Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 18. EL FIN DE UN TRAIDOR Y EL VELO DE LA TRAICION
El grito de guerra de mi hermano Saúl rompió el silencio del valle como un trueno. No hubo más espacio para el sigilo. Los lobos corrompidos de mi tío Gustav se giraron al unísono, enseñando unos colmillos plagados de veneno oscuro, y se lanzaron colina arriba hacia nosotros.
—¡Tierra de Fuego, por la manada! —rugió mi padre, transformándose en medio del salto en un inmenso lobo gris de ojos azules, con un pelaje espeso que destilaba el rango de Alfa Supremo.
Thomas, Saúl y Tobías lo imitaron al instante, convirtiéndose en lobos enormes y letales que chocaron de frente contra la primera línea de los rebeldes. El sonido de los huesos crujiendo, los mordiscos y los zarpazos inundó la hondonada. Thais y yo nos mantuvimos en nuestra forma humana por unos segundos, usando nuestra agilidad para esquivar los ataques y asestar golpes certeros a los híbridos que intentaban rodear a los nuestros.
A nuestro lado, Asmodeo y Damian se movieron con una ferocidad que congelaba la sangre. El Rey Demonio ni siquiera necesitaba transformarse; con un simple movimiento de sus manos, llamaradas de fuego carmesí purísimo brotaban de la tierra, consumiendo a los demonios del clan Estigia que intentaban proteger el altar. Damian era una sombra letal que aparecía y desaparecía entre los enemigos, dejando un rastro de cuerpos inertes a su paso.
Mientras el caos se apoderaba del Valle de las Sombras, Celeste y sus brujas avanzaron hacia el altar rodeadas por una cúpula de luz dorada que repelía las maldiciones de las seguidoras de Morgana.
—¡Rosaly, el orbe! —me gritó Celeste a través del estruendo—. ¡Tengo que contener a Morgana, pero necesitas romper el cristal oscuro o el portal absorberá la sangre de la batalla!
Corrí con todas mis fuerzas hacia el altar de piedra negra, esquivando los cuerpos caídos. Kala rugía en mi mente, inyectando fuerza en mis piernas. Cuando llegué a la base del altar, vi a mi hermano Saúl desatando las cuerdas mágicas que aprisionaban a la pequeña Lucía. Se envolvieron en un abrazo desesperado en medio del fuego verde, pero la batalla aún no había terminado.
En lo alto de la plataforma, Morgana sostenía el orbe violeta con ambas manos, recitando el conjuro final. El cielo sobre nuestras cabezas empezó a agrietarse, mostrando un vórtice oscuro que amenazaba con tragarse el bosque entero.
—¡De aquí no pasas, bruja! —exclamé, dando un salto felino y cayendo sobre la plataforma.
Morgana me miró con sus ojos completamente negros y soltó una carcajada desquiciada, lanzándome una ráfaga de energía violeta. Rodé por el suelo de piedra, sintiendo cómo el impacto chamuscaba mi ropa, pero logré ponerme en pie de inmediato. Concentré todo el poder de mi rango Alfa en mi brazo derecho y, aprovechando un destello de luz que Celeste envió para cegar a Morgana, me abalancé sobre el altar y golpeé el orbe de cristal oscuro con un puñetazo cargado de toda mi fuerza de loba.
¡CRASH!
El objeto mágico estalló en mil pedazos de cristal violeta. Una onda de choque de pura energía mística barrió la hondonada, apagando los pebeteros verdes y cerrando el vórtice del cielo de golpe. Las brujas oscuras soltaron alaridos de dolor al romperse su fuente de poder, cayendo de rodillas. Habíamos ganado la parte mística de la guerra; el portal estaba sellado para siempre.
Sin embargo, en el centro de la hondonada, la batalla familiar estaba llegando a su clímax.
Los lobos rebeldes, privados de la energía del orbe, empezaron a flaquear. En medio del claro, mi padre, en su forma de lobo Alfa, tenía acorralado a mi tío Gustav, quien jadeaba cubierto de heridas, habiendo regresado a su forma humana por el cansancio. Mi padre dio un paso al frente, destransformándose con una lentitud solemne, con el rostro serio y los ojos fijos en su hermano gemelo.
Gustav escupió sangre sobre la tierra, mirándolo con el mismo odio ciego de los últimos treinta años.
—Mátame de una vez, Arthur —siseó el traidor, intentando levantarse pero sin fuerzas—. Sabes que si me dejas vivir, volveré. Buscaré otro clan, otra magia... y terminaré lo que empecé. Te destruiré a ti y a tu patética manada.
Mi padre lo miró con una profunda tristeza en los ojos. Recordó el día en que sus padres los criaron juntos, recordó el primer destierro donde la piedad le nubló el juicio, y apretó los puños con una determinación implacable. Se acercó a su hermano, colocándole una mano pesada sobre el hombro.
—Esta vez... no cometeré el mismo error, hermano —sentenció mi padre con una voz grave que retumbó en todo el valle.
Antes de que Gustav pudiera reaccionar, las garras de mi padre centellearon en el aire con un movimiento rápido y certero, rasgando la garganta del traidor. Gustav abrió los ojos de par en par, ahogándose con sus propias palabras, y cayó de bruces sobre la tierra del Valle de las Sombras, sin vida. El Alfa rebelde había caído por la mano de su propio hermano, y la manada Tierra de Fuego estaba finalmente a salvo de su amenaza.
Un grito de victoria empezó a nacer entre los lobos de nuestra manada, pero la alegría duró un suspiro.
En lo alto del altar, mientras yo recuperaba el aliento tras romper el orbe, no me di cuenta de que Morgana se había levantado de entre las sombras de la plataforma. La exreina bruja, desesperada al ver sus planes destruidos y a su ejército aniquilado, me miró con una furia desquiciada. Sabía que había perdido la guerra por el trono del inframundo, pero aún podía cobrarse la venganza más dolorosa contra el Rey Demonio.
—¡Si no puedo tener el abismo, Asmodeo, te quitaré lo que más amas! —chilló Morgana con una voz estridente.
Antes de que pudiera reaccionar o sacar mis garras, Morgana me atrapó por la espalda, rodeando mi cuello con un brazo cargado de una energía oscura residual que me inmovilizó los músculos por completo. Intenté gritar, pero el aire se me escapó de los pulmones. Con la otra mano, la bruja oscura sacó un pequeño amuleto de transporte de su túnica y lo estrelló contra el suelo de piedra del altar.
Un remolino de humo púrpura y denso nos envolvió a las dos en un segundo.
—¡ROSALY! —el grito ensordecedor de Asmodeo desgarró el aire del valle.
Giré la cabeza con dificultad a través de la densa niebla morada y vi al Rey Demonio corriendo hacia el altar a una velocidad sobrehumana, con el rostro desencajado por un pánico y una furia que jamás había mostrado. Sus manos intentaron atrapar las mías, sus ojos rojos brillaban con el fuego del mismísimo infierno absoluto... pero sus dedos solo rozaron el aire vacío.
El hechizo de Morgana se completó con un chasquido sordo. La plataforma del altar quedó completamente vacía. La batalla se había ganado, el traidor Gustav estaba muerto y Lucía estaba a salvo... pero el nido de las víboras se había cobrado su última y más preciada pieza. Yo, Rosaly, la Alfa que se creía segura, acababa de ser secuestrada por una bruja desquiciada, dejando al Rey Demonio listo para desatar el verdadero apocalipsis con tal de traerme de vuelta.