Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 10
AZRAEL
Maldigo para mis adentros cuando no puedo dejar salir a la bestia que habita normalmente dentro de mí.
Mis ojos se desvían de la carretera al jodido escote de Dasha; la saliva se me vuelve agua y no sé si es por imaginarme lo que hay debajo de ese vestido o por lo surreal que se ve ella mientras mira por la ventanilla el paisaje nocturno que vamos dejando atrás. Debo controlarme o esto terminará yéndose al carajo.
El mesero nos lleva a la mesa reservada, lo más apartada posible del resto de los presentes. No paso por alto las miradas que se posan sobre la mujer que camina a mi lado. Sí, por primera vez en la historia, he dejado que una mujer camine a mi lado y no detrás de mí.
Cuando llegamos a la mesa, ella se quita el abrigo y, en cuestión de nada, la erección que se me plantó cuando la vi en la puerta de su casa se sacude una vez más. Mi mano se posa en su espalda cuando la ayudo a sentarse y no paso por alto el respingo que da ante mi toque.
—Una botella de vino para empezar —le ordeno al mesero, quien se retira de inmediato.
—Es un lugar bastante bonito —dice ella con una sonrisa—. Años viviendo acá y jamás lo había visitado.
—Tranquila, Dasha. A partir de ahora, descubriré para ti todo lo que desees —sentencio. Sus ojos se abren de par en par, fijos en mí.
—Siendo sincera, estoy convencida de que esta asociación será beneficiosa para ambas compañías —suelta ella; sin embargo, sé reconocer la verdad tras esas palabras.
—Qué gusto me da saber que una parte de ti está consciente de eso, Dasha.
Damos inicio a la velada con un brindis que sella el "acuerdo laboral", cuando lo que realmente se está sellando es esta red que tengo tendida sobre ella y a la cual no pienso soltar. Pedimos la comida y no tardan en servirnos. No puedo dejar de observar hasta el mínimo gesto que hace y, mucho menos, la forma en que me mira. No lo dice, pero lo noto; noto que esta tensión sexual que me corroe también la está sintiendo ella.
—¿Qué te trajo a Canadá? —pregunta de repente.
Me llevo la copa a los labios, sopesando bien mi respuesta.
—Ampliar mis horizontes —suelto, ya que decirle que vine a aniquilar a una organización sería un poco crudo para ella.
—Creo que has tomado una buena decisión —dice dándole otro sorbo a su copa—. A mí también me gustaría probar en otro lado —añade con una sonrisa.
—¿Qué lugar?
—Sienna y yo hablábamos de un futuro en Londres —suelta con una sonrisa que se extiende por su rostro—. Incluso pensamos en ir a fin de año para mirar, y...
Se calla de pronto y la sonrisa de antes es sustituida por una expresión de tristeza.
—¿Y qué? —inquiero.
—Mejor cambiemos de tema —dice, pero sacudo la cabeza—. No planeo aburrirte.
—Podría pasar años escuchándote y no me aburriría —le aseguro.
—Mejor en otra ocasión —dice volviendo a sonreír, pero esta vez la alegría no logra reflejarse en sus ojos.
—Cuéntame algo de ti, Dasha. ¿Qué esperas de la vida? —pregunto, apoyándome sobre la mesa sin dejar de mirarla. No soy el típico hombre que hace preguntas así a nadie; sin embargo, de ella quiero saberlo todo, y no mandándola a investigar, sino de su propia boca.
Dasha deja salir un largo suspiro.
—No suelo pensar mucho en el mañana, Azrael. Prefiero vivir el momento —dice—. Me ha costado entenderlo muy a las malas y...
El móvil le suena en el bolso. Lo toma de inmediato y su cara se transforma al ver el nombre en la pantalla.
—No, no... Voy para allá —suelta, poniéndose de pie de inmediato.
—¿Qué ocurre? —pregunto levantándome también.
—Debo ir al hospital, Azrael.
Comienza a caminar con desesperación hacia la salida y yo voy detrás de ella.
—¿Qué hospital? —pregunto cuando llegamos al auto.
—El del sur —suelta con la voz entrecortada.
—¿Qué ocurre? —pregunto al poner el auto en marcha.
—Soy... soy una idiota —rompe a llorar—. Solo llévame allí, por favor —susurra con la cara llena de lágrimas.
Recorro la distancia de treinta minutos en la mitad del tiempo. Veo las camionetas de seguridad seguirme desde la distancia. Al llegar al hospital, ella se baja casi corriendo del auto y sale disparada al interior.
La pierdo por unos minutos. Al bajarme, en lugar de seguirla, me voy hacia la camioneta que se detiene más atrás. Abro la puerta y encaro al que va tras el volante.
—¿Qué mierdas de que no quiero a ninguno siguiéndome no has entendido? —encaro a Vladimir.
—No puede andar por allí sin protección, señor —suelta—. Brown está en el país.
Lo suelto, pegándolo contra el asiento.
—Me importa una mierda. Cuando doy una orden, se tiene que acatar —escupo con rabia.
—De acuerdo, señor...
—Ahora lárgate.
Estrello la puerta y me apresuro a entrar al hospital. Al llegar al pasillo de emergencias, veo al tipejo que trabaja con Dasha, pero ella no está por ningún lado.
—¿Dónde está Dasha? —pregunto.
—Está adentro con el doctor, señor Smirnova.
—Retírate. Yo la llevaré de vuelta a casa.
Abre los ojos de par en par y se queda en el sitio como si le hubiese hablado en otro idioma.
—Pero... es que...
—Yo la llevaré a casa, dije.
—Bien... me despediré de ella y me iré.
—¿Quién eres tú? —una voz infantil resuena en el pasillo.
Bajo la vista y siento un cosquilleo en la nuca cuando veo al pequeño de cabello oscuro y ojos verdes que se pone de pie sobre las sillas.
—Kael, el señor es un amigo de Dasha —le dice Tristán—. Salúdalo.
El pequeño me mira con los ojos entornados, como la cría de un lobo que empieza a descubrir el bosque. Se endereza y tiende su mano hacia mí. La tomo sintiéndome estúpidamente raro.
—Mi nombre es Kael Rossi... —hace una pausa—. Bueno, ahora soy Kael Lincor.
¿Lincor?
—¿Y tú? —suelta.
—"Usted", Kael. ¿Dónde están tus modales? —lo regaña el otro.
—Azrael Smirnova —suelto estrechando la pequeña mano. Es la primera vez que toco a un niño.
—Pareces un buen hombre, amigo —me dice.
Tristán lo mira extrañado y lo toma para hacerlo sentar otra vez.
—¿Puede verlo mientras entro a hablar con Dasha? —me pregunta, y asiento.
El tipejo se pierde tras la puerta y yo me quedo en medio del pasillo con el crío, que no deja de observarme como si quisiera encontrar algo más.
Dasha
Me siento como la persona más irresponsable sobre la faz de la tierra. No sé por qué acepté ir a esa cena cuando debí quedarme en casa con los niños; esto está siendo mucho más difícil de lo que imaginé. Sentí que el mundo colapsaba a mi alrededor cuando Tristan me dijo que había traído a Kiara a emergencias.
—¿Seguro que no es nada malo, doctor? —pregunto con un nudo en la garganta. Él asiente con calma.
—No tiene de qué preocuparse, señora, su pequeña está bien. Es solo una fiebre emocional —me repite—. Lo que me ha contado sobre los cambios recientes en su vida es un factor importante aquí. Ella es pequeña aún y es normal que tenga este tipo de reacciones cuando crea un vínculo tan fuerte con alguien, como ocurre con usted.
—¿Qué debo hacer?
—Esperaremos a que su temperatura se normalice del todo. Le recomiendo que inicie de una vez con atención de psicología infantil para que la ayude a procesar todo —me explica y yo asiento de inmediato.
—Mañana mismo lo haré —aseguro.
—Perfecto. Por ahora solo deben esperar, como máximo, una hora; luego puede llevarla a casa.
—Muchas gracias, doctor.
La puerta se abre y él sale, dejándome a solas con Kiara, que sigue dormida. Me siento en el borde de la cama y la abrazo con delicadeza.
—No volveré a dejarte sola, mi niña —le susurro—. Me he asustado muchísimo —confieso mientras le acaricio las mejillas.
—Dash... —Tristan entra con pasos suaves—. ¿Qué te ha dicho el doctor?
—Podré llevarla a casa en una hora.
—Me alegro tanto de escuchar eso.
—Gracias, Tristan. Gracias por haberla traído.
—Yo también me asusté. En cuanto lo noté, lo primero que hice fue tomarlos a los dos y correr hacia acá —se para a mi lado y posa una mano protectora en mi espalda.
—Esto no se puede volver a repetir —digo, más para mí que para él.
Nos quedamos unos minutos en silencio hasta que caigo en cuenta de algo.
—Kael... ¿dónde se ha quedado?
—Tranquila, está afuera —me dice calmado—. El señor Smirnov está con él mientras yo entraba aquí.
—Debo darle las gracias por haberme traído. Quédate un momento con Kiara y yo voy a despedirme de él.
—Eh, no —me detiene—. Me ha dicho que se quedará y que él mismo te llevará de regreso a casa. Me ha pedido que me retire yo...
Me quedo con la boca abierta, procesando sus palabras.
—Pero...
—No te preocupes, Dash, lo comprendo. Quiere terminar de ser un buen caballero —bromea—. Yo me iré ahora, pero estaré al pendiente de ustedes. Cualquier cosa, llámame, ¿de acuerdo?
—Venga, está bien —me abre los brazos y no tardo en dejarme rodear por ellos—. Muchas, pero muchas gracias por todo, Tris.
—Siempre te apoyaré en todo, cariño.
Me da un beso en la frente antes de irse. Vuelvo la vista hacia Kiara; sigue dormida, pero su frente ya no está caliente. Dejo mi abrigo sobre el sofá y, aprovechando que ella descansa, salgo a buscar a Kael.
Al abrir la puerta, veo a Azrael sentado en el pasillo mientras Kael está de pie frente a él, gesticulando como si estuviera hablando de algo sumamente importante. Ambos posan su vista en mí en cuanto salgo. Kael corre en mi dirección; lo alzo y él me rodea el cuello con fuerza.
—¿Cómo está mi hermanita? —pregunta tomándome la cara entre sus manos.
—Está bien, amor. Solo está dormida ahora —le digo para tranquilizarlo—. En un rato volveremos a casa.
—No tuve miedo —me dice con una ligera sonrisa que se refleja en sus ojitos—, porque los hombres no pueden tener miedo.
Azrael aparta la mirada cuando Kael dice eso, como si sus palabras hubieran golpeado algún muro interno.
—Sí, mi hombrecito valiente —lo abrazo y beso sus mejillas—. Ve con tu hermanita mientras yo hablo con el señor aquí presente...
—Se llama Azrael, tía —me regaña—. ¿Sabías que él también es un hombre valiente? —me pregunta con los ojos muy abiertos por la admiración.
—Venga, espérame dentro —lo dejo en el suelo.
Él se gira hacia Azrael y se despide con un gesto que el hombre responde de la misma forma antes de ponerse de pie. Azrael se acerca a mí, invadiendo mi espacio personal.
—¿Va todo bien? —pregunta con esa voz profunda.
—Sí, gracias al cielo, sí.
—Bien.
—Tristan me ha dicho que te ofreciste a llevarnos a casa, pero no es necesario. Puedo pedir un taxi —le informo, pero él arruga el entrecejo de inmediato.
—¿Taxi? —repite con incredulidad—. Los llevaré yo.
—No quiero abusar, Azrael. Ya hiciste mucho con traerme, no quiero quitarte más tiempo.
—He dicho que los llevaré, Dasha. No es necesario pedir ningún taxi si estoy yo aquí —espeta con seriedad.
—Ya es tarde y aún debo quedarme una hora más aquí —le recuerdo—. Además, tu auto es de solo dos plazas.
—No te preocupes por eso, puedo solucionarlo con una llamada. Tú solo quédate tranquila —dice con una seguridad aplastante.
—De acuerdo, Azrael.
Siento que insistir sería una pérdida de tiempo; él no acepta un "no" por respuesta.
—Y... de verdad lamento que la cena haya acabado así.
—Dasha... —da un par de pasos más hacia mí, acortando la distancia hasta que casi puedo sentir su respiración. Alzo la vista para mirarlo directo a los ojos—. No vuelvas a lamentarte de nada frente a mi.
Lo dice en un tono tan ronco que me hace estremecer por dentro.
—Gracias por haberme traído y por decidir esperarme... —retrocedo por inercia, sintiendo que su perfume está debilitando mis sentidos.
Él deja escapar un largo suspiro sin dejar de mirarme alternativamente a los ojos y a los labios.
—Puedes pasar, espera adentro con nosotros —le ofrezco. Él asiente.
—Ve tú primero. Entraré en un momento, primero debo hacer un par de llamadas.
Asiento y me doy la vuelta. No es hasta que cierro la puerta detrás de mí que dejo de sentir sus ojos clavados en mi espalda.
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