Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 4
Cap 4: A la desesperada
El sábado Herminia dejó un volante junto a mi desayuno.
—Aquí está lo de tu escuela.
Era la convocatoria de becas del Instituto Monteverde. Conocía ese nombre. En la otra vida había pasado frente a sus rejas preguntándome cómo sería estudiar sin que en casa te cobraran cada cuaderno.
—El examen es en dos semanas —dijo—. Si te la ganas, estudias. Si no, ya vimos dónde puedes trabajar.
Genaro tomó el volante y comprobó que la solicitud no costara.
La beca me servía. Lo que me asustaba era lo que habían puesto del otro lado del examen: Puente Negro. No bastaba con saber contestar. Podía enfermarme, llegar tarde, necesitar una firma que a mi papá se le olvidara darme.
—¿Y si no quedo ahí, puedo entrar a otra?
Herminia me quitó el papel de las manos para alisarlo.
—Ni lo has presentado y ya estás buscando excusas.
Ulises soltó una risa sobre el vaso. Miré su uniforme, tirado en el respaldo de una silla. Había oído a Herminia discutir con él por las materias que debía; jamás le había mencionado un trabajo lejos de casa.
—A él sí le siguen pagando aunque repruebe.
—¿Qué dijiste?
—Que yo también quiero una oportunidad de aprender. No solamente una de fallar.
Mi papá golpeó la mesa con los dedos.
—Ya. Presentas el examen y después vemos.
Guardé el volante antes de que Herminia encontrara otro motivo para quitármelo. Ulises seguía mirándome. Yo había conseguido enojarlo, pero eso por sí solo no me ayudaba: dentro de la casa siempre había alguien dispuesto a justificarlo.
Por la tarde, Herminia me mandó con él a recoger unos tenis que habían apartado para Bianca. Le dio el dinero a Ulises y a mí me encargó traer la caja. Salí con el volante doblado en el bolsillo. No quería dejarlo donde ella pudiera perderlo.
En la calle había puestos abiertos y vecinos sentados afuera de sus casas. Ulises caminaba delante, todavía molesto por lo del desayuno.
Yo necesitaba que alguien viera cómo me trataba. Pensé que, si lo hacía hablar allí, ya no podrían decir que todo me lo inventaba. Era una idea peligrosa. La reconocí como peligrosa y aun así apreté el paso.
—Oye. ¿Por qué a ti no te mandan a Puente Negro?
—Cállate.
—Mi papá te paga la escuela y ni siquiera eres su hijo.
Se detuvo. Yo también, junto al puesto de fruta. La señora que atendía levantó la vista.
—Repítelo.
Tuve tiempo de callarme. Vi que cerraba la mano y todavía dije:
—A mí sí me quiere sacar.
La cachetada me hizo chocar con el puesto. Una caja se ladeó y las naranjas rodaron entre nuestros pies. Antes de recuperar el equilibrio me pegó otra vez.
Había esperado un grito, una amenaza. No esa rapidez. Me cubrí la cabeza cuando volvió a acercarse y caí de rodillas, intentando meterme entre el puesto y la pared.
—¡Ayúdenme!
Me alcanzó una patada en el muslo. La siguiente pegó en el borde del puesto.
—¡Mi hermano me está pegando! ¡Porque quiero ir a la escuela!
La frutera empezó a gritar. Un hombre dejó su silla y agarró a Ulises por detrás. Yo seguí cubriéndome aunque ya lo habían apartado; no podía ver si se lo iban a soltar.
—¡Es mi hermana! ¡No se meta!
—Entonces menos. ¿No la estás viendo?
Una mujer se agachó frente a mí.
—Ya lo agarraron, niña. Baja los brazos.
Me ardía la nariz. Me pasé la manga por la cara y vi sangre. Cuando ella buscó con qué limpiarme, levanté la cabeza hacia los vecinos. Quería que me vieran antes de que Ulises explicara lo que yo había dicho.
Había dos teléfonos apuntando hacia nosotros. Uno seguía grabando al hombre que lo sujetaba.
—Mira lo que hizo —se quejó Ulises—. Me estuvo provocando.
Nadie le devolvió la razón. La señora me ayudó a levantarme y tuvo que sostenerme cuando apoyé la pierna.
En la clínica me hicieron esperar sentada. Me dolía incluso acomodarme el suéter. El volante del Monteverde se había mojado de sudor dentro del bolsillo; lo saqué y lo extendí sobre las rodillas para que no se rompiera.
La vecina fue por Herminia mientras la doctora me revisaba. A cada pregunta yo contestaba un poco más bajo. Fuera de la calle, sin los gritos de los demás, empezaba a asustarme lo que podía pasar al regresar.
—¿Te caíste después del golpe o te empujó? —preguntó la doctora.
Se lo expliqué. Anotó dónde me dolía y me hizo caminar unos pasos. No encontró señales de fractura, pero advirtió que debían volver si aparecían otros síntomas.
Herminia llegó con Genaro justo cuando me preguntaban si alguien me había pegado antes.
—Es muy respondona —dijo desde la puerta—. Yo no sé qué le habrá dicho a mi hijo.
La doctora dejó de escribir.
—Le estoy preguntando a ella.
Yo miré a mi papá. Él se quedó junto al marco, sin acercarse.
—Sí —contesté—. Antes también.
La doctora retomó la hoja. Herminia quiso ver qué anotaba y no pudo; la vecina estaba sentada a mi lado. Por primera vez la explicación de mi madrastra no era la única que quedaba registrada.
Al salir, Herminia quiso adelantarse a casa. Yo recordé la cortina, el colchón contra la pared. Si llegaba sola, podía esconder las cobijas y luego decir que dormía igual que Bianca.
—Mamá, ayúdeme. Me duele caminar.
Le rodeé la cintura. El dolor era suficiente para que mi voz saliera como ella esperaba: pequeña, obediente. La vecina se puso del otro lado y las tres volvimos juntas.
Cuando me llevaron al cuarto, nadie había tenido tiempo de recoger nada.
La señora apartó la cortina y tocó el colchón.
—Pero esto está húmedo.
—La niña derramó agua —dijo Herminia.
La vecina miró el moho de la pared. No discutió. Me acomodó la almohada y me preguntó, delante de todos, si ese era mi lugar de cada noche.
—Sí.
Genaro dijo que iba a revisar la gotera.
Después de que se fueron, permanecí acostada con el muslo doliéndome bajo la cobija. Los vecinos habían visto. Había una hoja en la clínica. Lo había conseguido, pero me costaba alegrarme mientras cada movimiento me recordaba el precio.
Cuando ya se había apagado la luz, oí a Genaro en la cocina.
—Te dije que no dejara tu hijo ese escándalo en la calle. Si llega a la planta…
Me incorporé despacio. Desde el borde del colchón alcanzaba a oír por la puerta entreabierta.
—Ya déjame pensar —dijo Herminia—. En dos semanas presenta el examen. Cuando no quede, nadie puede decir que no le dimos una oportunidad.
—El maestro va a preguntar.
—Pues que pregunte. Se fue a aprender un oficio. Tú firmas y ya.
Hubo un roce de silla.
—¿Ya hablaste con esa gente?
—Sí. Les interesa. Pagan bien por una de doce. Con eso cubrimos lo de Bianca y nos quitamos un gasto.
Me agarré del colchón. Quería seguir oyendo y al mismo tiempo necesitaba que mi papá dijera algo que deshiciera lo que acababa de escuchar.
—Es mi hija, Herminia.
—¿Y quién la va a mantener? ¿Su abuela? Está lejos y apenas puede con ella misma. Aquí nadie va a venir a buscarla.
Genaro no respondió enseguida. Oí correr agua y pensé que la conversación había terminado.
—Después del examen —dijo por fin—. Antes no.
Volví a acostarme sin mover la cortina. Tenía el volante bajo la almohada. Lo saqué para comprobar la fecha otra vez.
Dos semanas. Mi papá acababa de darles dos semanas.