NovelToon NovelToon
PUDRETE ROSE... AHORA AMARÉ A AMAYA ROBERTS

PUDRETE ROSE... AHORA AMARÉ A AMAYA ROBERTS

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Completas
Popularitas:639
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La cerveza y la puerta que se abre

Cal entró solo al gran comedor esa noche. No buscó una mesa apartada ni prefirió la soledad. Se dirigió con paso tranquilo hacia la larga mesa donde estaban sentados aquellos que alguna vez llamó sus amigos. Gente de su mismo círculo, con los que había compartido cenas, viajes y negocios. Los mismos que, cuando la ruina lo golpeó en su vida anterior, no dudaron en apartarse, en mirarlo por encima del hombro y en tratarlo como si nunca hubieran sido nada para ellos. Se sentó en el único asiento libre que quedaba, sin decir una palabra más que un saludo educado, y comenzó a cenar.

Al principio el silencio fue incómodo, pero poco a poco recuperaron sus conversaciones, como si su presencia fuera apenas un detalle molesto. Y entonces empezaron los comentarios, lo suficientemente bajos para parecer discretos pero lo bastante altos para que él no perdiera una sola sílaba.

—¿Han notado con quién se le ve últimamente? —dijo uno, cortando su carne con excesiva delicadeza—. Hombres rudos, sin educación, hablando a gritos por los pasillos. De verdad, Cal, no deberías bajarte a su nivel.

—Que no se le olvide cómo se usan los cubiertos en lugar de las manos —añadió otro con una risita burlona—. Uno nunca debe perder sus orígenes, claro, pero tampoco volver a ellos.

Y fue entonces cuando Ruth, la madre de Rose, dejó su copa sobre la mesa con un sonido seco y dijo con una sonrisa de lástima fingida:

—Pero, ¿qué podemos esperar? Nuestro Cal es, al final, un nuevo rico. El dinero llega rápido, pero la distinción… esa no se aprende de la noche a la mañana. Es más parecido a esa gente sencilla de lo que ninguno de nosotros imaginó. Ya saben lo que dicen: el cobre jala al cobre y el oro jala al oro.

Todos soltaron una risa complacida. Cal no dijo nada. No se giró. No frunció el ceño. Simplemente levantó la mano y llamó al mesero.

—¿Una copa de vino, señor Hockley? —preguntó el hombre con amabilidad.

—No, gracias —respondió Cal con calma—. Tráigame un tarro de cerveza, por favor.

La mesa entera guardó silencio por un instante, y luego murmuró entre sí con evidente desaprobación. Cuando el mesero se lo llevó, Ruth no pudo contenerse:

—¡Qué ordinario! —exclamó, casi para sí misma pero lo suficientemente audible—. Bebiendo la bebida del pueblo y de los miserables. De verdad, qué espectáculo.

Cal tomó un sorbo largo, saboreándolo con tranquilidad, como si no hubiera escuchado nada. Rose, sentada frente a él, no dijo una sola palabra. Solo lo observaba. Siempre lo había visto engreído, rígido, ansioso por complacer, temeroso de no estar a la altura. Pero este Cal… este era diferente. Relajado, sereno, como si nada de lo que dijeran pudiera tocarlo. Y en ese momento, algo cambió en su mirada. No era desprecio lo que sentía ahora. Era curiosidad. Una inquietante sensación de que había capítulos en la vida de aquel hombre que ella nunca había llegado a conocer.

Y entonces las puertas principales del comedor se abrieron de par en par.

La conversación se apagó poco a poco. Primero unos, luego otros, hasta que solo quedó el murmullo de los camareros. Entró Arthur Ford, conversando amablemente con un grupo de hombres que hacían que incluso los más distinguidos del barco parecieran simples espectadores: el alcalde de la ciudad más grande del país, el fiscal general, el dueño de toda la red de ferrocarriles del oeste, el presidente de la siderúrgica más importante del continente. Hombres que no necesitaban que su abuelo hubiera sido nadie para que todos supieran quiénes eran. Hombres que gobernaban con hechos, no con apellidos.

Ford escaneó el salón con la mirada. Vio a los aristócratas en sus mesas de honor, vio a los diplomáticos, y luego vio a Cal. Se despidió brevemente de sus acompañantes y caminó directo hacia él. La mesa donde estaba Cal contuvo el aliento.

—Señor Hockley —dijo Ford cordialmente—. Qué agradable sorpresa encontrarlo aquí.

Cal terminó de beber su cerveza, se limpió los labios con la servilleta y se puso de pie con naturalidad.

—Ah, señor Ford. Buenas noches. ¿Cómo está usted?

—Muy bien, gracias. Pero no se quede aquí sentado —dijo Ford, dándole una palmada amistosa en el hombro—. Venga, venga conmigo. Quiero presentarle a unos amigos. Será un placer que se nos una.

Todos en la mesa contuvieron la respiración. Cal miró a su alrededor, a esos rostros que momentos antes se burlaban de él, y dijo con una sonrisa educada pero firme:

—Bueno, señores, ha sido una agradable velada. Pero debo irme. Debo acompañar al señor Ford a su mesa. Ya saben… gente de negocios, nuevos ricos como dicen. Nada que ver con ustedes, los aristócratas. Permiso.

Caminó junto a Ford, dejando atrás el silencio incómodo de esa mesa. Lo vieron llegar a la cabecera del salón, donde Ford lo presentó personalmente a cada uno de esos hombres poderosos. Le señalaron el mejor asiento. Le sirvieron con atención. Conversaron con él como con un igual. Y ninguno de ellos conocía su apellido ni le importaba quién era su familia. Lo respetaban a él.

Desde su mesa, uno de los antiguos amigos de Cal habló en un susurro que todos escucharon:

—Creo que… nos equivocamos al burlarnos de él.

Nadie respondió. Pero todos sabían que era demasiado tarde para arrepentirse.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play