Charlotte Callahan, una brillante científica investigadora, desaparece sin dejar rastro durante una expedición. Lo que debía ser una misión de rutina termina convirtiéndose en el mayor descubrimiento de su vida... y en el más peligroso.
Despertar en un mundo desconocido, donde la naturaleza desafía toda lógica y criaturas imposibles habitan cada rincón, obliga a Charlotte a hacer lo único que sabe hacer: observar, analizar y sobrevivir. Armada únicamente con su conocimiento, una mochila llena de instrumentos científicos y una inquebrantable curiosidad, comienza a documentar cada hallazgo mientras busca desesperadamente una forma de regresar a casa.
Pero cuanto más se adentra en aquel mundo salvaje, más difícil resulta explicar lo que sus propios ojos contemplan... y aún más difícil ignorar al enigmático hombre de alas de fuego que parece observar cada uno de sus pasos desde las alturas.
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Ecos de un continente
Capítulo 8
El bosque despertaba mucho antes que el sol.
Cuando las primeras luces apenas comenzaban a teñir de azul el horizonte, el aire ya estaba lleno de sonidos. El canto de las aves se mezclaba con el zumbido constante de los insectos, mientras alguna criatura desconocida dejaba escapar un grave rugido a la distancia.
Zaeryn caminaba sin prisa.
Habían transcurrido varios días desde que abandonó el Pico del Alba, y por primera vez en muchos años no tenía un itinerario impuesto por el Consejo, ni responabilidades propias de su cargo.
Solo tenía un objetivo.
Conocer el continente con sus propios ojos.
Ser libre de las ataduras de la realeza.
El sendero descendía entre enormes árboles cuyas raíces sobresalían del suelo formando verdaderos muros naturales. A cada paso descubría detalles que jamás había encontrado en los antiguos manuscritos del reino.
El olor de la tierra húmeda después de la lluvia.
Las pequeñas aves que seguían discretamente a los grandes herbívoros para alimentarse de los insectos que estos levantaban al caminar.
Los hongos luminiscentes que crecían únicamente sobre los troncos caídos.
Los manuscritos antiguos hablaban de especies.
El bosque hablaba de vida.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Tenías razón, Aren...
El conocimiento adquiría otro significado cuando podía respirarse.
No era el hecho de que nunca hubiera salido del pico del alba, había hecho muchas expediciones anteriormente.
Incluso el asedio hacia la granja daba muestra de que Zaeryn había estado durante mucho tiempo fuera del hogar de Los Fénix.
La diferencia era que nunca apartaba la mirada de sus objetivos, nunca se detenía a mirar realmente alrededor de su entorno.
Tenía conocimiento, si, solo que jamás se había detenido a disfrutar de cada pequeña cosa que habitaba en este mundo.
Desde que era pequeño sus enseñanzas siempre se basaron en aprender primeramente de los manuscritos antiguos de su pueblo.
Conocían las diferentes especies, pero nunca se mezclaban con ellas.
Continuó descendiendo hasta que el bosque comenzó a abrirse.
Ante él apareció un ancho río de aguas tranquilas.
A simple vista parecía un cauce cualquiera.
Sin embargo, bastó observar unos segundos para comprender que no era obra exclusiva de la naturaleza.
El curso del agua había sido modificado.
Pequeños canales desviaban parte de la corriente hacia varias terrazas escalonadas donde crecían plantas acuáticas.
Más adelante, enormes troncos entrelazados regulaban el nivel del río con una precisión sorprendente.
Zaeryn se detuvo.
Aquello era una auténtica obra de ingeniería.
No tardó en descubrir a sus constructores.
Varios hombres bestia castor trabajaban sobre una nueva presa.
Algunos transportaban troncos utilizando únicamente la fuerza de sus hombros, o utilizaban a grandes criaturas de carga, mientras otros ajustaban las uniones con una habilidad adquirida tras generaciones de experiencia.
Nadie parecía dirigirlos.
Cada individuo conocía exactamente cuál era su función.
El resultado era una coordinación casi perfecta.
Zaeryn permaneció observando durante varios minutos.
Recordaba haber estudiado aquella especie.
Los antiguos registros afirmaban que eran los mejores ingenieros hidráulicos del continente.
Ahora comprendía que aquella descripción apenas hacía justicia a su trabajo.
No construían simplemente para contener el agua.
La guiaban!
La comprendían!
Trabajaban con ella, no contra ella.
Un anciano de espeso pelaje gris advirtió su presencia.
La misma que por primera vez, Zaeryn no se molestó en ocultar.
Se acercó caminando con tranquilidad.
—Hace rato que nos observas.
Zaeryn inclinó respetuosamente la cabeza.
—Perdón si resultó descortés.
Solo admiraba su trabajo.
El anciano sonrió.
—Los viajeros suelen admirarlo unos instantes.
Tú llevas casi media mañana.
Eso despertó mi curiosidad.
Zaeryn dejó escapar una pequeña risa.
—Supongo que heredé cierta costumbre de observar antes de hacer preguntas.
El anciano asintió satisfecho.
—Una costumbre que escasea últimamente.
Con un gesto de la mano lo invitó a seguirlo.
—Ven, te mostraré algo!
Caminaron hasta la parte superior de la presa.
Desde allí podía apreciarse toda la red de canales.
El agua se distribuía en distintas direcciones alimentando cultivos, estanques y pequeñas ruedas que accionaban sencillos mecanismos de madera.
—Nada de esto existiría si intentáramos dominar al río —explicó el anciano—. El agua siempre encuentra un camino.
Lo único que hacemos es convencerla de elegir uno que también nos beneficie.—
Zaeryn observó el flujo durante largo rato.
Aquellas palabras parecían hablar del río...
Pero también de la vida.
Comprendió por qué su hermano disfrutaba tanto bajar, incluso interactuar con desconocidos.
Los manuscritos enseñaban técnicas.
La experiencia enseñaba sabiduría.
Aquella tarde compartió la comida con los habitantes de la aldea.
Algunos lo miraban con curiosidad debido a su naturaleza.
Le sorprendió descubrir que conocían a su hermano.
No porque hubiera pasado mucho tiempo allí.
Sino porque, años atrás, Aren había ayudado a rescatar a varios jóvenes durante una crecida inesperada del río.
Nadie habló del príncipe.
Todos hablaron del viajero.
Del fénix que trabajó cubierto de lodo junto al resto de la aldea durante tres días completos.
Zaeryn escuchaba en silencio.
Cada historia parecía revelar una faceta de Aren que él jamás había conocido.
Unos lo recordaba por sus bromas sarcasticas.
Otro por su curiosidad.
Y algunos otros, por su forma de alardear sobre sí mismo.
Lo cierto era que debajo de toda esa fachada su hermano tenía un gran corazón, que muy pocos habían visto.
Una anciana dijo:
Recuerdo bien a ese jovencito, fue tan lindo y amable, me trajo un saco lleno de grandes nueces y me llamó abuela.
Zaeryn sonrió para sí.
Sí...Ese definitivamente era su hermano.
Cuando el sol comenzaba a ocultarse, la conversación tomó un rumbo inesperado.
Un joven regresó de los bosques del norte con evidente nerviosismo.
Traía varias trampas vacías colgando del hombro.
—Otra vez la vi.
Los presentes dejaron de hablar.
El anciano levantó lentamente la cabeza.
—¿A quién?
El muchacho tragó saliva.
—A... esa cosa.
El silencio se hizo inmediato.
Incluso algunos niños dejaron de jugar.
—¿Dónde? —preguntó el anciano.
—En el Bosque de las Rocas Negras.
Estaba entre los árboles.
Era enorme!! su gran cabeza huesuda era aterradora, con esos grandes cuernos y colmillos.
Y otra vez estaba recogiendo plantas.
No me vio...o al menos eso creo—
Zaeryn no intervino.
Simplemente escuchó.
Un cazador resopló.
—Te dije que dejaras de internarte tan al norte.
Ese bosque está maldito!!
Una mujer negó con la cabeza.
—Mis ancestros decían que en el continente habitaban criaturas que cuidaban los bosques y las selvas y protegían a los más indefensos.
Estoy segura que es un antiguo espíritu del bosque que protege esas tierras.—
Otro hombre intervino.
—No...Yo escuché otra historia.
Dicen que es una deidad antigua y maligna capaz de devorar tu alma.—
Las versiones comenzaron a multiplicarse.
Cada una era distinta.
Unos aseguraban haber visto enormes cuernos.
Otros hablaban de ojos brillantes.
Algunos juraban que desaparecía entre los árboles como si jamás hubiera estado allí.
Zaeryn permanecía completamente inmóvil.
No prestaba atención a las conclusiones.
Prestaba atención a los hechos.
Siempre aparecía en la misma región.
Deambulando de manera solitaria, como alma en pena.
A pesar de que había espantado a muchos, nunca perseguía a nadie.
Siempre llevaba algo entre las manos.
Plantas, raíces, frutos, y curiosamente...
Hasta donde alcanzaban los relatos...
Nadie tenía la certeza de haberle visto atacar a alguien como decían algunas historias.
El príncipe apoyó lentamente la taza sobre la mesa.
Una pregunta comenzó a tomar forma en su mente.
Si aquella criatura era realmente un monstruo...
¿Por qué nadie podía describir una sola víctima?
Y si no era un monstruo...
Entonces...
¿Qué era exactamente aquello que todos creían haber visto?
¿Sería realmente un espíritu o una deidad?
Una tenue sonrisa apareció en sus labios.
Por primera vez desde que inició su viaje...
Había encontrado un misterio que no podía resolverse con los manuscritos.
Y eso era, precisamente, lo que había salido a buscar.
De verdad, la mente de un científico porque tiende a ser tan compleja a la hora de empatía o ceder en algo a temas del corazón.
Vaya mujer 😔
pq, pobre pichoncito 🐦
su relación con la dra está más enrredada que unos fideos/Frown/
no te podías esperar unos días mas🤭