Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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Mil grupos esperando
El estudio de ensayos olía a sudor, desinfectante y sueños que se estaban rompiendo poco a poco. Eran las siete de la tarde y llevábamos cinco horas sin parar. Los pies me ardían, las piernas me temblaban, y la garganta, a pesar de los tés calientes y los caramelos, empezaba a rasparse con cada nota alta que teníamos que repetir una, dos, diez veces hasta que fuera perfecta. Así era nuestra vida: Lumina Hearts, tres chicas de diecinueve años, un grupo que apenas empezaba a brillar, y que ya sentía el peso brutal de la industria encima de los hombros.
—¡Otra vez! —gritó el instructor, golpeando el suelo con el bastón de madera—. ¡Esa sonrisa no se ve natural! ¡Si no se ve feliz la canción, no sirve! ¡Desde el principio!
Mila, Luna y yo intercambiamos una mirada rápida, cargada de cansancio, y volvimos a tomar posición. No nos quejamos. No podíamos. Sabíamos las reglas. Las habíamos firmado con la tinta de nuestra propia sangre, casi literalmente.
Cuando terminamos la coreografía por décima vez, el productor entró a la sala. Un hombre de mediana edad, traje impecable, expresión impasable, que llevaba una carpeta bajo el brazo como si fuera un arma. Se paró frente a nosotras y nos miró una por una, sin una sola palabra de aliento.
—No está mal —dijo, al final, con un tono que no era aprobación, sino apenas tolerancia—. Pero no es suficiente. Escúchenme bien, porque no voy a repetirlo. La disquera ha decidido invertir en ustedes. No es dinero de caridad. Son doscientos mil dólares en promoción, en producción, en vestuario, en giras preliminares. Y ese dinero se tiene que recuperar. Con creces. Cada centavo. Antes de que puedan ver un solo sol de ganancia, tienen que devolverlo todo. ¿Entienden? No están aquí para cantar y divertirse. Están aquí para producir.
Se acercó un paso más, y su voz se volvió más cortante, más pesada.
—El mundo está lleno de chicas que quieren ser idols. En esta misma ciudad hay mil grupos ensayando ahora mismo, con las mismas ganas, con los mismos sueños, esperando que les den la oportunidad que ustedes tienen hoy. Si ustedes fallan, si se cansan, si bajan los brazos… no pasa nada. Las puertas se cierran para ustedes y se abren para ellas. Nadie las va a extrañar. El mercado no se detiene por nadie. Así que no me vengan con quejas de cansancio, de sueño, de dolor. Tienen que matarse. Tienen que darlo todo. Tienen que comprometerse hasta el último aliento. Porque si no funcionan… son reemplazables.
Salió de la sala dejándonos en un silencio denso, pesado, como si nos hubiera echado un balde de agua helada. Me senté en el suelo, respirando con dificultad, sintiendo cómo la realidad me aplastaba junto con el cansancio. No solo tenía que sobrevivir a Dante, a sus reglas, a sus secretos, a su mentira de matrimonio… también tenía que sobrevivir a esto. A un sistema que nos veía como productos, no como personas. A una deuda que no pedí y que tenía que pagar si quería seguir siendo yo.
—Es demasiado… —susurró Luna, dejándose caer a mi lado, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. Trabajamos doce horas al día, no nos alcanza el dinero para el alquiler, y ahora… ahora nos dicen que le debemos doscientos mil dólares a la disquera. ¿Cómo vamos a pagar eso? ¿Cantando? ¿Bailando? ¿Cuántos años nos van a tener así?
—No lo sé —respondí, con la voz quebrada—. Pero no podemos rendirnos. Si nos vamos ahora, todo se perdió. Todo lo que hemos construido… se lo quedan a otro grupo. Y no podemos permitirlo.
Mila se sentó frente a nosotras, abrazando sus rodillas, y nos miró con esa determinación que siempre la caracterizaba, aunque esta vez se veía más frágil.
—Tenemos que ser más fuertes —dijo, aunque su voz temblaba—. Si nosotras no creemos en nosotras, ¿quién lo hará? Sí, es injusto. Sí, nos están explotando. Pero es la única puerta que tenemos. Si cerramos los ojos y seguimos… tal vez algún día sea nuestro.
Pero en el fondo, las tres sabíamos la verdad: estábamos atrapadas. Entre la deuda de la disquera, las exigencias que crecían cada día, y ahora… mi secreto con Dante. No podía decirles que él era la única salida que tenía, y al mismo tiempo, la jaula más pesada de todas. No podía decirles que mientras nosotras contábamos monedas para el alquiler, él podía firmar un cheque que cubriera toda la deuda con un solo gesto. Y que jamás se lo pediría. Porque eso significaba pertenecerle por completo. Y ya le pertenecía demasiado.
Me levanté, me estiré una última vez, y miré mi reflejo en el espejo. Tenía ojeras marcadas, el cabello desordenado, y debajo de la camiseta, la marca que él me había dejado seguía ardiendo, como un recordatorio constante de que tenía dos vidas: una aquí, luchando con sudor y canciones, y otra allá, en la mansión de paredes frías, donde no tenía que luchar por nada… excepto por mi libertad.
—Vamos —dije, tomando mis cosas—. Terminamos por hoy. Mañana será otro día más largo. Pero vamos a lograrlo. Juntas.
—¿Vas a… a ese lugar otra vez? —preguntó Mila, bajando la voz para que Luna no oyera—. Con él.
Me detuve en la puerta y asentí, sin poder mirarla a los ojos.
—Tengo que. Por ahora es la única forma de que… de que nada nos pase. No preguntes, por favor. Solo confía en mí.
—Siempre confío en ti, Lía —respondió ella, suavemente—. Pero ten cuidado. A veces para salvar algo, puedes perderte a ti misma.
Salí del estudio con el frío de la tarde golpeándome la cara, y saqué el teléfono. Tenía un mensaje nuevo, recibido hacía apenas unos minutos:
«Te espero. No llegues tarde. No me gusta esperar.»
Tragué saliva. Mil grupos esperando, nos dijeron. Mil chicas que querían mi lugar en el escenario. Pero ninguna de ellas sabía que yo tenía que dividirme en dos. Ninguna sabía que mi verdadera competencia no era otra idol, sino la sombra de un hombre que no me dejaba respirar. Y mientras caminaba hacia su auto, que ya me esperaba a la esquina, supe que estaba cayendo más y más profundo… y que cada paso que daba por él, era un paso menos hacia mi sueño.