Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 5
Capítulo 5
Mientras Ximena y Dante iban al centro comercial, en la casa Robles la discusión seguía.
Octavio le dijo a la señora Robles que había actuado como si el matrimonio fuera un juego. Que Dante no iba a aceptar a una mujer que lo había engañado antes de la boda. Que, si aceptó casarse con Ximena, era porque con Lorena ya no quedaba nada.
La señora Robles seguía creyendo que todo era enojo.
Lorena rompió una taza.
—¡Nunca me preguntaron! —gritó—. ¡Dante era mío!
Octavio no se dejó conmover.
—Entonces no debiste traicionarlo.
Lorena lloró, repitiendo que fue obligada.
Nadie consiguió hacerla entrar en razón.
En el auto, Dante seguía serio.
—No voy a volver con Lorena —repitió—. Si tu mamá vuelve a decirte algo así, dile que no tengo costumbre de recoger lo que otros tiraron.
Me encogí.
—Eso suena horrible.
—Lo que hizo también.
No pude discutir.
—¿De verdad no sentías nada por ella?
—No.
—Yo te llamé cuñado cinco años.
—Y yo casi no la veía. Trabajo demasiado. El compromiso lo acordaron las familias.
Lo dijo sin bajar la velocidad del coche. A mí, en cambio, se me apretó el estómago.
Llegamos a una joyería de lujo.
—Elige uno —dijo.
—Cualquiera está bien.
Dante señaló un anillo con un diamante rosa enorme.
—¿Ese te gusta?
Me faltó aire.
Era ridículamente hermoso.
La vendedora casi corrió.
—Señor, excelente elección. Es una pieza única.
Traducción: carísimo.
—Mejor otro —dije.
Dante me miró.
—Pregunté si te gusta.
—Sí, pero...
—Pruébeselo a mi esposa.
Mi esposa.
La vendedora me lo entregó, pero Dante lo tomó primero.
—Dame la mano.
Me puso el anillo en el dedo. Entró perfecto.
No fue una escena tierna. Fue posesiva.
Mi dedo, su anillo, su dinero, su decisión.
Y yo, sentada ahí, intentando no admitir que esa seguridad me estaba gustando.
—Lo llevamos.
—Son cincuenta millones de pesos —dijo la vendedora, con una sonrisa nerviosa.
—Tarjeta.
Dante pagó como quien compra café.
Yo seguía mirando mi mano.
—¿De verdad me acabas de comprar un anillo de cincuenta millones?
—Te gustó.
—Pero no puedo usar esto diario. Es enorme.
—Tienes razón. Elige otro para diario.
—¿Otro?
La vendedora ya estaba sacando más piezas.
Elegí el más discreto que pude.
Dante también lo compró.
Luego preguntó:
—¿Collares? ¿Aretes? ¿Pulseras?
—¿También?
—Ya estamos aquí. Compra lo que quieras.
Compró collares de rubíes, pendientes, brazaletes, una pieza de jade y más cosas que yo apenas me atrevía a tocar.
Salí de la joyería cargando cajas como si hubiera robado un museo.
Antes de subir al auto, Dante preguntó:
—¿Ya estás contenta?
Lo miré.
—¿Qué?
—Te veías triste. No sé decir cosas bonitas. Pero sí sé comprar.
El pecho se me apretó.
Me quedé mirando las cajas sobre mis piernas.
La garganta se me cerró tantito.
—Gracias —dije, sincera—. Sí estoy contenta.
—Bien.
No sonrió, pero su mirada se suavizó apenas.
Me escondí la mano entre los dedos.
El anillo pesaba distinto.
De vuelta en casa, Dante se encerró en el estudio y yo extendí todas las joyas sobre la cama.
Tomé fotos.
Muchas.
Se las mandé a Sofía.
Me llamó al segundo.
—¡No manches! ¿Es un diamante rosa? ¿Eso cuesta más que mi vida?
—Cincuenta millones.
—¡Ximena!
—Y compró otro para diario. Y collares. Y pulseras.
—Amiga, dime dónde se pide un esposo así.
Me reí como tonta.
Yo había pensado que casarme con Dante sería como casarme con una pared elegante. Siete años mayor que yo, serio, frío, obsesionado con el trabajo.
Pero llevaba tres días casada y ya me había defendido, comprado joyas y dado una tarjeta con una cantidad absurda.
—¿Crees que me tocó un buen hombre? —pregunté.
—Te tocó un hombre carísimo, que es casi lo mismo.
—Y con esa cara de señor serio que dice “ven” y una ya está caminando —añadió—. No me juzgues, amiga, pero sí impone.
—Sofía.
—Bueno, sí. Si te trata bien, aprovéchalo. Pero dime lo importante: ¿ya consumaron?
Me tapé la cara.
—No.
—¿Todavía no? ¿Qué hace ese señor con tanta esposa?
—Sólo nos besamos.
—¿Y qué tal?
Recordé el beso. Mi respiración perdida. Su boca insistente. Mis labios adoloridos después.
—Bien. O sea... raro. Me dolieron un poco los dientes.
—Entonces no besa tan bien. ¿Y si era su primer beso?
—No creo. Tiene treinta años.
—Si a los treinta nunca ha tocado mujer, algo raro hay.
—Es muy serio. Tal vez por eso.
—O tal vez no sabe besar.
—No digas eso tan fuerte.
—¿Por qué? ¿Está ahí?
Yo estaba acostada boca abajo, de espaldas a la puerta.
Una tos baja sonó detrás de mí.
—Cof.
Me congelé.
Giré despacio.
Dante estaba en la recámara.
De pie.
Mirándome.
Con esa cara de juez que no necesita levantar la voz.
—Te llamo luego —solté, y colgué antes de que Sofía dijera otra estupidez.
Me senté como niña regañada.
—Era una broma.
Dante caminó hasta la cama.
—¿Mi técnica para besar es mala?
Quise morirme.
—No dije eso.
—Entonces, ¿qué dijiste?
Nada útil me salió.
Él me miró. No parecía furioso. Peor: parecía interesado.
—Acércate.
—¿Para qué?
—Para besar.
Lo dijo como si pidiera un vaso de agua.
—¿Ahora?
—Ahora.
Me moví hacia él, centímetro por centímetro. Él estaba de pie frente a la cama y yo sentada, obligada a levantar la cara.
La diferencia de altura, la edad, su calma de hombre que ya había vivido más que yo... todo me cayó encima al mismo tiempo.
Era una vista injusta. Su mandíbula, su nariz, esos ojos oscuros. Dante Montalvo tenía una cara hecha para arruinarle la paz a cualquiera.
—¿Quieres que me agache? —preguntó.
No alcancé a contestar.
Me tomó la barbilla y se inclinó.
Esta vez no me besó de golpe.
Se quedó cerca.
Demasiado cerca.
Su respiración me calentó la boca.
—Cierra los ojos —ordenó en voz baja.
Los cerré.
Volví a cerrar los ojos.
Qué vergüenza que una frase tan simple me calentara la cara y me dejara flojas las piernas.
Sus labios tocaron los míos con una lentitud que me volvió inútil. Esta vez no chocó. No dolió. Me besó con paciencia, como si estuviera corrigiendo cada error del beso anterior.
Me tomó la nuca cuando intenté apartarme.
No fue brusco. Fue peor.
Fue preciso.
Cuando me soltó, yo respiraba como si hubiera corrido.
—¿Ahora?
—Bien —murmuré—. Muy bien.
—¿Sin molestias?
—Sin molestias.
—Entonces podemos repetir.
—No. Ya quedó claro.
Él miró mi boca con una calma falsa.
—Por ahora.
Entró al baño.
Yo me tiré sobre la cama y escondí la cara en la colcha.
Esa noche dormimos abrazados otra vez. Su mano quedó quieta en mi cintura.
Yo, en cambio, estaba rígida.
—¿Aún no te acostumbras? —preguntó en la oscuridad.
—Un poco no.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿por qué...?
—Porque somos esposos. Tenemos que acostumbrarnos.
Tenía sentido.
Maldito sentido.
Luego dijo:
—Intenta abrazarme tú.
Se me detuvo la respiración.