que ni vale la pena mencionarlo.
Me fui antes de que dijera algo más.
A los pocos pasos, el estómago me ardió.
No traía medicamento.
El set estaba en una zona retirada y ningún coche aceptaba mi viaje.
Entonces la Mercedes se detuvo frente a mí.
La ventana bajó.
Adentro estaban Alejandro y Camila.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero