El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 23
—¿Pareja? —Mi papá escupió la palabra como si le supiera a veneno—. ¿Con este mocoso? ¿Cuántos años tienes tú, chamaco? ¡Le llevas media vida de diferencia! ¡Ella podría ser tu madre!
—Tengo veintidós —respondió Dante, sin inmutarse—. Y sé perfectamente lo que siento. —Me miró a mí, y bajó la voz, pero no tanto que los demás no lo oyeran—. Amo a la profesora Nava. La amo. Y en cuanto se divorcie, me voy a casar con ella y la voy a cuidar el resto de mi vida.
—¡Cállate! —Le tapé la boca con la mano, con la cara ardiéndome hasta la raíz del pelo—. ¿Estás loco? ¡No digas esas cosas aquí!
Él, en vez de callarse, me lamió la palma de la mano.
Di un gritito y la aparté de golpe, restregándomela en la falda, furiosa y colorada. Dante sonreía, satisfecho de haberme aflojado el gesto, como quien logra que un gato erizado baje las orejas.
Pero a mi papá no le hizo ni tantita gracia.
—¡Sinvergüenza! —Se puso rojo, luego pálido—. ¡Mi hija, mi propia hija, revolcándose con un chamaco de la edad de su hijo! ¡Qué van a decir en el pueblo! ¡Qué va a decir tu tía Chole, tus primos, el padre Anacleto! ¡Me arruinaste, Beatriz! ¡Me arruinaste la vejez!
—Papá, no es lo que…
—¡No me hables! ¡No quiero oírte! —Levantó la mano temblorosa—. Óyeme bien lo que te voy a decir, y lo digo delante de todos para que no haya dudas: o dejas esta locura del divorcio ahora mismo, o te desconozco. Dejas de ser mi hija. No vuelves a poner un pie en mi casa, no vas a mi entierro, y borro tu nombre de la familia. ¿Me oíste? ¡Escoge!
—Papá, por favor…
Y entonces empezó el numerito.
Lo vi venir como se ve venir la lluvia por el olor. Mi papá dio media vuelta, caminó tambaleándose hacia el balcón, se recargó en el barandal y se llevó la mano al pecho, apretándose la camisa a la altura del corazón.
—Ay… ay, Dios mío… —jadeó, con la voz de repente débil, quebradiza—. Me está dando algo. Me está fallando el corazón. Lo siento aquí, apretado… tú me vas a matar, Beatriz. Este disgusto me va a matar. Se me va a parar el corazón aquí mismo, y va a ser tu culpa. Vas a cargar con eso el resto de tu vida.
Me lo sabía de memoria. Lo había visto cien veces desde niña: cuando quería que mi mamá no fuera a ver a su hermana, cuando quería que yo no estudiara fuera, cuando quería salirse con la suya y ya no le quedaban argumentos. La mano al pecho. El corazón que se paraba. La culpa lanzada como un lazo para amarrarme.
Y lo peor era que funcionaba.
Porque una cosa es saber que es chantaje, y otra muy distinta es no sentirlo. Lo sentía. Sentía la garganta cerrándoseme, los ojos ardiéndome, la niña de siete años que llevo dentro corriendo a apagar el incendio con tal de que su papá no se enojara, con tal de que no se muriera, con tal de ser buena.
"No es su corazón, Beatriz. Es su orgullo. Es el qué dirán. Le duele más la tía Chole que tú."
Lo sabía. Y aun así, las lágrimas se me salieron.
—Está bien —dije, con la voz rota—. Está bien, papá. Ya. No te pongas así, por favor. No me divorcio. ¿Ya? No me divorcio.
Del otro lado de la sala, Rodrigo sonrió. Una sonrisa ancha, triunfal, obscena, con la nariz todavía hinchada. Ya se saboreaba la victoria. Ya me veía de vuelta lavándole los calcetines.
Dante no dijo nada. Pero sentí cómo se ponía tenso a mi lado.
Y entonces dio un paso al frente.
—Señor. —Se dirigió a mi papá con un respeto que no había mostrado a Rodrigo—. Antes de que su corazón decida nada, permítame enseñarle una cosa.
Del interior de la chamarra sacó una carpeta. Una carpeta gris, sobria, de esas que no parecen nada hasta que se abren. Caminó hasta el balcón y se la extendió a mi papá.
—Ábrala. Por favor.
Mi papá, receloso, con la mano todavía en el pecho, la tomó. La abrió. Y a medida que pasaba las hojas, la mano se le fue despegando del corazón, porque de repente al corazón ya no le pasaba nada.
—Eso que tiene en las manos —explicó Dante, tranquilo— son las escrituras de dos propiedades a mi nombre. Ahí atrás está el documento de un fideicomiso patrimonial, también a mi nombre, y una carta de un banco privado que confirma los fondos. No le voy a decir una cifra para presumir, señor, porque las cifras se inventan y usted no me conoce. Pero los papeles no se inventan. Y el auto que está estacionado allá abajo, el negro, ese que no encaja con este fraccionamiento, también es mío.
Mi papá pasaba las hojas despacio. Le vi mover los labios, leyendo. Le vi detenerse en la carta del banco, con el logo membretado, la firma, el sello.
—Esto… —murmuró—. Esto no es de un mecánico.
—No —dijo Dante—. No lo soy. Pero eso es lo de menos por ahora. Lo que quiero que entienda es esto: yo le puedo dar a su hija la vida que Rodrigo nunca le dio. Una vida donde no tenga que lavar los calcetines de un hombre que la engaña, donde no le levanten la mano, donde no la encierren. Y si duda de un solo papel de estos, mañana a primera hora lo llevo al banco y se lo confirman de frente. Usted decide.
Mi papá levantó la vista de la carpeta. Y yo vi, en tiempo real, cómo se le daba la vuelta el mundo. El hombre que treinta segundos antes se moría de un infarto, ahora tenía los ojos brillantes de otra cosa. De cálculo. De alivio. De un respeto nuevo y descarado.
Se bajó del barandal. Cerró la carpeta con cuidado, como si fuera una reliquia.
—Muchacho —dijo, y la voz ya no le temblaba nada—. Ven, siéntate. Ven. —Y de golpe, girándose hacia Rodrigo, con toda la furia que hacía un momento gastaba en mí—: ¡Y tú! ¡Tú, infeliz! ¿Cómo te atreviste a engañar a mi hija? ¿A meterle una cualquiera a la casa? ¿A ponerle la mano encima? ¡No mereces llamarte hombre! ¡Mi hija es una santa y tú la trataste como a un trapo!
Me quedé con la boca abierta. Rodrigo también.
—Pero… don Genaro… —balbuceó Rodrigo—. Hace un momento usted…
—¡Hace un momento no sabía que eras un cerdo! —tronó mi papá—. ¡Ahora lo sé! —Y volteando hacia mí, tomó mi mano entre las suyas, callosas y tibias, y la puso encima de la de Dante—. Hija. Perdóname. Un padre a veces es un burro. Este muchacho sí te quiere. Se ve. Y sabe darte tu lugar.
Yo miraba nuestras manos, la suya sobre las nuestras, sin saber si reír o llorar. Treinta minutos. Le había tomado treinta minutos pasar de "para mí te mueres" a "este muchacho sí te quiere". Y yo sabía perfectamente qué había obrado el milagro, y no era el amor.
Me incliné hacia Dante y le pregunté al oído, muy bajo:
—¿Quién eres tú en realidad?
Él me apretó la mano. Me miró con esos ojos que a veces parecían de veintidós años y a veces parecían de mil.
—Es un secreto —dijo—. Te lo cuento después. Te lo prometo.
Un secreto. Claro. Pero ya no hacían falta muchas cuentas: nadie que fuera solo un mecánico cargaba fideicomisos en la chamarra ni manejaba un auto de dos millones de pesos. De algún lado venía este muchacho. De un lado con mucho, mucho dinero.
No alcancé a pensarlo más, porque en ese momento Rodrigo perdió la compostura.
Fue al verme tomar la mano de Dante, al comprender que había perdido la casa cómoda, la aprobación de mi papá y el control sobre mí. Se acercó con los ojos desorbitados y me sujetó del antebrazo.
—Beatriz, no me dejes —sollozó—. Perdóname. Fui un idiota. Corro a Karina, te entrego todo, hago lo que me pidas. Pero no te vayas.
Sentí sus dedos apretándome y, alrededor, la voz de mi papá que ya lo insultaba, la de doña Herminia llorando en el sofá y la mano tibia de Dante, firme, esperando que yo decidiera.
Miré al hombre con el que había pasado veinte años de mi vida. Por primera vez no vi a mi marido ni al padre de mi hijo. Vi a un hombre asustado porque ya no podía manejarme.
Y me di cuenta de que no sentía absolutamente nada.
—Suéltame, Rodrigo —dije.
Le retiré la mano de mi brazo, dedo por dedo. Él se quedó quieto, llorando, sin atreverse a tocarme otra vez.