Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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La promesa en el telar del destino
Tres días después del incidente en la Galería Real, la luz dorada del atardecer filtraba sus rayos por los ventanales del invernadero de la residencia Ashford.
Lysandra caminaba entre las orquídeas cuando escuchó los pasos firmes y conocidos de Gideon. Al girarse, notó que el Duque vestía sus mejores galas y llevaba en el rostro una expresión de solemnidad absoluta, aunque sus ojos reflejaban una calidez infinita.
—Lysandra —dijo él, deteniéndose a escasos pasos de ella.
—Gideon... ¿sucede algo? Te noto diferente —preguntó ella, sonriendo con ternura.
—He venido a reunirme formalmente con su padre en su despacho —anunció Gideon, tomando aire profundamente para calmar el leve temblor de su voz—. He solicitado oficialmente su consentimiento para solicitar su mano en matrimonio.
El corazón de Lysandra dio un vuelco de felicidad pura.
—¿Y qué le ha dicho mi padre? —susurró ella con la voz entrecortada.
—Dijo que sería un honor para la familia Ashford tenerme como hijo —respondió Gideon. Luego, rompiendo por un segundo la regla de distancia que se habían impuesto, dio un paso firme y se arrodilló sobre una rodilla ante ella sobre el suelo de piedra del invernadero.
Lysandra no pudo evitar que se le humedesieran los ojos
El duque busco en su saco y de su bolsillo extrajo una pequeña caja de terciopelo. Al abrirla, reveló un anillo de platino bellamente trabajado con la forma de delicadas hojas de hiedra, coronado por un zafiro azul tan profundo como la noche.
—Lysandra Ashford —dijo el Duque, alzando la mirada hacia ella con una devoción sin límites—. No soy un hombre de palabras poéticas ni de valses perfectos. Soy un hombre de pocas palabras, de manos marcadas por el trabajo y con un corazón que solo late por usted. Le prometo ser su escudo, su compañero, su refugio y su más leal devoto por el resto de mis días. ¿Aceptaría convertirse en mi esposa y la Duquesa de Ravenscroft?
Las lágrimas de emoción surcaron las mejillas de Lysandra. Sin dudarlo un solo segundo, se inclinó, tomó el rostro del gigante con ambas manos y lo miró a los ojos.
—Sí, Gideon. Mil veces sí —respondió ella con la certeza más absoluta de su vida.
Gideon deslizó el anillo en su dedo con un cuidado casi sagrado. Al ponerse de pie, la tomó en sus brazos, levantándola suavemente en el aire mientras ambos compartían una risa llena de alivio, triunfo y un amor indestructible que había nacido en las sombras de la falsedad para florecer en la más pura de las verdades.
El padre de Lysandra vigilaba desde una columna algo alejado de la emotiva escena, sintiendo felicidad por su hija y sobre todo confiaba en las intenciones del Duque, no solo por como lo miraba su hija, sino porque en el tiempo que había compartido con el había sido suficiente para saber que el gigante hombre del norte amaba a su hija y la protegería de con su fuerza fisica y su posición como noble.