Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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Dulce
Nino
El sacerdote continúa.
Firmamos.
Arianna firma primero. Yo después.
Hay algo particularmente absurdo en estampar mi nombre debajo del suyo después de haber pasado semanas hablando de contratos, abogados, cláusulas y condiciones.
Otra firma.
Esta es la que cuenta públicamente.
La que mañana hará que toda la Sagrada Familia sepa que Arianna Falcone ahora es esposa de Nino Farina.
Ella decidió conservar su apellido.
Por supuesto.
No esperaba otra cosa.
El sacerdote recibe los documentos.
Después sonríe.
—Por la autoridad que me ha sido conferida, los declaro marido y mujer.
Arianna me mira. Yo la miro.
Listo.
Eso fue sorprendentemente sencillo.
—Puede besar a la novia.
Ah.
No.
Eso no estaba en el contrato.
Bueno. Técnicamente podía estarlo desde que Arianna decidió modificar la cláusula catorce.
Mi cerebro escoge exactamente este momento para recordarlo.
Excelente.
Miro al sacerdote. Después a Arianna.
Sus ojos están un poco más abiertos.
Sus mejillas... Oh.
Se están poniendo rojas.
No rosadas.
Rojas.
Interesante.
Me acerco apenas.
—No tenemos que hacerlo —murmuro para que solo ella me escuche.
Sus ojos bajan un instante hacia mi boca. Después vuelven a los míos.
Eso no ayuda.
—Lo sé.
No me muevo.
Ella tampoco.
—Arianna.
—¿Qué?
—Necesito una respuesta un poco más clara que eso.
Sus labios se curvan.
—¿Me estás pidiendo consentimiento frente al sacerdote?
—Tengo veintisiete páginas de contrato enseñándome buenos modales.
Se le escapa una risa. Después asiente despacio. Una sola vez.
Sí.
Me inclino.
No sé por qué estoy nervioso.
He besado mujeres antes.
Muchas.
Bueno.
Las suficientes.
Nunca tuve que pensar demasiado en ello. Pero con Arianna pienso en absolutamente todo.
Dónde pongo las manos.
Cuánto acercarme.
Cuánto tiempo.
Termino dejando una mano muy suavemente sobre su cintura.
La otra permanece a mi lado.
Y apoyo mis labios sobre los suyos.
Nada más.
No profundizo.
No intento abrir su boca.
No la acerco.
Es un beso ridículamente inocente.
De niños.
Sus labios están tibios.
Suaves y dulces.
No metafóricamente.
Literalmente.
Sabe a algo.
Fresa, quizás.
O caramelo.
No sé.
Solo sé que cuando me aparto pienso que es probablemente la cosa más dulce que he probado en mi vida.
Eso es un problema.
Uno bastante grande.
Arianna abre los ojos.
Sus mejillas están todavía más rojas.
Las mías espero que no.
—¿Bien? —pregunto bajo.
Asiente.
—Bien. —susurra lentamente.
—Sabes dulce.
¿Por qué mierda dije eso?
Arianna abre los ojos.
—¿Qué?
—Nada.
—Nino.
—Olvídalo.
Ahora sí se ríe.
Y ahí me quedo mirándola.
Otra vez.
Su sonrisa transforma completamente su cara.
No sé cómo explicarlo.
Arianna es preciosa cuando está seria.
Pero cuando sonríe... Algo cambia.
Sus ojos parecen todavía más grandes.
Se forman dos pequeñas líneas junto a ellos.
Su nariz se arruga apenas.
Y tengo una necesidad absurda de conseguir que vuelva a hacerlo.
Eso sí debería preocuparme.
El sacerdote anuncia algo.
No escucho.
Mattheo me golpea en el hombro.
—Camina.
—¿Qué?
—Terminó.
—Ah.
—¿El disparo te hizo daño cerebral?
—Probablemente.
Arianna vuelve a reír.
Me gusta demasiado.
Le ofrezco mi brazo.
Ella mira primero mi mano, luego mi cara antes de enganchar su brazo con el mío.
Salimos juntos.
No hay una gran recepción.
También fue decisión nuestra.
Una comida en casa de mis padres.
Familia.
Nada más.
Ya habrá tiempo para presentar públicamente el matrimonio cuando llegue el momento.
Hoy no.
Hoy Arianna no necesita convertirse en un espectáculo político después de volver a casarse.
Mi madre la abraza apenas salimos de la iglesia.
—Estabas preciosa.
—Gracias.
Arianna parece ligeramente sorprendida por el abrazo.
Después sonríe y le corresponde.
Mamá la suelta y me mira.
Su sonrisa desaparece.
—Tú.
—Hola otra vez.
—Después de las fotografías vas al médico.
—Sí, mamá.
—No me mientas.
—Jamás.
Mi padre se ríe.
—Está mintiendo.
—Papá.
—Conozco a mis hijos.
Arianna mira entre nosotros.
—¿Médico?
Todos se quedan callados.
Oh.
Genial.
Mamá me mira con una expresión que claramente significa ahora arréglalo tú.
—Nada importante.
Arianna baja la mirada.
Directamente hacia mi costado.
La chaqueta negra ha hecho un trabajo admirable.
La camisa no tanto.
Una mancha roja empieza a extenderse justo por encima del pantalón.
Sus ojos se estrechan.
—Nino.
—¿Sí, esposa?
No sé por qué decirlo resulta divertido.
Sus mejillas vuelven a colorearse.
Perfecto.
—Estás sangrando.
—Un poco.
—Eso no estaba ahí cuando entré a la iglesia.
—Sí estaba.
—Era más pequeño.
Miro.
Tiene razón.
—Bueno.
—¿Bueno?
—Parece que está creciendo.
Arianna me observa. Después mira a mi madre.
Mamá levanta las manos.
—¡Llevo una hora intentando que este niño se deje revisar!
—Tengo veinte años.
—Hoy tienes cinco.
Arianna vuelve a mirarme.
—¿Qué pasó?
—Un pequeño problema laboral.
Mattheo se atraganta detrás de mí.
Fabiano mira hacia otro lado.
Remo directamente empieza a reír.
Arianna los mira antes de volver a mí.
—¿Problema laboral?
—Sí.
—¿Te dispararon?
Considero mentir.
Miro a mi madre.
Mala idea.
—Un poco.
Arianna parpadea.
—¿Cómo te disparan un poco?
—No fue una bala particularmente comprometida con su trabajo.
Su boca se abre.
Se cierra.
Durante un segundo pienso que se ha enfadado.
Después mira la mancha.
Luego mi traje, y finalmente levanta los ojos hacia mí.
—Rojo sangre en una boda. —Hace una pausa—. Encantador.
Me quedo mirándola.
Entonces sonrío.
—Pensé que combinaba con las flores.
Arianna mira hacia el arreglo de rosas rojas junto a la entrada.
—Claro.
—Me gusta cuidar los detalles.
—Se nota.
—Quería impresionarte.
—Casi lo consigues.
—¿Casi?
—La próxima vez intenta llegar sin un agujero.
—Exigente.
—Está en el contrato.
Me río y ella también.
Y mientras mi madre vuelve a insistir en que necesito un médico, Mattheo amenaza otra vez con matarme y Fabiano pregunta cómo demonios conseguí que me dispararan el día de mi boda, miro a Arianna.
Mi esposa.
Temporal.
Por contrato.
Durante seis meses.
Ella todavía está sonriendo mientras observa la sangre que arruina mi camisa.
Y por primera vez se me ocurre que quizás la parte complicada de este matrimonio no será convivir con una desconocida.
Quizás sea que empiezo a tener demasiadas ganas de conocerla.
Nino pero si en su momento se pondrá más difícil muchos quieren la Sagrada Familia a si que esperemos no seas tan orgulloso y tomes la palabra de tu padre con la ayuda de todos