Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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EL ENCLAVE DE LOS ATRINCHERADOS
La escotilla de inspección de la columna de incendios se abrió con un gemido de bisagras sin lubricar.
Mateo salió primero, pasando el cuerpo a través del marco estrecho con agilidad prudente, asegurándose de mantener las manos totalmente visibles a la luz de la linterna. Tan pronto como sus botas pisaron el piso del depósito de servicio, se giró y le ofreció la mano a Sofía para ayudarla a salir del pozo técnico.
Al pisar el suelo del piso 5, la diferencia ambiental con los niveles inferiores era aplastante.
Aquí el piso de porcelanato no estaba manchado de sangre ni cubierto por el agua servida de las tuberías rotas. Sin embargo, el ambiente respiraba una paranoia sofocante. El pasillo residencial estaba a oscuras; las ventanas exteriores habían sido tapadas con sábanas oscuras y cinta de enmascarar gruesa para evitar que la luz del día o los ruidos de los sobrevivientes fueran percibidos desde la Avenida Caracas.
Frente a ellos, sosteniendo una escopeta de caza de doble cañón calibre 12 con la culata apoyada firmemente contra el hombro, estaba Don Guillermo. Era el administrador del edificio: un hombre de cabello cano, chaleco de lana gris manchado de hollín y arrugas profundas marcadas en la frente. A su lado, temblando con una llave de tubo en las manos, estaba Marcela, una estudiante de odontología de unos veintidós años que vivía en el 503.
Detrás de ellos, la barricada era un monumento al terror colectivo: tres sofás, dos refrigeradores, cuatro bibliotecas llenas de libros de derecho y enciclopedias, y varias puertas de madera arrancadas de los marcos de los apartamentos de servicio, todo trabado con vigas de pino de las remodelaciones del edificio.
Don Guillermo no bajó el cañón de la escopeta.
—A la pared. Los dos —ordenó, indicando con la cabeza el muro de yeso junto al ascensor A, cuyo marco de acero había sido sellado con sacos de mortero fresco y ladrillos de arcilla.
Mateo y Sofía obedecieron, pegando la espalda al concreto.
—No estamos contagiados, Don Guillermo —repitió Sofía con voz calmada pero firme, bajando despacio las manos para no alarmar al hombre—. Si estuviera infectada, no estaría hablando con usted. Mi esposo es ingeniero biomédico del San José. Sabemos lo que está pasando abajo.
Guillermo los examinó de arriba abajo con la linterna. Se detuvo en la chaqueta de Mateo y en el cinturón de herramientas.
—Abajo no queda nada que saber, muchacha —dijo el hombre, con una amargura seca en la voz—. El país entero se cayó a pedazos en cuatro horas. La televisión de la mañana mostró que Medellín y Cali estaban igual antes de que la señal de cable y la red celular se cayeran a las diez. Esto no es una epidemia normal. Los que están abajo no son enfermos... son animales que no sienten dolor.
—Es un patógeno neuroinvasivo —intervino Mateo—. Destruye la corteza frontal y deja solo las funciones primarias del tallo cerebral en modo de agresión extrema. Guillermo, el virus está en el aire que estamos respirando. La única razón por la que ustedes no han caído en este piso es porque sellaron las ventanas a tiempo y la circulación del aire aquí está estancada. Pero si el sistema de ventilación del hospital vuelve a presurizar las tuberías, el virus va a entrar por las rejillas de los baños.
Marcela dejó escapar un sollozo ahogado, apretando la llave de tubo contra su pecho.
—Se los dije... —murmuró la joven, mirando a Guillermo con ojos desorbitados—. Le dije que el doctor del 504 tenía razón. El aire del ducto del baño huele a antiséptico desde las once de la mañana.
Guillermo apretó la mandíbula. El cañón de la escopeta tembló levemente en sus manos. La certeza de su barricada perfecta —de su pequeña fortaleza de muebles y ladrillos en el piso 5— acababa de agrietarse ante la lógica clínica de Mateo.
—En el piso 5 somos catorce personas —dijo Guillermo, bajando el cañón del arma apenas dos centímetros—. Tres niños, cuatro ancianos y el resto adultos. Tenemos agua acumulada en las tinas para cuatro días y comida de las despensas. Si lo que dice es verdad... si el aire de los baños está sucio, esta barricada no sirve para nada.
—Servirá si sellan las Rejillas de extracción con plástico de embalar y silicona —respondió Sofía, dando un paso al frente sin pedir permiso—. Pero no pueden quedarse aquí atrapados. El piso 2 y el piso 3 se están desmoronando por la falla de los cimientos. Cuando el peso de los pisos superiores venza la losa técnica del hospital, este edificio va a ceder sobre el foso del ascensor.
Guillermo miró al suelo. El silencio del pasillo se vio interrumpido por un sonido tenue, lejano pero inconfundible, que venía desde las entrañas del suelo: un chasquido metálico rítmico.
¡CLANG... CLANG... CLANG!
Alguien o algo estaba golpeando la base de acero del montacargas en el piso 4, justo debajo de sus pies.