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Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:426
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

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Capítulo 22

Capítulo 22

El sábado le dije que iba a ver a mis papás y que no, gracias, no necesitaba que me llevara nadie. Me despedí en la puerta de Villa Serena con toda la dignidad del mundo, tomé un pesero en la esquina y me bajé tres cuadras antes, por costumbre de años.

Y ahí, estacionado frente al Taller de mi papá como un elefante en una cristalería, había un Bugatti negro.

Con Damián adentro, bajando la ventanilla.

—Sube —dijo.

—¿Me siguió?

—Te esperé. Anda gente de la Inmobiliaria Carvajal midiendo predios por aquí. Si te ven caminando sola por Nueva Aurora, alguien va a atar cabos. —Me tendió algo por la ventana. Un casco de moto, negro, carísimo—. Póntelo. Nadie va a reconocer a la nuera de los Carvajal debajo de esto.

—Nadie me va a reconocer porque nadie sabe que soy la nuera de nadie —dije, pero me subí, porque discutir en media banqueta era peor—. Y no me pienso poner el casco.

—Te ves bien con el casco.

—Estamos en un coche. No en una moto.

—Detalles.

Alcancé a durar exactamente cuarenta segundos dentro de ese coche antes de que mi papá saliera del Taller, limpiándose las manos en un trapo, y se quedara mirando el Bugatti con la misma cara con la que un cura mira un milagro.

—Aguántame tantito —murmuré, y me hundí en el asiento.

Muy tarde. Mi papá ya venía. Le dio la vuelta al coche despacio, acariciando la línea del cofre con los ojos, y cuando llegó a la ventanilla del conductor golpeó el vidrio con dos nudillos, suavecito, con respeto de mecánico.

Damián bajó la ventana.

—Buenas, joven —dijo mi papá—. Perdón el atrevimiento. Es que… mire nomás. —Y luego, sin poder aguantarse, con el ojo entrecerrado de quien lleva treinta años metido debajo de los coches—: Oiga, y usted lo estacionó con el volante a treinta grados a la derecha. Igualito que como se estaciona un carro con la dirección apenas cargada. ¿No le jala parejo?

Yo me quería morir. Mi papá diagnosticando la dirección de un Bugatti por la forma de las llantas paradas.

Damián se bajó del coche. Le tendió la mano.

—Damián —dijo—. Y sí, don. Ahí trae un ruidito. Por la mañana. Como un tris-tris cuando arranco en frío.

No traía ningún ruidito. Ese coche costaba más que la manzana entera y no traía ni un ruidito. Pero vi la cara de mi papá encenderse como un foco, y vi a Damián verlo encenderse, y entendí de golpe que el muy desgraciado sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

—¿Me deja oírlo? —dijo mi papá, ya con la mano en la manija—. Nomás una vuelta a la cuadra. Con confianza.

—Maneje usted —dijo Damián, y le aventó las llaves.

Mi papá manejó un Bugatti alrededor de la cuadra de Nueva Aurora a quince kilómetros por hora, con las dos manos al diez y diez, sacando la cabeza para que lo vieran los del changarro de enfrente, y yo juro que se le salió una lágrima. Cuando volvieron, ya eran compadres. Ya se hablaban de motores, de un Datsun del ochenta y dos que mi papá había resucitado, de por qué los coches de ahora no se dejan querer. Damián lo siguió al Taller. Se metió debajo del cofre con él. Se ensució una camisa que costaba lo que yo ganaba en un mes y no le importó.

Y en algún momento, entre válvula y válvula, oí a mi papá preguntar, con esa delicadeza torpe de los hombres que no saben preguntar:

—Oiga… y usted y mi Nata. ¿Son…?

—Ya no es mi novia, don —dijo Damián, con el tono más liso del mundo, la cabeza todavía metida en el motor.

Cerré los ojos. Técnicamente no era mentira. Yo ya no era su novia. Era su esposa. Pero mi papá no oyó el chiste privado. Mi papá oyó "tronamos", y se le puso una cara de pena tan grande, tan de "ay, hija, otro que se te fue", que me dolió el pecho de verdad.

—Ah, caray. —Mi papá se limpió las manos—. Pues… mire, joven, ya que anda por acá, y ya que ayudó con lo del ruidito… ¿no se queda a comer? Mi señora hizo mole. No es por presumir, pero mi Lucía hace un mole que levanta muertos.

Y así fue como Damián Carvajal se metió a mi casa.

Llegó cargado como Rey Mago. Una botella de tequila añejo de esas que vienen en caja de madera. Cigarros para mi papá. Y una canasta enorme de fruta con un moño para mi mamá, que él le entregó inclinando la cabeza como si mi mamá fuera una duquesa y no una señora en delantal con harina hasta los codos.

—Doña Lucía —dijo—. Con permiso de entrar a su casa.

Mi mamá, que tiene los mismos ojos grises que yo y con ellos ve más de lo que dice, tomó la canasta, lo miró de arriba abajo, me miró a mí, y decidió en dos segundos que ese muchacho de modales le caía bien aunque no supiera de dónde había salido.

La comida fue una tortura preciosa. Damián repitió mole dos veces. Elogió las tortillas hechas a mano hasta que mi mamá se puso colorada. Le preguntó a mi papá por el Taller, por la renta, por cómo estaban las cosas —y yo tensa como cuerda de guitarra, porque sabía por dónde iban esas cosas y él lo sabía mejor que yo—. Escuchó. De verdad escuchó, con esa atención que no le regalaba a nadie, ni a los consejos de administración.

—Damián, pásame la salsa, por favor —dijo mi mamá en algún momento, ya de confianza.

—Claro, señora.

—¿Y tú, mija? —Mi mamá me miró—. ¿Por qué le hablas de usted a este muchacho? Si ya casi son familia. Hablas como si fuera tu jefe.

Se me atoró el arroz.

—Es que… es mayor que yo —dije.

—Tres días —dijo Damián, servicial.

—Pues eso. Costumbre.

Mi mamá negó con la cabeza, entre divertida y resignada, y mi papá se rió, y Damián me miró por encima del vaso de agua de jamaica con una chispa en los ojos que decía "de esta no te salvo, Rena, esta te la ganaste solita".

Cuando cayó la tarde, mi papá sacó el tequila añejo que Damián había traído y le sirvió, y le volvió a servir, y para las siete Damián ya "no estaba en condiciones de manejar" —lo cual era la mentira más grande de la noche, porque yo lo había visto tomarse tres copas en dos horas como quien se toma un té—, y mi papá, hospitalario hasta la médula, no lo dejó irse.

—Aquí se queda, joven. En el sillón. Ni modo que se mate en la carretera. Nata, sácale una cobija de las buenas.

Y yo saqué la cobija de las buenas.

Me encerré en mi cuarto de siempre, el de la pared con las calcomanías despintadas que ya nadie despegaba, y me acosté sobre las cobijas sin desvestirme, oyendo del otro lado de la pared las risas de mi papá y ese vozarrón bajo y tranquilo contando no sé qué, y no pude dormir.

A medianoche salí por un vaso de agua.

En la sala, con la lámpara chiquita prendida, en calcetines, con la cobija de las buenas sobre las piernas y el gato de mis papás dormido en su regazo como si lo conociera de toda la vida, estaba Damián Carvajal. Instalado en el sillón de mi casa. Cómodo. Perfectamente en su lugar. Como si siempre hubiera pertenecido ahí y solo hubiéramos tardado veinticuatro años en darnos cuenta.

Levantó la vista.

—¿No puedes dormir, Rena? —dijo, bajito, para no despertar a nadie.

Y yo me quedé parada en el pasillo de mi propia casa, con el vaso vacío en la mano, sin saber en qué momento este hombre se me había metido hasta la cocina.

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