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Contrato secreto con mi jefe posesivo

Contrato secreto con mi jefe posesivo

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Graciela Navarro llegó a Italia con dos maletas y una sola oportunidad de cambiar su vida. De día, lucha por convertir sus prácticas en una prestigiosa escudería de Fórmula 1 en el trabajo de sus sueños. De noche, entrega el control a C, un desconocido detrás de la pantalla que conoce sus límites, calma sus miedos y despierta deseos que nunca se atrevió a nombrar.
Román Cattaneo, el nuevo director del equipo, es frío, exigente e imposible de complacer. Grace debería mantener la distancia. El problema es que su voz, sus órdenes y la seguridad que le inspira se parecen demasiado a las de C.
Cuando la identidad detrás de aquella inicial salga a la luz, Grace tendrá que decidir si puede amar al hombre real con la misma intensidad con la que aprendió a confiar en su secreto. Entre circuitos, escándalos familiares y una pasión capaz de cruzar todas sus fronteras, ambos descubrirán que llegar a la meta no sirve de nada si no tienen el valor de hacerlo juntos.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8

Perder el control

C le había dicho que, en el momento de encender la cámara, ya había decidido terminar lo que existía entre ellos. Y, sin embargo, al final le había confesado que cambió de opinión.

Grace se preguntó si Sara, cuando envió aquella fotografía suya, tampoco imaginó que él pondría fin a todo con tanta determinación.

Y Grace ni siquiera había desobedecido una sola de sus instrucciones.

No tenía forma de saber qué motivo lo había llevado a tomar esas decisiones, pero sí recordaba con absoluta claridad la sensación que le atravesó el pecho cuando él dijo que pensaba terminar la relación. Como si algo se hubiera desgarrado dentro de su corazón y la sangre hubiera empezado a brotar.

Ella todavía no quería que aquello terminara.

Cuando finalizó la videollamada, Grace volvió a ducharse con movimientos lentos.

Salió del baño, se acostó y se cubrió por completo con el edredón.

Aún no era su hora habitual de dormir, pero sentía que ya no podía hacer nada más. Solo quería permanecer acostada, escondida bajo aquella tibieza.

Una emoción compleja e imposible de ordenar le oprimía el pecho.

¿Se suponía que debía estar contenta?

Él había pensado terminar la relación y después había cambiado de opinión.

Pero ¿por qué quiso terminarla en primer lugar? ¿Por lo que vio en cuanto apareció su imagen?

¿No le gustó su cuerpo? ¿Su voz no le pareció agradable?

¿El fondo de su habitación se veía demasiado humilde? ¿La camiseta era de un color que detestaba?

Antes, mientras chateaban, él había dicho que la elegía.

Si después decidió descartarla por alguna de esas razones, Grace no podía entenderlo ni perdonarlo.

No creía ser tan poca cosa como para que un hombre quisiera abandonarla al primer segundo de verla.

Entonces, ¿por qué cambió de opinión al terminar la llamada?

Enterró el rostro entre las cobijas. No encontrar una respuesta le aplastaba el pecho y apenas la dejaba respirar.

Podía mostrarle todos sus pensamientos sin reservas. Podía hacer cualquier cosa que él le pidiera. Pero no tener acceso a lo que de verdad pensaba y sentía la dejaba consumiéndose en una incertidumbre insoportable.

Él pudo no haberle contado nada.

Aun así, decidió decírselo.

¿Esperaba que ella lo interpretara como un premio? ¿Que se sintiera especial porque había estado a punto de abandonarla?

¿Estaba feliz?

Quizá un poco.

Pero no podía sonreír.

La pantalla del chat se había quedado en el aviso que indicaba que Grace terminó la videollamada.

En realidad, debió escribirle buenas noches.

O decir algo sobre lo sucedido.

No envió nada. La conversación terminó de golpe, como una pluma suspendida sobre una frase inconclusa.

A la mañana siguiente, Grace despertó muy temprano.

Era el último día laboral de la semana y también el día de la reunión habitual del departamento.

Al salir de casa, una ráfaga de aire frío la hizo estremecerse. La sede de Ferrari estaba en la provincia de Módena y, aunque en invierno la temperatura rara vez bajaba de cero, al mediodía apenas alcanzaba algunas veces los diez grados.

Grace llevaba una falda larga. Se cerró el abrigo negro con ambas manos y caminó deprisa hasta la cafetería cercana a su casa.

El barista ya la conocía.

—¿Por qué tan temprano hoy?

Grace le dedicó una sonrisa pequeña.

—Dormí mal.

—¿Triple shot?

Ella soltó una risa.

—Ten piedad. Doble, como siempre.

Salió con el café ardiendo entre las manos y avanzó con calma hacia la oficina. El viento de la mañana agitaba las puntas de su cabello contra sus mejillas.

El líquido caliente le descendió lentamente por la garganta. Para cuando llegó a la empresa, su cuerpo ya había recuperado el calor.

La calefacción estaba encendida en las oficinas. Grace se quitó el abrigo y comenzó a trabajar antes de la hora.

La nueva temporada empezaría en marzo y cada día llegaban más solicitudes de comunicados y material para prensa. Debido al límite presupuestario, el equipo había tenido que reducir considerablemente el personal para reservar suficientes recursos al desarrollo del monoplaza.

James decía que el departamento de comunicación había vivido tiempos mucho mejores. Ahora quedaban apenas unos cuantos empleados y hasta las practicantes tenían que asumir responsabilidades importantes.

Con Cattaneo al mando, además, el nivel de exigencia había aumentado.

Grace abrió un correo suyo recién recibido y se fijó en la hora de envío: cerca de las once de la noche en Italia.

¿No estaba en Japón?

Allá ya debía ser de madrugada.

¿Incluso a esa hora seguía trabajando?

Un escalofrío le recorrió el cuero cabelludo. La presión que sentía aumentó todavía más.

El correo contenía las instrucciones del director para el departamento de comunicación antes de la nueva temporada.

Grace descargó el archivo adjunto.

Diez páginas.

Después de leerlas palabra por palabra, estuvo a punto de desplomarse sobre su silla.

Cattaneo había detallado todas las tareas de la nueva temporada, los requisitos de cada una y el procedimiento para informar incidentes urgentes.

Y, si Grace recordaba bien, el día anterior también había estado negociando en Japón con un proveedor de Toyota asuntos relacionados con el motor de la próxima temporada.

El estómago empezó a llenársele de acidez, una de las reacciones habituales de su cuerpo cuando se ponía nerviosa.

Se ordenó respirar hondo varias veces.

Después comenzó a trabajar.

Por la tarde, el departamento se reunió para comentar el correo de esa mañana.

El rostro de James se ensombreció aún más cuando supo que Cattaneo había regresado antes de Japón y participaría en la reunión. Sin embargo, en cuanto el director cruzó la puerta, su expresión se despejó como por arte de magia.

La reunión duró casi dos horas.

James y Cattaneo discutieron, sobre todo, cómo aplicar algunos puntos concretos del documento. Grace y los demás se limitaron en gran parte a tomar notas.

Una compañera le envió un mensaje desde su computadora.

Compañera: Dicen que Cattaneo redactó el documento en el avión.

Grace fingió seguir tomando apuntes mientras respondía.

Grace: ¿Cómo?

Compañera: Me lo contó Alen, el que viajó con él. Cattaneo tenía prisa por volver a Italia y ayer, de madrugada en Japón, mandó pedir un jet privado. Voló más de diez horas y aterrizó hace apenas una hora.

Grace: ¿Para qué tanta prisa?

Compañera: Seguro quería venir a esta reunión. 🤪

Grace alzó la vista hacia Cattaneo procurando parecer natural.

Él discutía con James el comunicado de prensa sobre el viaje a Japón.

Como la sala tenía calefacción, llevaba únicamente camisa blanca y chaleco. La corbata azul oscuro desaparecía con pulcritud bajo la tela, y el pasador plateado reflejaba la luz con un brillo suave.

Hablaba de manera ordenada y su voz sonaba un poco más grave que la de C.

No es él, volvió a pensar Grace sin querer.

Apartó la mirada.

La reunión terminó poco antes de la hora de salida. James pidió a la compañera que estaba junto a Grace que lo ayudara a preparar un documento nuevo.

Grace dejó la computadora en su lugar, tomó su taza y fue por café.

Como era viernes, casi todos se habían ido antes. Solo ellos seguían en la empresa por culpa de la reunión.

Pensaba servirse otra taza, beberla y marcharse.

No había nadie en el área de descanso. Puso algunos granos en la cafetera y acomodó su taza debajo.

La máquina empezó a trabajar con un ruido laborioso. Grace apoyó la parte baja de la espalda contra la barra y sus pensamientos se alejaron de inmediato.

De pronto oyó abrirse la puerta.

Volvió en sí y descubrió que Cattaneo acababa de entrar.

Al cruzar el umbral, él cerró la puerta con suavidad a su espalda.

En la empresa existía una regla tácita: era preferible dejar abierta la puerta del área de descanso. Mantener cierta transparencia resultaba más seguro para todos.

Grace iba a recordárselo, pero Cattaneo habló primero.

—Grace.

Quizá era porque se encontraba muy cerca. Quizá porque la habitación era pequeña.

Su voz sonó todavía más profunda.

Cattaneo se acercó y dejó la taza sobre la barra junto a ella.

El choque nítido y contenido de la porcelana contra la superficie pareció golpear también el corazón de Grace.

Ella se enderezó de inmediato.

—¿También vino por café?

La intención de pedirle que abriera la puerta dejó de tener sentido. Él ya estaba ahí; no podía mandarlo de regreso solo para que la dejara abierta.

Su café estaba por terminar. Lo mejor sería marcharse cuanto antes.

La cafetera se detuvo.

Grace se obligó a no moverse con demasiada prisa. Sacó la taza tratando de parecer tranquila e incluso sonrió.

—El mío ya está listo. Me voy. Que tenga buen fin de semana, Cattaneo.

Giró sobre sus talones y caminó rápidamente hacia la puerta.

Solo había dado dos pasos cuando escuchó la voz de Cattaneo a su espalda.

—Grace, olvidaste el azúcar.

El sonido seco de sus tacones se interrumpió.

Desconcertada, respondió:

—Perdón. Lo olvidé.

Regresó hacia la cafetera.

Cattaneo no dejó de observarla.

Grace buscó varias veces sobre la barra, pero no encontró los sobres de azúcar.

Él abrió uno de los gabinetes, sacó dos y se los ofreció.

—Los sobres se guardan aquí.

—Ah, sí. Perdón, lo había olvidado.

Grace apenas se atrevía a mirarlo.

La temperatura del lugar parecía haber aumentado sin ninguna razón. Sentía el cuerpo demasiado caliente.

No entendía por qué todo había terminado así.

Solo quería evitar quedarse a solas con él en un espacio cerrado. Había pensado tomar el café e irse enseguida, pero los nervios hicieron que olvidara el azúcar.

Aunque…

Podía haber dicho que no acostumbraba tomarlo dulce.

Se arrepintió justo cuando abrió el primer sobre.

Entonces comprendió que no había sido por completo culpa suya.

Él había dicho: «Grace, olvidaste el azúcar».

No había preguntado: «Grace, ¿quieres azúcar?».

No le dio ninguna opción.

La impresión de estar totalmente bajo su control la envolvió como una telaraña tejida con una precisión impecable.

Grace apretó un poco los dedos alrededor del agitador y se ordenó dejar de comportarse de manera tan torpe.

Cuando el azúcar terminó de disolverse, tiró el palito a la basura y se preparó otra vez para salir.

Cattaneo apenas entonces empezó a llenar la cafetera con más granos.

—Grace, ¿me tienes miedo?

El zumbido de la máquina fue el único sonido que quedó entre ellos.

Grace hizo un esfuerzo por tragarse el corazón, que parecía a punto de saltarle por la garganta.

Renunció a escapar.

Dejó de nuevo la taza sobre la barra y tomó aire.

—No. No le tengo miedo, Cattaneo.

Él asintió apenas.

—Entonces, ¿por qué tratabas de huir?

—Yo… no estaba huyendo.

—Hasta olvidaste ponerle azúcar al café.

Grace apretó la taza.

—Anoche no dormí bien. Hoy estoy un poco distraída.

—¿Demasiada presión en el trabajo?

Parecía sinceramente preocupado por una subordinada.

La cautela y la tensión de Grace disminuyeron un poco.

Negó con la cabeza.

—No es por el trabajo.

—¿Es algo personal?

Grace asintió.

Cattaneo no siguió preguntando.

—Si hay algo en lo que la empresa pueda ayudarte, solo tienes que decirlo.

Grace sonrió con cierta impotencia. Sabía que lo decía con buena intención.

—Gracias, pero no hace falta.

Sintió que debía corresponder a la cortesía y añadió:

—Debe ser agotador viajar de un país a otro.

—Lo es.

—Creí que no llegaría a la reunión.

—Surgió un imprevisto. Por eso decidí regresar.

—Entiendo.

Grace no pretendía entrometerse más en su vida privada.

—Ya me voy. Está por dar la cinco.

Se volvió, pero antes de dar el primer paso recordó algo y preguntó con aparente casualidad:

—Por cierto, escuché que su madre es mexicana. ¿Habla español?

La expresión de Cattaneo no cambió.

—Mi madre dejó de vivir con nosotros cuando yo era muy pequeño. No crecí en un entorno donde se hablara español.

—Ah, entiendo. Lo siento.

La respuesta era bastante clara. Grace no insistió.

—Que tenga un buen fin de semana, Cattaneo.

—Gracias. Igualmente.

Grace salió despacio del área de descanso con una sensación extraña.

Hablar con Cattaneo no había sido tan difícil como imaginaba. Él había descubierto sus nervios con una facilidad alarmante, pero no hizo ningún comentario negativo al respecto.

Por el contrario, ella percibió una especie de generosidad serena.

Él la estaba tratando con paciencia.

La punta de su lengua encontró el leve dulzor del café.

Grace no pudo evitar beberlo todo de una vez.

Al llegar a casa, se duchó temprano. Después encendió la computadora y puso la serie que aún no terminaba.

El aroma de los fideos instantáneos subía del recipiente. Sentada frente al escritorio, Grace se aplicó crema corporal.

Seguía sin ánimos.

En el fondo sabía por qué.

Había una palabra rondándole la cabeza desde la noche anterior.

Grace no era tonta.

Primero te destrozan la seguridad; después te ofrecen una recompensa y un elogio para que termines agradeciendo hasta las migajas.

Quizá C estaba manipulándola.

Tal vez nunca tuvo intención de terminar la relación al encender la cámara. Entonces tampoco había cambiado de opinión al final.

Todo podía haber sido una estrategia desde el principio.

Era un hombre inteligente. Sin duda sabía cómo alterar las emociones de alguien con unas cuantas palabras.

Y lo había conseguido.

Grace había pasado todo el día con la mente en otra parte.

El último elemento del chat seguía siendo el aviso de que ella terminó la llamada.

Seguramente él esperaba una respuesta suplicante, humilde y sumisa.

Las risas de la serie salían de la computadora. El aroma de los fideos se hacía más intenso.

Sara le había dicho que una relación solo podía continuar si ambas personas se esforzaban y que, tarde o temprano, tendría que aprender a ceder.

Pero nadie en una relación debía ser inferior, renunciar a sus principios ni aceptar que no merecía respeto.

El control y la dependencia solo tenían sentido cuando ayudaban a ambas partes a sentirse completas.

Si Grace había detectado algo incorrecto, no podía permitir que el error siguiera creciendo.

Esa no era la relación que deseaba.

Sonó la alarma del teléfono. Los fideos estaban listos.

Pero, antes de sentarse a comer, Grace quería poner fin a aquel asunto.

Tomó el celular.

En ese mismo instante recibió un mensaje.

C: Buenas noches, Grace.

Ella se quedó inmóvil. No esperaba que C fuera el primero en buscarla.

Grace: Buenas noches.

No añadió signos de exclamación, emojis ni ninguna palabra innecesaria. Su estado de ánimo resultaba evidente.

C: Estás enojada.

Grace: Sí.

C: ¿Quieres decirme por qué?

Grace pausó la serie.

La habitación quedó en silencio.

Escribió con cuidado.

Grace: ¿Anoche estaba tratando de manipularme? Cuando dijo que decidió terminar la relación en cuanto encendió la cámara, ¿quería destruir mi seguridad? ¿Qué parte de mí pensaba atacar? ¿Mi cuerpo no tiene suficientes curvas? ¿Mi voz no es lo bastante bonita? Antes de terminar la videollamada dijo que había cambiado de opinión. ¿Esperaba que yo lo interpretara como una concesión suya y que, a partir de ahora, me esforzara más por complacerlo? ¿Esa era su intención?

Después de enviar aquel largo mensaje, sintió el pecho hinchado, como si lo hubieran rellenado con algodón húmedo.

Aun así, estaba segura de que necesitaba decirlo.

Y de que había hecho lo correcto.

La respuesta de C llegó mucho antes de lo esperado.

C: No.

C: ¿Eso es lo que te molestó?

Grace: Sí. Todas las personas merecen respeto.

C: Lamento haberte hecho pensar eso anoche. Tienes razón: todas las personas merecen respeto. La sinceridad tampoco puede exigirse en una sola dirección. Quiero explicarte mi comportamiento.

Su actitud fue de una franqueza impecable.

Algo cálido se extendió por el corazón de Grace.

Grace: Lo escucho.

C: Quise terminar porque te he visto en la vida real y yo no quería que esto tuviera ningún contacto con mi vida fuera de la pantalla.

Grace abrió mucho los ojos.

C: No intentes averiguar quién soy. No le haría ningún bien a nuestra relación.

C: La razón por la que cambié de opinión también es sencilla. Perdí el control y necesito recuperarlo.

Grace fijó la mirada en el último mensaje.

Él había perdido el control.

Y necesitaba recuperarlo.

Por eso decidió continuar.

Grace: ¿Qué quiere decir con que perdió el control?

Envió la pregunta sin apartar los ojos de la pantalla.

El siguiente mensaje apareció de pronto.

C: Cuando describiste lo que imaginabas con ese hombre. Los besos, las caricias, dormir juntos.

Grace también recordó aquella fantasía.

Su corazón empezó a golpearle el pecho.

Recordó cómo él la había llamado.

My baby girl.

C: Perder el control significa que me puse en el lugar de ese hombre.

C: Y no debí permitírmelo, Grace.

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