Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 17. UN ESCUDO CON ALIANZAS
La propuesta de María quedó flotando en el aire de la oficina vacía como una nota discordante. Me quedé mirándola fijamente, con el vaso de agua a medio camino de los labios, procesando las palabras que acababa de pronunciar. Fuera, los rascacielos de la City seguían parpadeando bajo la lluvia británica, ajenos a la locura que mi mejor amiga acababa de sugerir.
—¿Un marido de alquiler? —repetí, y mi voz sonó como un eco lejano en mitad de la penumbra—. María, estás perdiendo la cabeza. Somos abogadas corporativas, no guionistas de una película de enredos. Lo que sugieres es una locura legal y un riesgo absoluto.
—Es una locura desesperada para una situación desesperada, Natalia —replicó ella, rodeando el escritorio para plantarse justo frente a mí con una seriedad que me obligó a escucharla—. Piensa como la estratega que eres, no como la víctima de Arthur. ¿Cuál es el núcleo del problema? Tu padre te reclama basándose en un contrato de compromiso firmado hace diecisiete años en Zúrich. Pero las leyes civiles de la Unión Europea y del Reino Unido son muy claras: un pacto de matrimonio concertado entre terceros carece de toda validez legal si la persona implicada ya ha contraído un matrimonio civil legal y vigente por su propia voluntad.
Me pasé una mano por la frente, sintiendo el peso de un dolor de cabeza que empezaba a pulsar en mis sienes.
—Aunque legalmente funcionara como un escudo, ¿cómo pretendes que lo hagamos? —argumenté, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco—. No tengo pareja, María. He pasado los últimos cuatro años metida en este despacho, huyendo de mi pasado y enterrando mi vida personal. No puedo salir a la calle, poner un anuncio en el periódico y casarme con el primer desconocido que pase por la puerta antes de que el avión de mi padre despegue mañana por la mañana.
—No con el primero que pase, claro que no —dijo María, manteniendo el tono firme y analítico—. Tendría que ser un matrimonio por contrato estricto. Un acuerdo confidencial, blindado por cláusulas de rescisión y un pago económico mensual muy generoso. Buscaremos a un hombre que necesite el dinero, alguien discreto, que firme un acuerdo de confidencialidad absoluto y que acepte casarse contigo ante el registro civil de Londres de forma inmediata. Sin convivencia forzada si no quieres, sin derechos sobre tus activos ni sobre este bufete. Solo su firma en el acta matrimonial.
Caminé hacia el ventanal, abrazándome a mí misma mientras contemplaba las luces de la ciudad. La idea era arriesgada, rozaba los límites de lo ético y ponía en juego mi reputación profesional, pero la alternativa era infinitamente peor. La alternativa era subir a ese avión privado, regresar a Zúrich encadenada a un apellido y entregar mi cuerpo y mi mente a un extraño elegido por mi padre para consolidar una fusión de empresas automotrices y astilleros de lujo. Nueve años de lucha, el internado, los trabajos nocturnos de camarera, las ojeras en la universidad... todo se perdería si no hacía algo radical.
—Si mi padre descubre que es un montaje, redoblará el ataque —advertí, mirando de reojo a mi socia.
—No tiene por qué descubrirlo —aseguró María, acercándose a mí—. Presentaremos el acta de matrimonio civil con el sello británico como un hecho consumado. Ante la ley, serás una mujer casada. Arthur podrá patalear, podrá odiarte, pero sus abogados en Suiza le dirán exactamente lo mismo que nosotras: no puede obligar a casarse a alguien que ya está unida legalmente a otro ciudadano. Su contrato matrimonial se convertirá en humo. Ganaremos el tiempo necesario para blindar las cuentas del bufete y proteger a nuestros clientes.
Me quedé en silencio durante varios minutos, escuchando únicamente el rítmico repiqueteo de la lluvia contra el cristal. La llave de plata, oculta bajo mi ropa, parecía pesar más que de costumbre. La idea de casarme por obligación con un desconocido para escapar de otro matrimonio forzado era una ironía macabra que la vida me estaba gastando. Pero la Natalia de veinticinco años ya no se rendía sin pelear.
—Tenemos que tener mucho cuidado con el candidato, María —dije finalmente, dándome la vuelta y aceptando el tablero de juego—. Si el hombre que contratamos resulta ser un chantajista o intenta usar el matrimonio para quedarse con parte de la firma, estaremos cavando nuestra propia tumba. Necesito a alguien de absoluta confianza que maneje el proceso en la sombra.
—¿Estás pensando en tu hermano? —preguntó María, intuyendo de inmediato hacia dónde se dirigían mis pensamientos.
—Thomas es el único que puede ayudarnos a mover las piezas sin levantar sospechas en el entorno de mi padre —asentí, caminando hacia mi escritorio para recoger mi teléfono móvil seguro—. Él sigue en Zúrich, conoce los movimientos de Arthur y sabe cómo operan sus abogados. Si le cuento este plan, podrá asesorarnos sobre cómo reaccionará nuestro padre y, tal vez, nos ayude a filtrar el perfil del candidato adecuado desde la distancia.
María exhaló un largo suspiro de alivio, viendo que la CEO implacable volvía a tomar el control de la situación.
—Haz la llamada, Nat. Yo me quedaré aquí preparando el borrador del contrato matrimonial y las cláusulas de confidencialidad. Si vamos a hacer esto, el documento tiene que ser perfecto, impermeable a cualquier demanda de tu familia.
Tomé el teléfono prepago entre mis manos con el corazón latiéndome a un ritmo frenético. Marqué el número encriptado de Thomas, sabiendo que en Zúrich ya sería tarde y que mi hermano probablemente estaría en su apartamento de la zona alta, descansando tras una jornada en los astilleros. El teléfono dio tres tonos que se sintieron como tres eternidades en el silencio del despacho.
Finalmente, la línea se conectó y escuché su voz grave, teñida por una profunda preocupación que no logró ocultar.
—¿Nat? ¿Estás bien? He visto el plan de vuelo de papá esta mañana... Sé que ha viajado a Londres. Dime que no te ha encontrado.
—Me ha encontrado, Thomas —respondí en un susurro, sentándome en el borde de la mesa de roble—. Ha estado en mi despacho hace unas horas. Me ha dado un ultimátum de veinticuatro horas para regresar a Zúrich y casarme, o destruirá el bufete por completo. María y yo tenemos un plan, pero es una locura y necesito tu ayuda de inmediato.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️