Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 8 ¿Poder? ¡Tía, es una pesadilla!
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con el bisturí que usaron en su cirugía.
Fabiana parpadeó, tratando desesperadamente de aclarar la situación o, al menos, de sondear los recuerdos reales que pudieran estar enterrados bajo aquella ficción.
—Jefe… Lucian —corrigió, forzando suavidad—, ellos solo están preocupados. Es comprensible, ya sabes… estuviste en coma. Y… ¿Recuerdas el accidente? —preguntó, esperando que mencionara la reprimenda, la reunión olvidada, el auto que salió a las prisas.
Lucian asintió, pero su expresión era de una claridad perturbadora. No era para nada lo que ella se imaginaba.
—Tenía una reunión —empezó a decir, y Fabiana contuvo la respiración.
—Tú te olvidaste de decirme. —¡Ahí está!, pensó ella, un atisbo de alivio. Algo de verdad. —Pero yo me demoré saliendo de casa…
Hizo una pausa y la miró directamente, con un destello de ternura reprochable en los ojos.
—…porque no me diste mi beso de despedida. Y cuando entramos en la Circunvalación, un camión nos cerró el paso y nos embistió —concluyó, con una naturalidad aterradora, como si estuviera describiendo el menú del día.
Fabiana sintió que las piernas le flaqueaban. Casi se desmaya allí mismo, sosteniéndose del barandal de la cama.
¿Qué rayos tenía Lucian en la mente? ¿Qué recuerdos locos y retorcidos había construido en la oscuridad del coma? No solo había inventado un matrimonio de tres años, sino que había reescrito el día del accidente, transformando su error profesional en un olvido doméstico y su ira en una demanda de afecto conyugal. Todo estaba mal. Estaba todo terriblemente, peligrosamente mal. Y ella estaba atrapada en el centro de ese delirio.
El pánico le heló la sangre, pero algo en el entrenamiento de los últimos días —ese instinto de cuidadora— se impuso. No podía asustarlo. No podía negarle su ancla.
—Ah… sí —logró decir, con una voz que le sonó ridículamente débil. Se sentó con cuidado al borde de la cama, como si fuera de cristal. —Fue… fue un momento de distracción. Lo siento.
Lucian pareció aliviado, como si esa disculpa confirmara su mundo. Su mano buscó la de ella otra vez.
—No importa. Estás aquí ahora. Pero no lo vuelvas a hacer —dijo, y por un instante, el tono fue el del Lucian que ella conocía: firme, autoritario. Pero dirigido a un reclamo íntimo, no empresarial. Era desconcertante.
—No… no lo haré —murmuró Fabiana, sintiéndose la peor mentirosa del mundo.
—Bien —dijo él, satisfecho, cerrando los ojos. Pero antes de dormirse, murmuró algo que la dejó helada: —Fabi… ese hombre que viene a la casa a molestarte… Miguel. Dile que si vuelve a aparecer, yo me encargaré de él. Como la última vez.
Sus ojos se cerraron, dejando a Fabiana más blanca que las sábanas, con una pregunta aterradora flotando en el vacío: ¿Qué "última vez"? ¿Qué más había sucedido en la realidad alternativa de Lucian Borbón?
Fabiana esperó a que Lucian se durmiera profundamente, su respiración convertida en un ritmo pausado, antes de escaparse. Se refugió en su pequeño apartado dentro de la suite, el rincón donde había dormido (o más bien, velado) durante el mes pasado.
Sus manos temblaban de forma incontrolable mientras desbloqueaba el celular y marcaba el número de su tía.
—Tía Carmen… —su voz fue un hilito quebrado apenas audible—. Auxilio. Socorro. Estoy metida en un lío más grande que el edificio donde trabajo… Tía… mi jefe despertó… —dijo, y esta vez, los sollozos fueron reales, un cóctel de puro drama y genuino terror.
Al otro lado de la línea, Carmen, que acababa de salir del trabajo y subía a un autobús abarrotado, parpadeó confundida.
—Cariño… ¿y eso… no es bueno? —preguntó, bajando la voz al notar las miradas curiosas de los demás pasajeros—. Deberías estar contenta, al menos ya no está en coma.
—¡No, tía, no entiendes! —la interrumpió Fabiana, apretando el teléfono contra la oreja.
—Resulta que perdió la memoria y cree que soy su esposa. Y no solo eso, sino que además… —Y Fabiana se soltó. Le contó todo, de la coronilla a los talones: la confusión, la bofetada de Patricia, la amenaza velada de los Borbón, la narrativa delirante de Lucian sobre su "matrimonio" de tres años y hasta el accidente reescrito por un "beso de despedida" olvidado.
Mientras la voz desesperada de su sobrina llenaba su oído, Carmen dejó de buscar asiento. Se quedó de pie en el pasillo del bus, agarrada a una barra, su bolso colgando de un hombro. Su expresión pasó de la confusión a la incredulidad, y de allí a una preocupación profunda. Esto sí que era un lío de categoría mundial.
—Baja en la siguiente, baja en la siguiente —se ordenó a sí misma, en silencio.
—Fabi, escúchame —dijo, con la voz más calmada y firme que pudo reunir.
—No te muevas de ahí. No hagas nada. No le discutas nada. Voy para el hospital ahora mismo. ¿Me escuchas? Ahora mismo.
Menos de cuarenta minutos después, Carmen irrumpía en la suite con la energía de un huracán bien vestido. Su mirada escudriñó a Fabiana, que parecía un gatito mojado, y luego se posó en la figura imponente de Lucian, dormido en la cama.
—Ay, por todos los santos —susurró, llevándose una mano a la boca—. Es que hasta dormido da órdenes.
—Tía, por favor, no digas eso aquí —rogó Fabiana, arrastrándola al apartado.
—Bueno, cuéntamelo otra vez, pero con los detalles jugosos que seguro te saltaste —dijo Carmen, sacando un termo de café de su bolso—. Empecemos por lo importante: ¿de verdad cree que sois marido y mujer? ¿Y los Borbón no lo han despedido al médico y te han echado a ti por bruja?
Mientras Fabiana asentía con desesperación, Carmen sorbía su café, procesando. Luego, dejó el termo con un clic decisivo.
—Vale. Esto es una locura. Pero es una locura con cierta lógica... médica, digamos. Él está anclado a ti. Eres su salvavidas en un mar de amnesia. Eso, querida, te da un poder del que no eres ni consciente.
—¿Poder? ¡Tía, es una pesadilla!
—Sí, una pesadilla de primera. Pero mientras dure, tú eres la reina. La familia no puede tocarte sin arriesgarse a dañarlo a él. —Carmen hizo una pausa, y una sonrisa pícara y preocupada a la vez se dibujó en sus labios.
—La pregunta del millón es: ¿y cuando recupere la memoria, qué? Porque ese día, o te corre como a una criada, o…
—¿O qué? —preguntó Fabiana, temiendo la respuesta.
—O se da cuenta de que la persona que lo cuidó y a la que su mente aferró como a la única cosa verdadera, fuiste tú. Y eso, cariño, no se borra con un chasquido de dedos.