Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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Tranquilo, yo me encargaré de esto
Bárbara se miró en el espejo del baño, su reflejo aún un poco pálido, pero con una chispa de determinación en los ojos. Al regresar a la habitación, el lugar donde Lucían había estado hacía unos minutos estaba vacío. En su lugar, sobre la camilla había un cambio de ropa que la dejó sin aliento.
Un vestido rosa pastel de lino, con una silueta sencilla pero elegante, esperaba por ella. Junto a él, unos mocasines beige de cuero suave y un neceser repleto de sus productos favoritos: el perfume que siempre usaba, sus cremas hidratantes y un set de maquillaje discreto. Lucían no solo había pensado en la necesidad, sino en su bienestar.
Se vistió con una mezcla de gratitud y una creciente sensación de control. El tacto suave de la tela contra su piel le dio una pequeña dosis de consuelo. Se aplicó un poco de rímel, un toque de rubor y un labial discreto. Por primera vez en días, se sintió un poco como ella misma.
Justo cuando terminaba de peinarse, la puerta se abrió con un crujido suave. Lucían entró con un semblante diferente, su mirada era seria y con un pliegue de preocupación entre sus cejas perfectas.
— ¿Lista?.— preguntó, su voz sonaba más grave de lo habitual.
Bárbara asintió, con su mirada fija en la suya.
— ¿Qué pasa? Algo en tu cara me dice que no son buenas noticias.
Lucían se acercó, con las manos en los bolsillos de su pantalón.
— Realmente no son buenas, Bárbara. Hay… hay una horda de reporteros amarillistas afuera. De alguna manera se enteraron de tu internación en la clínica. Y saben por qué.
La palabra "suicidio" flotó en el ambiente, sin que ninguno de los dos la mencionara. La mente de Bárbara quedó en blanco. Pero el rostro sonriente de Renata, su prima, se materializó en su mente. Cuando le entrego los dos frascos de pastillas para que solucionará su problema, fue Renata quien insto a Bárbara a esconder los frascos de pastillas en los bolsillos de su vestido de novia.
— Renata.— Murmuró, su voz apenas un susurro. La rabia, fría y calculada, comenzó a fluir en su interior.— Fue ella, estoy segura. Ella fue quien me dio los dos frascos de pastillas.
Lucían la miró con una mezcla de asombro y comprensión.
— ¿Tu prima… estás segura?
Bárbara asintió con firmeza.
— Absolutamente. Siempre ha sido envidiosa, pero esto… esto es otro nivel. Seguramente pensó que con esto me arruinaría la vida para siempre.— Se acercó a Lucían, su determinación brillando en sus ojos
— Pero, esta vez no dejaré que salga victoriosa.
—¿Qué pretendes hacer?
— Tranquilo, yo me encargaré de esto.—dijo Bárbara, con una autoridad, que sorprendió a Lucían.
— Solucionaré lo de la prensa. Pero necesito tu ayuda. Necesito que colabores en todo, sin preguntas, sin objeciones. ¿Puedes hacer eso?
Lucian la miró fijamente, evaluando el cambio en ella. La mujer frágil que había traído al hospital parecía haberse transformado en una guerrera astuta en cuestión de minutos. Había una fuerza en su mirada que no había visto antes.
— ¿Qué tienes en mente, Barbi?.— preguntó, con cautela, pero con un ligero toque de cariño.
— Necesito que me dejes actuar, que no cuestiones lo que diré.— respondió ella, su mente trabajaba a mil por hora.
— Por esta vez, confiaré en ti.
Bárbara esbozó una pequeña sonrisa, una pizca de astucia en ella.
— Gracias, no te preocupes, tengo un plan. Algo que dejará a Renata con la boca abierta y a esos reporteros buscando otro chisme.
Lucían se cruzó de brazos, una expresión de divertida resignación en su rostro.
— Esto se está volviendo más interesante de lo que esperaba. ¿Y cuál es tu plan, genio de las relaciones públicas?"
— Mi plan, Lucían.— dijo Bárbara, caminando hacia él y mirándolo directamente a los ojos.— Es convertir el rumor de mi suicidio, para poner nuestro matrimonio en la cima, no abra ni una sola revista que no hable de nosotros durante meses, y para eso, necesito que seas mi cómplice perfecto.
Lucían finalmente soltó un suspiro, una pequeña sonrisa formándose en sus labios.
— Muy bien, Bárbara.... Estoy en esto. Pero te advierto, si este plan te sale mal, yo no soy responsable de los titulares.
Bárbara sonrió, una sonrisa genuina y llena de confianza.
— No te preocupes. Con tu ayuda, no hay forma de que esto salga mal.