Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.
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EL TAMAÑO DEL DESEO Y LA RENDICIÓN DEL LEÓN
El crujido leve de la madera bajo los pasos firmes de Ana Belén rompió el aire cargado de fiebre que inundaba la habitación. Al acercarse a la enorme cama, la visión de Jeremías Bustamante —el hombre altivo, inalcanzable y frío que la había insultado en su cafetería— reducido a un mar de sudor, con el torso atlético arqueado por el dolor y los ojos verdes desbordados de súplica, le encogió el corazón.
Jeremías contuvo el aliento, aterrorizado de que un parpadeo hiciera desaparecer aquella aparición. Sus manos crispadas se aferraron a las sábanas revueltas mientras intentaba incorporarse un poco más.
—¿Eres tú de verdad... o es otra cruel jugada de mi delirio? —murmuró Jeremías con la voz rota, un hilo de desesperación temblando en su garganta mientras la fiebre le quemaba las sienes—. No te vayas... por lo que más quieras, no te vayas otra vez.
Ana Belén detuvo sus pasos al pie de la cama. Lo miró fijamente, con una mezcla de reproche maternal y un fuego indomable encendiéndose en su interior, y exhaló un suspiro resignado antes de responder con esa ironía que jamás la abandonaba:
—Eres un testarudo, viejo prematuro —dijo ella, con un tono en el que flotaba tanta ternura como firmeza, mientras subía con decisión al colchón y se arrodillaba frente a él—. Te la pasas de soberbio por la vida, huyendo como un cobarde a la primera de cambio, y mírate ahora, suplicando en una cama con fiebre por puro orgullo mal digerido.
Antes de que el magnate pudiera replicar una sola palabra, Ana Belén acortó la distancia que los separaba. Acercó su rostro al de él y lo besó; un beso suave al principio, lleno de una profunda compasión, pero que rápidamente se transformó en una chispa abrasadora. Jeremías emitió un gemido gutural de puro alivio y necesidad, abriendo los labios para recibirla con desesperación, aferrándose a la cintura de la arquitecta con sus manos grandes como si fuera el único ancla en medio de un naufragio.
—No me rechaces por favor... te deseo con el alma entera, Ana Belén... te necesito —susurraba Jeremías entre beso y beso, con los ojos verdes anegados en lágrimas contenidas que por fin se desprendían, rodando por sus mejillas sudorosas mientras la besaba con una intensidad febril, buscando desesperadamente el calor y la absolución en sus labios.
Ana Belén sintió que el pecho se le desbordaba. La urgencia y el miedo iniciales se desvanecieron, devorados por una corriente incontrolable de pasión. Sin dudarlo un segundo más, comenzó a quitarse la blusa con gestos seguros, despojándose de las barreras que quedaban entre ambos bajo la luz tenue de la lámpara de noche. Al quedar descubierta, con su cuerpo esbelto y su piel blanca expuesta a su mirada, Jeremías la contempló como si contemplara a una diosa bajada del cielo, con una adoración salvaje brillando en sus pupilas.
—Ahora te toca a ti, testarudo —murmuró Ana Belén con una sonrisa pícara, inclinándose sobre él para empezar a desabotonar los pantalones de vestir del empresario.
Con manos ágiles y decididas, deslizó la tela pesada hacia abajo, liberando por completo el cuerpo de Jeremías. Y en el preciso instante en que la prenda cedió del todo, Ana Belén contuvo la respiración y abrió los ojos de par en par, quedando completamente petrificada ante lo que tenía frente a sus ojos.
El miembro viril de Jeremías se liberó con un bote imponente. Era una estructura colosal, de proporciones descomunales, con una grosura y un largo que desafiaban cualquier expectativa lógica. La erección, alimentada por horas de fiebre, represión y un deseo desbordado, pulsaba con fuerza propia, erguida como una columna de poder puro sobre su vientre plano y musculoso.
Un escalofrío helado, seguido de una ola de calor abrasador, recorrió la columna vertebral de Ana Belén desde la nuca hasta la punta de los dedos de los pies. Sus manos se detuvieron en el aire, temblando ligeramente ante la enormidad de aquella anatomía. Se quedó mirando fijamente el bulto descomunal, sintiendo que el pulso se le salía del pecho y que las piernas le flaqueaban de pura impresión.
—Dios santo... —balbuceó Ana Belén con los ojos abiertos como platos, llevándose una mano a los labios mientras una risa nerviosa y atónita brotaba de su garganta—. Creo que... creo que después de esto yo también voy a necesitar una silla de ruedas.
Jeremías, al escuchar la ocurrencia en medio de su delirio y su ansiedad, soltó una carcajada ronca, un sonido gutural y liberador que no emitía desde hacía cinco años. El miedo atroz a ser rechazado por su naturaleza se disipó como humo ante la mirada de asombro y fascinación de la mujer.
—¿Te asusta lo que ves, hermosa? —preguntó Jeremías con una mezcla de orgullo varonil recuperado y una voz ronca que vibraba de pura expectativa, estirando sus manos fuertes para sujetar la cadera de Ana Belén—. Te aseguro que sé exactamente cómo usarlo... solo entrégate a mí y déjame demostrarte que ningún dolor del pasado puede compararse al fuego que vamos a encender esta noche.
Sin darle tiempo a replicar a sus propias dudas, Jeremías la atrajo hacia abajo con una fuerza atlética imponente, fundiendo sus cuerpos en un abrazo definitivo donde el tamaño, el miedo y la amargura quedaron reducidos a cenizas bajo el primer compás de una pasión indomable.