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La Bella y la Bestia de la Mafia

La Bella y la Bestia de la Mafia

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Matrimonio arreglado / Amor eterno / Completas
Popularitas:567
Nilai: 5
nombre de autor: Edina Gonçalves

Isabella, una joven dulce marcada por años de sufrimiento familiar, se ve obligada a casarse con Leonardo Ferrari, un poderoso y temido líder de la mafia italiana. Lo que empieza como un sacrificio se transforma en algo inesperado cuando Leonardo, conocido como «la Bestia», revela un lado gentil y protector.

Mientras surgen sentimientos verdaderos entre ellos, salen a la luz secretos del pasado, traiciones amenazan sus vidas y enemigos peligrosos se acercan. En medio del caos, Isabella descubre que detrás del monstruo hay un hombre capaz de amarla intensamente… y Leonardo se da cuenta de que, por primera vez, tiene algo que vale más que el poder: alguien por quien luchar.

NovelToon tiene autorización de Edina Gonçalves para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Narrado por Leonardo...

El sol de Milán no suele pedir permiso. Atraviesa las rendijas de las persianas de roble con una precisión quirúrgica, rayando el suelo de mármol hasta alcanzar la cama. Pero, aquella mañana, el brillo parecía diferente.

No era agresivo.

Era… cálido.

Abrí los ojos lentamente, luchando contra el peso de un sueño que, por primera vez en años, no fue interrumpido por pesadillas o por la paranoia de alcanzar la Beretta en la mesita de noche. Mis sentidos, siempre entrenados para detectar peligro, demoraron un segundo de más para situarse.

Y entonces… el peso en mi pecho me recordó de todo.

Isabella.

Ella estaba allí. Encajada en mi brazo izquierdo, con el rostro escondido en la curvatura de mi cuello. Su respiración era un ritmo suave, casi imperceptible, que dictaba el latido de mi propio corazón. El olor de ella —aquel mixto de vainilla con algo que era puramente de ella— estaba impregnado en las sábanas de seda egipcia y, de alguna forma, en cada poro de mi piel.

Me quedé inmóvil.

Un hombre como yo, acostumbrado a comandar soldados y decidir destinos con un simple gesto de cabeza, sintió un miedo absurdo de moverse. Miedo de que, al cambiar de posición, aquel castillo de paz se derrumbase… y yo volviese a la realidad fría de ser apenas el “Ferrari”.

Miré hacia el techo, procesando la noche anterior.

La imagen de ella entregándose a mí… la confianza que depositó en mis manos —manos que ya hicieron cosas que la harían huir, si supiese— me causaba un nudo en la garganta.

Ella había sido mía.

De verdad.

Sin contratos.

Sin miedo.

Sin la sombra de Aldo.

Apenas Isabella… eligiendo a Leonardo.

Mi mano derecha, actuando por voluntad propia, subió hasta el rostro de ella. Mis dedos, callosos y marcados por el tiempo, parecían brutos demás para tocar la delicadeza de su piel. Aun así, no resistí.

Aparté un mechón de cabello oscuro que cubría sus labios entreabiertos.

Ella se movió.

Un pequeño sonido —un suspiro suave— escapó de ella. Isabella se presionó más contra mí, su pierna deslizando por entre las mías bajo las cobijas. El contacto de la piel desnuda hizo mi mandíbula trabarse.

El deseo no se había ido por la noche.

Él estaba allí.

Más intenso.

Mezclado a algo nuevo.

Algo peligroso.

Una necesidad casi primitiva de protegerla del mundo entero.

—Isabella… — susurré, la voz ronca, cargada de todo que yo aún no sabía nombrar.

Ella comenzó a despertar. Las pálpebras temblaron, y entonces sus ojos se abrieron lentamente. Por un segundo, hubo confusión… hasta que ella me vio.

Y sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Tímida.

Pero capaz de destruir todas mis defensas.

—Buenos días… — murmuró, con la voz aún soñolienta.

—Buenos días. — Yo no conseguía parar de mirar. — ¿Dormiste bien?

Ella asintió, escondiendo el rostro en mi pecho, como si estuviese avergonzada por el recuerdo de la noche anterior. Sentí el calor de sus mejillas contra mi piel.

—Fue la primera vez que yo no tuve miedo de despertar — confesó, la voz apagada.

Aquello me atingió de lleno.

Sujeté su mentón, erguendo su rostro hasta que nuestros ojos se encontrasen.

—Nunca más vas a necesitar tener miedo de nada mientras estés conmigo, Isabella. — Mi voz salió firme, cargada de promesa. — Yo sé lo que pasaste. Sé lo que intentaron hacer de ti. Pero aquí… tú eres libre. Aquí, tú eres prioridad.

Ella me miró por un largo momento. Sus ojos se llenaron de lágrimas… pero ella no lloró.

En vez de eso, me besó.

Un beso suave.

Íntimo.

Pero que, en pocos segundos, se transformó en algo más intenso.

Mi mano descendió por su espalda, sintiendo cada detalle, cada curva, hasta afirmarse en su cintura. La atraje para más cerca, y ella soltó una risa baja que resonó por el cuarto.

—Leonardo… ¿no tienes que ir para la empresa? — preguntó, entre besos leves en mi rostro.

—La empresa puede esperar. — respondí, virándola en la cama con cuidado. — El mundo allá afuera puede esperar.

La prendí bajo mí, sustentando mi peso para no lastimarla.

—Hoy… me quedo aquí.

Observé cada detalle de ella a la luz del día.

Las marcas suaves en la piel resultado de nuestra noche.

El brillo en los ojos.

La forma como parecía más viva.

Nunca vi nada tan bonito.

—¿Tienes certeza? — ella provocó, con una sonrisa discreta.

—Absoluta. — respondí, aproximándome nuevamente. — Ayer fue solo el comienzo.

Descendí los labios por su cuello, sintiendo su cuerpo reaccionar de inmediato. El modo como ella se entregaba… como confiaba… me conmovía de un modo que yo nunca había sentido.

No era apenas deseo.

Era más.

Mucho más.

En aquella mañana, no existía el hombre frío, calculista.

No existía el líder temido.

Existía apenas yo.

Un hombre que, por primera vez, estaba donde realmente quería estar.

Me incliné, aproximando mis labios del oído de ella.

Y entonces, sin pensar…

Sin planear…

Sin huir…

—Te amo, Isabella.

Las palabras salieron bajas, pero cargadas de verdad.

Ella se aferró a mí, como si aquello fuese todo lo que necesitaba oír.

Y, en aquel instante…

Yo supe.

El mundo podía esperar.

Por primera vez en la vida…

Yo no estaba luchando.

No estaba huyendo.

Yo estaba en casa.

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