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Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Posesivo / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:240
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.

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Capítulo 23

Capítulo 23

Dos días después, Fabiola desapareció de la casona.

Herlinda me llamó a la Hacienda Monteverde a las siete de la mañana, con la voz hecha un hilo: la niña no había dormido en su cama, se había llevado una maleta, y en la pantalla de su computadora había quedado abierto un mapa con una dirección del oriente de la ciudad. Poncho la ubicó en veinte minutos. Un antro clandestino con giro de bar, propiedad, a través de tres prestanombres, de un solo hombre.

Rómulo Cárdenas.

—No vayas —me dijo Poncho por teléfono—. Ese lugar no es para una embarazada de dieciocho semanas. Mando a Beto y a Tito, mando a quien quieras.

—Voy a entrar, sacar a la muchacha y salir —contesté, ya poniéndome los zapatos—. Rómulo no le va a hacer nada a Fabiola delante de testigos el primer día que la tiene. Pero si la deja sola con él una semana, la vuelve prenda de negociación. Hoy todavía es solo su hija recién encontrada. Hay que sacarla ahora.

No le dije que me pesaba en el estómago un asco viejo: yo también había sido, alguna vez, la pieza de intercambio en la mesa de otra familia. No pensaba dejar a nadie donde yo había estado.

Jerónimo apareció en el umbral del estudio antes de que terminara de abrocharme el segundo zapato. Poncho le había avisado mientras coordinaba la salida con Hugo. Traía el saco puesto y las llaves en la mano.

—La camioneta blindada está lista —dijo—. Beto adelante, Tito atrás. Hugo coordina desde afuera. Y yo voy con usted.

—No es necesario que…

—Renata. —Se plantó frente a mí. No alzó la voz; nunca la alzaba—. Va a entrar a la guarida de un traficante a sacar a la hija de la mujer que la quiso matar. No voy a discutir si la acompaño. Voy a discutir dónde se sienta usted para que esté más lejos de la puerta.

Cerré la boca. Había algo en su manera de ponerse enfrente, como un muro entre mi cuerpo y el mundo, que me desarmaba más que cualquier ternura.

El antro de día era peor que de noche. Sin luces de colores ni música, olía a alcohol rancio y cigarro frío. Rómulo nos recibió en un privado con paredes forradas de terciopelo guinda, sentado como un rey de utilería, con dos guaruras detrás y una copa de coñac en la mano a media mañana. Era guapo de una forma peligrosa, de esas que te avisan antes de morder. Cincuenta y tantos, canas plateadas, dientes demasiado blancos.

Fabiola estaba en un sillón junto a él, con los ojos hinchados de llorar, agarrada a una taza de café que no había tocado.

—Miren nada más —dijo Rómulo, y me repasó de arriba abajo con una lentitud calculada—. La famosa Renata. La que le puso el mundo de cabeza a los Cardona. —Sonrió—. Y viene con compañía de lujo. Señor Alcántara. Es un honor tener tanto dinero junto en mi humilde negocio.

—Vengo por la muchacha —dije, sin sentarme—. Fabiola, tu casa no es esta. Vámonos.

—Mi hija está donde debe estar —Rómulo dejó la copa—. Con su padre. ¿No es lo que anda predicando usted por toda la ciudad, señora? La verdad, la sangre. Pues aquí está la sangre. —Le puso una mano en el hombro a Fabiola; la sentí estremecerse desde donde estaba—. Diecinueve años me la escondió Ofelia. Ahora que los Cardona se caen, resulta que sí me la puede prestar. Qué familia tan considerada.

—Fabiola —repetí, y le tendí la mano—. No tienes que elegir a nadie hoy. Solo tienes que salir de aquí conmigo. Lo demás lo pensamos después.

La muchacha me miró, miró a Rómulo, miró la mano que le tendía. Y en ese momento Rómulo hizo lo que hacen los hombres como él cuando sienten que pierden el control de la mesa: cambió el tono.

—Le voy a dar un consejo gratis, señora Renata —dijo, y la sonrisa se le enfrió—. Esa denuncia que anda moviendo contra Ofelia arrastra cosas mías. Rutas, cuentas, socios que no aparecen en ningún periódico. Y a mí no me gusta que una embarazada con humos de justiciera me remueva el patio. —Se recostó en el sillón—. Sería una lástima que a alguien tan… delicada le pasara algo en un semáforo. La ciudad está muy insegura.

Sentí las manos frías. No de miedo por mí. De la clase de frío que me subía cuando alguien acercaba una amenaza a los gemelos.

Jerónimo dio un paso adelante. No sacó nada, no gritó nada. Solo puso su teléfono sobre la mesa de cristal, con la pantalla hacia arriba, y esperó a que Rómulo mirara.

—Sus tres contenedores en Manzanillo quedaron retenidos hace cuarenta minutos —dijo Jerónimo, con la misma voz con que otro pediría un café—. La naviera con la que mueve carga acaba de cancelarle contratos por incumplimiento. Su prestanombres del norte va a recibir hoy una visita de la autoridad fiscal. Y esto —tocó la pantalla— es apenas de esta mañana.

Rómulo se quedó muy quieto.

—Usted no tiene idea de con quién se está metiendo —murmuró.

—Al contrario —dijo Jerónimo—. Sé exactamente con quién me estoy metiendo. Por eso empecé por su dinero y no por su persona. —Recogió el teléfono—. La señora vino por la muchacha. Si Fabiola quiere quedarse, se queda, es mayor de edad. Pero si toca un cabello de Renata, señor Cárdenas, no le voy a cerrar rutas. Le voy a cerrar el mundo.

El silencio se estiró como una cuerda. Y fue Fabiola quien lo cortó: se levantó, dejó la taza intacta en la mesa, y caminó hacia mí sin mirar a su padre.

—Quiero irme —dijo bajito—. Todavía no sé a dónde. Pero no aquí.

Rómulo no la detuvo. Solo la vio pasar con una mueca, y antes de que cruzáramos la puerta, dijo, para todos y para nadie:

—Dile a Ofelia que ya sé que fue ella la que me soltó a la Fiscalía. Y que la cuenta entre nosotros sigue abierta.

No contesté. Salí con Fabiola bajo un brazo y con la certeza, esa que no se aprende en ningún lado, de que acababa de conocer al primer enemigo de verdad de todo este asunto.

Regresamos a la Hacienda Monteverde entrada la tarde. Dejé a Fabiola con Flor, que le preparó un cuarto y un caldo caliente; la muchacha se durmió antes de terminarlo, agotada de tanta orfandad en tan pocos días. Yo me refugié en la biblioteca, con una manta sobre las piernas y una taza de té de manzanilla que Feliciano me trajo sin que se la pidiera.

Jerónimo entró un rato después. Se sentó frente a mí, se aflojó la corbata y me miró con esa atención suya que a veces me daba ganas de esconderme.

—Se expuso demasiado hoy —dijo, y no era un reproche; era casi un ruego.

—Usted también.

—Yo puedo. —Se inclinó hacia adelante—. Usted carga a dos.

Bajé la vista a mi taza. No supe qué contestar a eso. Empezaba a acostumbrarme, peligrosamente, a que alguien pensara en los dos que yo cargaba antes que en cualquier otra cosa.

Mi teléfono vibró sobre la mesa. Poncho. Contesté.

—Renata —dijo, y por el tono supe de inmediato que no eran buenas noticias—. Estuve revisando toda la tarde. Rómulo no está solo en esto. Alguien más está moviendo hilos, y no es Ofelia. Alguien le pasó a la Fiscalía justo el nombre de Rómulo el mismo día de tu comida. Alguien le mandó a Fabiola un mensaje esa misma noche invitándola a irse. Y alguien le está soplando a Rómulo, en tiempo real, todo lo que pasa dentro de los Cardona.

—¿Quién?

—Ese es el problema. —Poncho hizo una pausa—. Tengo un nombre: Damián. Sin apellidos, sin una identificación que podamos cotejar. El número que escribió a Fabiola está registrado a nombre de otra persona. Lo conocen dos empleados de los Cardona, pero ninguno sabe decirme quién lo contrató. —Bajó la voz—. Está cerca de la familia, Renata. Y alguien se ha ocupado de que no podamos llegar a él por la vía más obvia.

Miré a Jerónimo. Él ya me observaba, leyendo mi cara.

Afuera, sobre la hacienda, el viento frío de diciembre sacudía las ramas desnudas.

Y por primera vez desde que empecé esta guerra, sentí que no era yo la única jugando en la sombra.

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