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La esposa que despreciaste Ahora es capitana

La esposa que despreciaste Ahora es capitana

Status: Terminada
Genre:Oficina / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:872
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.

"Me da asco con solo mirarla."

Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.

Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.

Y hay alguien que lo nota.

César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."

Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Doña Carmen caminó rápidamente hacia Leya.

Leya ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando Doña Carmen la jaló hacia un abrazo.

¡Zas!

Doña Carmen la abrazó con fuerza. —Santo cielo, Leya. Por fin te vuelvo a ver después de tanto tiempo.

Leya se sorprendió un instante, pero luego rio suavemente mientras devolvía el abrazo.

—Doña Carmen... ¿cómo está?

Doña Carmen retrocedió un poco, aunque sus manos seguían sobre los hombros de Leya. Sus ojos examinaron el rostro de la joven como si quisiera confirmar algo.

—Bien, querida —las manos de Doña Carmen subieron y le tomaron las mejillas a Leya con ternura—. Tu padre me dijo que ya te casaste... y que incluso tienes un hijo. Aunque ahora estás en trámites de divorcio.

El tono de Doña Carmen no era de reproche, sino de pura empatía. —Has sido muy valiente para enfrentar todo eso.

—Sí, señora. Así es la vida... —Leya sonrió levemente; una calidez le recorrió el pecho.

Detrás de ellas, César seguía de pie con expresión desconcertada.

—Mamá... ¿conoces a Leya?

Doña Carmen finalmente volteó hacia su hijo. —¿No te acuerdas de ella?

César frunció el ceño. —¿Por qué tendría que acordarme?

Su madre exhaló un largo suspiro.

—Claro que no te vas a acordar —Doña Carmen negó con la cabeza—. En ese entonces tenías apenas cinco años, cuando nos mudamos.

César quedó aún más confundido.

—Antes, nuestra familia era vecina de la familia de Leya —explicó Doña Carmen.

—¿Qué? —César se quedó verdaderamente boquiabierto.

La mirada del hombre fue de su madre a Leya, y luego al padre de Leya, que estaba de pie no muy lejos de la mesa del café en la terraza.

Don Eduardo sonrió levemente al ver la reacción de César. Hacía un rato, él y Doña Carmen se habían encontrado por casualidad en la calle. Hasta se habían reído recordando la infancia de sus hijos, cuando ambas familias todavía eran vecinas en las afueras de la ciudad.

—Carmen, mejor platiquemos sentados —dijo Don Eduardo.

Doña Carmen soltó una risita. —¡Ah, sí! Claro.

Regresaron a la mesa del café, seguidos por Leya y César. Los cuatro se sentaron en la misma mesa.

Antes de que Doña Carmen pudiera continuar con la historia, Leya se echó a reír. Al principio fue una risa leve, que fue creciendo hasta hacerse más fuerte.

—Ja, ja, ja... ja, ja, ja, ja...

César la miró desconcertado. Leya hasta se limpió las lágrimas de los ojos. Cuando la risa amainó, observó a César de arriba abajo con una expresión divertidísima.

—Entonces tú eres... ¿Ical?

—¿Ical? —César arrugó la frente.

Leya todavía contenía la risa. —El niño que antes andaba pegado a mí todo el tiempo, que me seguía a todas partes.

César estaba cada vez más confundido, mientras Doña Carmen y Don Eduardo se sumaron a las risas.

—Ese era tu propio apodo, César. A los cinco años todavía no pronunciabas bien. Intentabas decir "César" y te salía "Ical" —dijo Doña Carmen con una sonrisa.

César se recargó en el respaldo de la silla. —¿En serio? No me acuerdo de nada de eso.

—En esa época, tú eras más apegado a Leya que a tu propia mamá.

César arqueó las cejas. —Mamá, estás exagerando.

—Tu madre tiene razón, hijo. Casi todas las noches te quedabas a dormir en nuestra casa —agregó Don Eduardo.

—Para comer, solo querías que Leya te diera de comer en la boca. Para dormir, tenías que dormir con ella. Para bañarte también... tenía que bañarte ella. Si no te cumplían, hacías unos berrinches terribles. Pataletas, y no querías comer.

Leya volvió a reírse. César empezó a sentirse incómodo. Quería que su madre dejara de contar, y le hizo una seña a Doña Carmen.

Pero Doña Carmen fingió no ver la seña de su hijo y siguió con el relato. —Y eso que en ese entonces... Leya también tenía apenas diez años, pero ya era como tu niñera. Incluso cuando ibas al baño a hacer del dos, tenía que limpiarte Leya.

La mesa entera estalló en carcajadas. César se cubrió el rostro por un momento.

—Esto... es completamente injusto. Yo ni siquiera me acuerdo de nada, y ustedes se ríen de mí —César sonaba verdaderamente avergonzado.

Leya soltó una risita y le dio una palmada en el hombro a César. —Ya, tranquilo. Son solo recuerdos del pasado; estamos contentos de habernos reencontrado.

César puso los ojos en blanco, pero al final también sonrió.

Con razón... la primera vez que vi a Leya, sentí que me resultaba familiar. Como si hubiera un vínculo, una conexión fuerte, murmuró César para sus adentros.

Leya miró el reloj en su muñeca. —Ay, señora. Discúlpeme, tengo que irme rápido. Mi hijo me está esperando en casa, así que no puedo quedarme mucho rato.

Doña Carmen comprendió, por supuesto; asintió despacio. —Sí, no te preocupes.

Entonces, de pronto, Doña Carmen cayó en cuenta. —Oye... por cierto, ¿ustedes por qué venían juntos y parece que ya se conocían?

—Que se lo cuente César, señora. Leya tiene que irse —se puso de pie mientras tomaba su bolso, y luego volteó hacia su padre—. ¿Papá, trajiste el auto?

—Sí. ¿Y el tuyo?

—Se descompuso. Sigue en el estacionamiento de la academia.

—Bueno, entonces vente conmigo.

Don Eduardo se levantó de inmediato. Doña Carmen le tomó la mano a Leya un momento y volvió a abrazarla.

—Querida, tenemos que vernos seguido. Y con tu mamá también; dile a Sofía que la extraño.

Leya sonrió con dulzura y devolvió el abrazo de Doña Carmen. —Sí, señora.

Al poco rato, Leya y su padre se marcharon.

En cuanto salieron del área del café, César se revolvió el cabello con desesperación. Su rostro era de pura frustración; se restregó la cara con ambas manos.

—¡Ay! Qué vergüenza...

Doña Carmen se rio otra vez. —Pues claro que te da vergüenza; de chiquito eras así de vergonzoso.

—Mamá... —César miró a su madre con cara de fastidio.

—Tú, que tenías a tus propios padres... pero andabas pegado al hijo de los vecinos. Cuando nos mudamos, lloraste a mares y estuviste llorando durante días buscando a Leya.

César soltó un largo suspiro. —Ya no me lo recuerdes...

Su madre entrecerró los ojos. —Por cierto, ¿por qué venían juntos? Escuché que Leya mencionó la academia.

—Somos compañeros de equipo en la academia —respondió César.

—No será que ella es la razón por la que estás tan a gusto en la academia...

César se rio. —¿Cómo... adivinaste? ¿Sabes, mamá? Con razón la primera vez que vi a Leya sentí una atracción inmediata... como si hubiera una conexión.

El hombre dirigió la mirada hacia el camino por donde Leya se había ido. —Resulta que había una historia detrás. Nos conocíamos desde niños.

—¡Espera! ¿De verdad te gusta Leya?

—Sí, ¿y qué tiene de malo? No me digas que piensas de manera cerrada. Que no quieres que esté con una mujer que ya estuvo casada y tiene un hijo. O que te molesta porque es mayor que yo —César entrecerró los ojos.

Doña Carmen resopló y luego le dio un golpe bastante fuerte en el brazo a su hijo. —Ella todavía no está divorciada oficialmente, César. En cuanto a lo demás, yo no sería capaz de pensar así. Y menos tratándose de Leya; conozco bien a esa niña... tiene un corazón de oro. Lo único que me preocupa es que la conviertan en blanco de chismes y que su reputación se manche por tu culpa.

—Tranquila, mamá. Conozco los límites. Leya tampoco es el tipo de mujer que se deja llevar fácilmente por las emociones.

—¿A qué te refieres? —Doña Carmen frunció el ceño.

—Leya mantiene la distancia conmigo todo el tiempo... aunque yo no dejo de darle atenciones. Para ella solo soy un compañero de equipo y nada más que un simple amigo —César exhaló un suspiro suave, como decepcionado.

Doña Carmen se quedó en silencio, pero de pronto soltó una carcajada. —Entonces tu amor... ¿es no correspondido?

César fulminó a su madre con la mirada. —¡Mamá! ¿Podrías no decirlo tan claro?

—A lo mejor no le interesas porque no eres lo suficientemente guapo —Doña Carmen siguió molestando a su hijo.

—¡Claro que no! Mis genes son buenos. ¡Mamá y papá son los dos muy bien parecidos! —protestó César.

Su madre se encogió de hombros. —Eso no garantiza que nuestros buenos genes... hayan llegado a ti.

—¡Mamá!

Doña Carmen volvió a reír, esta vez con más ganas. Durante todo el camino de regreso a casa, todavía se le escapaba alguna risa de vez en cuando. Y cada vez que eso ocurría, el rostro de César se fruncía en un gesto de fastidio.

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