Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 23
Esa noche, Emiliano se dedicó a contactar uno por uno a todos los empresarios que conocía, explicándoles la situación del Grupo Buenavista e intentando convencerlos de invertir como nuevos socios.
De repente, se acordó de su padre. Sabía que Patricio, en su época, había tenido contactos entre los círculos empresariales más importantes. Estaba seguro de que podría ayudarlo.
—Mañana voy a ir a ver a mi padre. Seguro que él conoce empresarios con el peso suficiente para hacerle frente al Grupo Altamira.
Después de su encuentro con Adrián, no había podido quitarse de la cabeza sus palabras: que haría que Valentina le diera un hijo. Jamás permitiría que eso sucediera.
No le perdonaría a Adrián que se atreviera a ponerle un dedo encima a Valentina.
...
Mientras tanto, en la Mansión Altamira.
—Que disfrutes tu baño nocturno, Valentina —dijo Adrián con una carcajada al ver cómo Valentina resbalaba y caía a la alberca.
Se dio la vuelta, dispuesto a entrar en la mansión. Sin embargo, se detuvo de golpe al darse cuenta de que Valentina seguía sin salir del agua.
¿Sería posible que esa chica no supiera nadar?
Adrián corrió hacia la alberca. Vio a Valentina agitando los brazos con desesperación, luchando con todas sus fuerzas para no hundirse.
—¡Uff! —resopló con fastidio.
Sin pensarlo un segundo, se lanzó al agua para rescatarla.
¡SPLASH!
Nadó hasta ella y le tendió la mano para jalarla hacia la zona segura. Pero entonces, Valentina se puso de pie de golpe en medio de la alberca y soltó una carcajada.
Le había tomado el pelo. Todo había sido una venganza por haberla hecho caer al agua.
—¿Me estabas engañando? —le espetó Adrián, furioso al darse cuenta de que había caído en la trampa.
—Tú empezaste. Por tu culpa me caí a la alberca. Digamos que estamos a mano. Uno a uno —respondió Valentina con toda tranquilidad, sin el menor remordimiento.
Adrián no dijo una sola palabra. Se limitó a mirarla con frialdad, sintiéndose completamente burlado.
Valentina le sostuvo la mirada y le guiñó un ojo con descaro.
—Que disfrutes tu baño nocturno, Adrián Altamira.
Después de soltar esa frase, Valentina se abrió paso entre el agua hacia el borde de la alberca para salir. Pero de pronto, Adrián la sujetó del brazo con fuerza y tiró de ella. El impulso la hizo perder el equilibrio y su cuerpo chocó contra el pecho de él.
—Adrián...
Iba a protestar, pero él la interrumpió.
—Esta vez no estoy jugando. Ahora sí te voy a castigar, Valentina —le advirtió con la voz ronca.
El corazón de Valentina se disparó al escucharlo. Y más aún cuando vio la forma en que él la miraba.
—¿A-a qué te refieres...?
Las palabras se le murieron en la boca. Abrió los ojos de par en par cuando Adrián la tomó por la cintura y le atrapó los labios con los suyos.
—Mmhh...
—Mmhh...
Valentina intentó resistirse, empujando el pecho de Adrián con ambas manos. Pero él era demasiado fuerte; lejos de soltarla, profundizó el beso.
El beso de Adrián se volvió más exigente. Le apretó la cintura, pegando sus cuerpos sin dejar el menor espacio entre ellos, hasta que el frío del agua dio paso a una oleada de calor que los envolvió a ambos.
Poco a poco, las manos de Valentina dejaron de empujar. Como si se hubiera rendido al beso ardiente de Adrián. Como si en aquella noche helada, los dos necesitaran desesperadamente ese calor.