romántica
NovelToon tiene autorización de Flor Aguilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Su primera sonrisa
La reunión de la escuela de su hijo había terminado mucho más tarde de lo que Fernanda esperaba.
Cuando salió, ya estaba oscureciendo.
Miró la hora en su teléfono y suspiró.
Había pensado que todavía tendría tiempo de regresar a casa con tranquilidad, pero la reunión se había alargado entre conversaciones, explicaciones y asuntos relacionados con los estudiantes.
Fernanda vivía en una zona bastante apartada. Era un lugar tranquilo, rodeado de campo, donde no siempre era fácil conseguir transporte, especialmente cuando comenzaba a hacerse tarde.
A veces caminaba una parte del camino.
Otras veces llamaba a algún carro conocido para que la llevara.
Aquella tarde, sin embargo, no tenía a nadie disponible.
Se quedó unos minutos frente a la escuela pensando qué hacer.
No quería preocupar a su hijo.
Tampoco quería llegar demasiado tarde a casa.
Y, sobre todo, sabía que Pedro podía molestarse si se enteraba de que había estado fuera hasta tan tarde.
Comenzó a caminar por la carretera.
El camino estaba bastante tranquilo.
Fernanda llevaba su teléfono en la mano mientras miraba de vez en cuando hacia atrás, esperando que apareciera algún vehículo conocido.
Entonces escuchó un carro acercándose.
Al principio no le prestó atención.
Pero cuando el vehículo disminuyó la velocidad a su lado, Fernanda levantó la mirada.
Era Andrés.
Sintió que el corazón se le detenía por un instante.
Durante todo ese tiempo habían existido solamente miradas lejanas.
Él pasaba.
Ella lo veía.
Pero nunca habían hablado.
Nunca habían tenido una conversación.
Nunca habían cruzado esa línea que ambos parecían mantener entre ellos.
Y ahora él estaba allí, frente a ella.
Andrés bajó el vidrio de la ventana y la miró.
—Hola, buenas tardes. ¿Dónde vas?
Fernanda se quedó completamente nerviosa.
Por un momento no supo qué contestar.
Había imaginado muchas veces qué ocurriría si algún día Andrés le hablaba, pero ahora que realmente estaba sucediendo, todas las palabras parecían desaparecer.
—Hola... —respondió finalmente.
Andrés volvió a preguntarle:
—¿Para dónde vas?
Fernanda respiró profundamente.
—Tengo que ir a una reunión en la escuela de mi hijo. Se hizo súper tarde y ahora tengo que regresar a casa.
Andrés miró hacia adelante y luego volvió a verla.
—Yo te llevo.
Fernanda sintió inmediatamente que tenía que tomar una decisión.
Miró el camino.
Después miró a Andrés.
Una parte de ella quería aceptar.
Era tarde.
Estaba lejos de casa.
Y él podía llevarla.
Pero otra parte de ella pensó inmediatamente en Pedro.
Sabía perfectamente que si Pedro llegaba a enterarse, podía molestarse.
Y lo último que Fernanda quería en ese momento era tener problemas.
—No sé... —dijo con cierta inseguridad.
Andrés la miró.
—¿Qué pasa?
Fernanda bajó la voz.
—Es que a Pedro le molesta.
Andrés guardó silencio unos segundos.
Ella continuó:
—Si se enterara de que me llevaste, se molestaría mucho contigo.
No estaba diciendo aquello para rechazarlo solamente.
Realmente tenía miedo de las consecuencias.
Vivían en un pueblo pequeño.
Allí la gente se conocía.
Cualquier cosa podía convertirse rápidamente en un comentario.
Y Fernanda sabía que los rumores podían llegar a cualquier persona.
—Además —añadió—, aquí todo se sabe. Es un pueblo pequeño. La mayoría de la gente se conoce y de todo se pueden enterar.
Andrés sonrió.
No parecía preocupado.
La miró con una expresión tranquila y, con un pequeño gesto cómplice, le guiñó un ojo.
—Si tú no le dices y yo tampoco le digo, ¿quién le va a contar?
Fernanda lo miró sorprendida.
Aquella respuesta consiguió sacarle una pequeña sonrisa.
Pero todavía tenía dudas.
Andrés volvió a hablar.
—No te preocupes. Solo te llevo.
Fernanda permaneció en silencio.
Sabía que aceptar podía significar abrir una puerta que había mantenido cerrada durante mucho tiempo.
Pero también sabía que la situación era diferente.
No estaba buscando encontrarse con él.
No había planeado aquella conversación.
Simplemente había ocurrido.
Y necesitaba regresar a casa.
—¿Seguro? —preguntó finalmente.
—Seguro.
Fernanda dudó unos segundos más.
Entonces abrió la puerta y subió al vehículo.
Cuando cerró la puerta, sintió que el corazón le latía mucho más rápido de lo normal.
Andrés arrancó.
Durante los primeros minutos ninguno dijo nada.
El silencio parecía enorme.
Fernanda miraba por la ventana.
Andrés concentraba la mirada en la carretera.
Los dos parecían estar pensando en lo mismo.
Después de tanto tiempo sin hablar, ahora estaban compartiendo un automóvil.
Fernanda no sabía qué decir.
No quería que pareciera que estaba demasiado emocionada.
Tampoco quería demostrar que aquella situación significaba algo para ella.
Finalmente Andrés rompió el silencio.
—¿Cómo estuvo la reunión?
Fernanda respondió con naturalidad.
—Bien. Un poco larga.
—¿Hablaron de los chicos?
—Sí. De varias cosas.
Y así comenzó una conversación sencilla.
Nada extraordinario.
Nada que pudiera parecer una declaración de amor.
Hablaron de la escuela.
De los hijos.
Del camino.
De cosas pequeñas.
Pero para Fernanda todo tenía un significado especial.
Porque después de tanto tiempo, finalmente estaba escuchando la voz de Andrés de cerca.
No desde la distancia.
No en su imaginación.
Realmente estaba allí.
Y eso la ponía nerviosa.
En un momento, Andrés la miró brevemente.
—Estás muy callada.
Fernanda sonrió.
—Estoy cansada.
No quiso decirle la verdadera razón.
Que estaba nerviosa.
Que no sabía cómo comportarse.
Que había pensado tantas veces en él que ahora tenerlo a pocos centímetros de distancia le parecía extraño.
Continuaron el camino.
Cuando finalmente llegaron cerca de la casa, Fernanda comenzó a sentirse aliviada.
Pero también apareció una sensación inesperada.
No quería que el trayecto terminara.
Andrés detuvo el vehículo.
Fernanda tomó sus cosas.
—Gracias por traerme.
—De nada.
Ella abrió la puerta.
Antes de bajar, Andrés la llamó.
—Fernanda.
Ella se giró.
—¿Sí?
Él sonrió.
—Si alguna vez vuelves a necesitar que te lleve, me avisas.
Fernanda lo miró unos segundos.
No respondió inmediatamente.
Finalmente sonrió.
—Está bien.
Bajó del vehículo.
Cerró la puerta.
Andrés esperó unos segundos y después continuó su camino.
Fernanda se quedó parada observando cómo se alejaba.
Su corazón todavía estaba acelerado.
No había ocurrido nada.
No habían hecho nada.
Solamente había aceptado que la llevara a casa.
Pero para ella aquel momento significaba mucho más.
Porque después de tanto tiempo, por primera vez habían hablado.
Y aunque no quería admitirlo, sabía que algo acababa de cambiar.
Fernanda entró a su casa.
Su hijo ya estaba allí.
Lo abrazó y comenzó a preguntarle cómo había terminado la reunión.
Ella respondió con normalidad.
Pero aquella noche, cuando finalmente estuvo sola, se quedó pensando en el trayecto.
En la voz de Andrés.
En su sonrisa.
En aquel pequeño guiño.
Y en aquella frase que se repetía una y otra vez en su cabeza:
“Si él dice algo, yo te defiendo.”
Fernanda sonrió sin querer.
Después se quedó seria.
Porque sabía que tenía que tener cuidado.
No quería problemas con Pedro.
No quería rumores.
No quería complicaciones.
Pero tampoco podía negar lo que había sentido.
Después de tantos meses viéndolo pasar sin decir una sola palabra, finalmente habían tenido una conversación.
Y aunque había sido breve, aquella conversación podía convertirse en el comienzo de algo que Fernanda todavía no estaba preparada para entender.
Se acostó pensando que al día siguiente todo volvería a ser normal.
Pero en el fondo sabía que no sería así.
Porque ahora, cuando Andrés volviera a pasar, ya no sería solamente el hombre al que veía desde lejos.
Ahora sería el hombre que una noche, cuando ella necesitaba regresar a casa, se detuvo, bajó la ventana y le preguntó:
—¿Dónde vas?
Y aquella pregunta tan sencilla había conseguido cambiarlo todo.