El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 17 — El Despertar de los Sentidos
La mañana siguiente llegó con una luz suave y dorada, como si el mundo mismo hubiera cambiado con la verdad que se habían contado. Christine despertó lentamente, sintiendo el calor del cuerpo de Damon a su lado, su respiración pausada y tranquila contra su nuca. Durante mucho tiempo, había despertado con el pecho apretado por el miedo, la culpa y el rencor; esa mañana, por primera vez, lo hizo con una sensación de ligereza, como si una carga pesada hubiera desaparecido de sus hombros. Se giró con cuidado para no despertarlo y lo observó: el rostro relajado por el sueño, las pestañas oscuras sobre las mejillas, la cicatriz fina en la mandíbula que antes le parecía un signo de violencia y ahora veía como una marca de todo lo que había sobrevivido.
Él abrió los ojos de golpe, instinto de quien nunca ha podido bajar la guardia del todo, y al verla tan cerca, su expresión se transformó de inmediato: la alerta se disolvió, reemplazada por una ternura absoluta.
—¿Cuánto tiempo llevas mirándome? —susurró, con la voz ronca por el sueño, una media sonrisa dibujándose en sus labios.
—El suficiente para darme cuenta de que nunca te había visto de verdad hasta ahora —respondió ella, acercándose un poco más, sin miedo, sin reservas—Antes veía al Padrino, al hombre que me encerró, al enemigo. Ahora te veo a ti. Y es mucho más fácil amarte así.
La palabra flotó en el aire, suave y valiente. Damon contuvo el aliento, como si temiera que al moverse pudiera romper el momento, y lentamente levantó la mano para acariciarle la mejilla, con una delicadeza que contrastaba con todo lo que el mundo decía de él.
—¿Me amas? —preguntó, casi un susurro, como si necesitara confirmarlo una vez más para creerlo—¿Después de todo, después de lo que fui, de lo que te hice pasar?
—Te amo —repitió ella, con seguridad, con la certeza que ya no podía callar—No te amo por lo que eres, ni por tu poder, ni por tu nombre. Te amo por el niño herido que sigue vivo en ti, por el hombre que llora en silencio, por el que arriesgaría todo por mí. Te amo, Damon. Y nada va a cambiar eso.
El beso que siguió no fue como los anteriores, llenos de urgencia y desesperación. Fue lento, deliberado, un despertar de cada sentido, de cada rincón del cuerpo y del alma. Cuando sus labios se encontraron, Christine sintió que todo su ser se encendía, que el veneno, el miedo y el pasado se desvanecían bajo el calor de su boca. Saboreó cada momento, la textura de sus labios, la suavidad con la que la tomaba, la forma en que sus manos la recorrían con reverencia, como si estuviera descubriendo un tesoro que le habían prohibido tocar durante demasiado tiempo.
Damon la besó con devoción, como si quisiera memorizar cada respiración, cada suspiro, cada temblor que recorría su cuerpo. No había prisa, no había prisa por nada. El tiempo se había detenido para ellos, y el mundo exterior, con sus amenazas y sus guerras, dejó de existir. Sus manos exploraron su piel con ternura, respetando cada límite, preguntando con cada caricia si podía seguir, y Christine respondía con cada roce, cada abrazo, cada suspiro, diciéndole que sí, que todo era suyo, que ella era suya, libre y voluntariamente, sin cadenas ni obligaciones.
Cada caricia era una revelación, cada roce un descubrimiento. El deseo que durante meses había crecido entre ellos, contenido y prohibido, ahora fluía libre, intenso y hermoso. No era solo atracción física, era algo más profundo, algo que nacía de la confianza recién ganada, de la verdad compartida, de la certeza de que habían sobrevivido a lo peor y ahora podían entregarse el uno al otro sin miedo a ser juzgados o heridos. Christine sentía cómo su cuerpo respondía al suyo de una forma que nunca había sentido antes, como si siempre hubiera estado hecho para encajar con él, como si cada parte de ella lo reconociera y lo anhelara.
—Eres tan hermosa —murmuró él contra su piel, entre besos lentos y suaves— No solo por fuera, aunque me quita el aliento. Sino por dentro. Por tu fuerza, por tu bondad, por la forma en que ves luz donde yo solo veo oscuridad. No merezco esto. No te merezco a ti.
—No hables de merecer —le susurró ella, tomándole el rostro entre las manos—Hablemos de nosotros. De lo que somos. De lo que vamos a ser.
Se fundieron de nuevo en un beso profundo, y con él, se entregaron por completo, sin reservas, sin miedo al mañana. Cada sensación se multiplicaba: el calor de su piel, el latido de su corazón contra el suyo, el aroma de su piel que ya era su aroma favorito en el mundo, la forma en que su voz se volvía más grave y suave cuando le hablaba de amor. El despertar de sus sentidos no era solo físico: era también el despertar de su alma, la comprensión de que el amor no tenía que ser perfecto para ser real, ni tranquilo para ser verdadero. Podía nacer entre sombras y tormentas, podía costar dolor y lágrimas, y aun así, ser lo más hermoso que le había pasado a nadie.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento, con los rostros sonrosados y las miradas brillantes, y se quedaron mirando largo rato, como si quisieran grabarse para siempre ese instante.
—Te quiero con toda mi alma —dijo Damon, tomándole la mano y besándola en el centro de la palma—Y te cuidaré el resto de mi vida. Prometo ser el hombre que mereces. Prometo hacerte feliz.
—Y yo te ayudaré a serlo —respondió Christine, acurrucándose contra su pecho, escuchando el latido firme y fuerte de su corazón— Estamos juntos en esto. Siempre.
...Despertaron sus cuerpos y al hacerlo, despertaron también sus almas....
...CONTINUARÁ ...
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