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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:366.3k
Nilai: 4.6
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17: El maestro de piano de la otra casa

Valentina había vuelto al piano casi por accidente.

Una mamá del Colegio de Dulce la oyó tocar en un evento, le pidió clases para su hijo, esa mamá se lo contó a otra, y de pronto Valentina tenía tres alumnos y un ingreso que no dependía de turnos nocturnos ni de la buena voluntad de nadie. Era poco. Pero era suyo. Por primera vez en años, algo era enteramente suyo.

Fue una de esas mamás la que la recomendó con el señor Cáceres.

Cristóbal Cáceres resultó no ser lo que Valentina esperaba de un apellido tan pesado. Llegó al café donde acordaron verse sin escoltas ni aspavientos, en camisa, con una niña de la mano y una sonrisa fácil que pedía disculpas antes de hablar.

—Maestra Valentina, qué pena robarle su sábado. —Le ofreció la mano—. Cristóbal. Y esta señorita que se esconde detrás de mí es Cecilia. Ceci. Es tímida hasta que deja de serlo, y entonces ya no hay quién la calle.

Ceci, de la edad de Dulce más o menos, se asomó apenas. Dulce, que de tímida no tenía un pelo, le tendió la mano como una adulta.

—Yo soy Dulce. ¿Quieres ver mis estampas? Tengo de conejos.

Y con eso bastó. Para cuando los adultos pidieron café, las dos niñas ya estaban bajo la mesa repartiéndose estampas.

Cristóbal le explicó la situación sin rodeos. Era de Monterrey. Estaba divorciado; la mamá de Ceci vivía su vida en otro país y veía a la niña dos veces al año. Él la criaba solo, con ayuda, "que no es lo mismo que criarla bien, pero uno hace lo que puede". Ceci había pedido aprender piano y él no se confiaba de las academias de catálogo. Quería a alguien que de verdad amara la música. Le habían hablado maravillas de ella.

—Le pago lo que me diga —agregó, y enseguida se rió de sí mismo—. Perdón. Eso sonó a comprador de ganado. Lo que quiero decir es que le agradecería mucho que aceptara. Ceci necesita algo bonito en su semana. Y yo no sé tocar ni el timbre.

Valentina se rió sin querer. Hacía mucho que un hombre no la hacía reír sin segundas intenciones.

Aceptó.

Las clases se volvieron, sin que nadie lo planeara, una tarde de los cuatro. Valentina le enseñaba a Ceci; Dulce "ayudaba" pasando las hojas y corrigiendo con autoridad de experta; Cristóbal traía pan dulce y escuchaba desde el sillón, aplaudiendo cada nota como si fuera un concierto. Una tarde, después de la clase, los llevó a todos a comer hamburguesas, y las niñas se pintaron bigotes de cátsup, y Cristóbal le contó a Valentina, riéndose, de la vez que intentó hacerle a Ceci un pastel y terminó llamando a los bomberos.

En las clases, Ceci floreció rápido. Era una niña dulce y aplicada, hambrienta de atención, que tocaba con los hombros tensos hasta que Valentina le ponía una mano en la espalda y le decía "respira, la música no muerde", y entonces la niña soltaba el aire y le salía bonito. Cristóbal grababa cada avance con el celular para mandárselo a la abuela en Monterrey, y se emocionaba con un "do-re-mi" como si fuera Mozart.

—Tiene usted una paciencia de santa —le dijo una tarde, mientras las niñas merendaban—. Yo a la tercera nota ya me había rendido. ¿Cómo le hace?

—Tuve una buena maestra. —Valentina pensó en su madre, en Renata, en aquellas manos frías guiándole los dedos sobre las teclas cuando era niña—. Mi mamá. Era pianista. De las de verdad. —Sonrió con tristeza—. No fui tan buena como ella. Pero me dejó esto.

—Pues se lo está pasando muy bien a mi hija. —Cristóbal la miró con una calidez sencilla, sin doble fondo—. Gracias, maestra. En serio. Hacía mucho que no veía a Ceci reírse tanto un sábado.

Era fácil estar con él. No pesaba. No exigía. No cobraba la amabilidad con un contrato firmado con tinta y huella. No la besaba para callarla ni le aventaba camisones de otra mujer. Con Cristóbal, Valentina no tenía que blindarse. Y esa ausencia de peso, esa paz tan rara, era —se dio cuenta con una punzada incómoda— exactamente lo contrario de lo que sentía cuando Maximiliano entraba a un cuarto y le revolvía el pulso de arriba abajo. Lo de Cristóbal era una tarde de sol. Lo otro era una tormenta. Y ella ya sabía, por experiencia, cuál de las dos cosas dejaba a una empapada y sin paraguas.

Y por eso, claro, el universo decidió que justo ese día, justo en esa hamburguesería, entrara Maximiliano Argüello.

Venía de una junta, de traje, con Ulises atrás, y se detuvo en seco al ver la mesa: Valentina, su hija, otra niña, y un hombre desconocido limpiándole la cátsup de la cara a Ceci con una servilleta, los cuatro riéndose como si se conocieran de toda la vida.

Algo se le ensombreció la cara. Caminó hasta la mesa.

—Valentina. —Solo su nombre, helado. Después midió a Cristóbal de arriba abajo, con la cortesía con la que se mide a un rival—. ¿Y este quién es? ¿El nuevo?

—El maestro de piano al revés —contestó Cristóbal con tranquilidad, poniéndose de pie y tendiéndole la mano sin dejar de sonreír—. Es decir, el papá del alumno. Cristóbal Cáceres. Mucho gusto.

Maximiliano le estrechó la mano un segundo más fuerte de lo necesario.

—Cáceres. —Repitió el apellido como quien lo archiva—. De Monterrey.

—Veo que le suena. —Cristóbal no se inmutó—. Grupo Cáceres, sí. Aunque yo, para escándalo de mi familia, prefiero pasar los sábados oyendo a mi hija destrozar "Estrellita" que en un consejo de administración. —Se encogió de hombros, con humor—. Me andan jalando de vuelta a Monterrey a "asumir responsabilidades". Por ahora me hago el sordo.

—No se haga el sordo mucho tiempo —dijo Maximiliano, sin sonreír—. Las responsabilidades que uno no asume, se las quita otro.

El aire entre los dos hombres se puso espeso. Valentina, en medio, sintió que sobraba y que era el centro al mismo tiempo.

—Dulce, mi amor, ya es tarde —dijo, levantándose—. Despídete de Ceci.

Maximiliano la observó recoger a la niña, observó la naturalidad con la que Cristóbal le ayudó con la mochila, observó el "gracias, Cris" que se le escapó a Valentina sin pensarlo. Cada detalle se le clavó en algún lugar que no quería reconocer que tenía.

Cuando ellas salieron, Maximiliano se quedó un momento más, mirando por el ventanal cómo Cristóbal se despedía de Valentina en la banqueta con una inclinación de cabeza casi anticuada, casi tierna.

—Ulises —dijo, sin voltear, con la mandíbula tensa—. Investiga a los Cáceres. Todo. Empresa, divorcio, deudas, lo que sea. Y quiero saber qué hace en la Ciudad de México un heredero de Monterrey perdiendo los sábados con una maestra de piano.

—Enseguida, señor. —Ulises ya marcaba—. ¿Algo en particular que busquemos?

Maximiliano siguió con los ojos el coche de Valentina hasta que dobló la esquina.

—Una razón para mandarlo de vuelta a Monterrey —dijo—. Cuanto antes. Y averigua también desde cuándo le da clases a su hija. Desde cuándo come hamburguesas con la mía. Todo.

Ulises anotó sin comentar. Conocía esa voz. No era la del magnate calculando un negocio. Era la de un hombre con celos, y esos, había aprendido, eran mucho más peligrosos.

1
Bea Tastro
Valentina creo que le quito el tetero al niño Jesús.
Silvina Claudia Rodrigo
Max cobarde mil veces cobarde ,te mereces todo lo q te pasa
Silvina Claudia Rodrigo
Es buen hombre Maxi ,la ama de verdad y la espera hace 5 años , Valentina también lo ama ,nunca dejó de quererlo ,que baje la guardia un poquito y se de la oportunidad de ser feliz junto a Max y la nena
Mártá Orti Bia
realmente parece una novela para niños o para retrasados mentales no tiene personalidad los protagonistas horribles a Dios
Edith Zenteno
el hizo un ADN ho no? cuando cogio un pelo de dulce en el auto ?
Edith Zenteno
no tengo claro el padre de Dulce es Max? pero se caso con Bruno?
Haydee Neyra
gracias hermosa historia
Cliente anónimo
La propia novela, me gustó
Mari Marisbah
las cuentas no cuadran el anillo de lo dió a los 17 años y después de 18 años se lo vuelve a dar y la niña tiene 6 años no cuadra
Alejandra Sanchez
excelente autora gracias
Mary Salazar
fascinante 👏👏👏👏👏👏
Mary Salazar
por qué tiene que ser así es injusto nunca por más que lucha todo llega a su fin y la felicidad de ella su dolor su orgullo /Sob//Sob//Sob//Sob//Sob//Sob//Sob//Sob/
Graciela Calcaterra
Yo no entiendo autora están en un país y en el otro capítulo están en otro,no hay coherencia.Estas alargando la novela con tonterías, en este tiempo ya no hay gente que se dejé humillar y manipular de esta manera.No leo más,te falta
mucho para atrapar a los lectores, coherencia por favor
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Tan triste saber que de todo este montaje diabólico, las únicas que sufrieron y pagaron deudas ajenas, fueron Renata y Valentina, porque Néstor, por muy agraviado que se sintiera, rehizo su vida al lado de quién destruyó la de la esposa, si analizamos bien , fue cómplice sumiso, juzgó y condenó, Maximiliano siempre ha sido aguevardo, le tocó casi ver morir a Valentina, para reaccionar, aunque a mí manera de pensar, hay heridas que aunque sanen, dejan cicatrices imborrables, recordatorios constantes, difícil vivir con eso. 🤔🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Parece la historia de dos niños inmaduros y caprichosos. 🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Maximiliano es una peste, solo falta que con la suerte y la falta de carácter de Valentina, queden juntos. 🤔🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Hombre estúpido, con una mamá podrida, hasta mejor que Valentina no le dijo lo de Dulce, porque la habría echado sola, quitándole a la niña. 🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Valentina, como que mató un perrito en otra vida, le pasa de todo lo malo. 🤔🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Alma Zarate
muy hermosa novela 😍
Denny Lopez
empezando
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