Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo IX Mostrando su valía
El restaurante L’Étoile era un templo de lujo discreto, reservedo solo para las figuras más poderosas del círculo social de Damián. La luz tenue de las arañas de cristal y la música suave de un piano de cola creaban una atmósfera sobria, en la que los millones se negociaban entre copas de vino tinto y sonrisas calculadas.
Damián Thorne ocupaba la cabecera de la mesa privada con su habitual postura dominante. A su izquierda, vestida con su traje sastre gris y con la mirada atenta sobre los documentos, se encontraba Emma. Aunque por dentro llevaba el alma hecha pedazos tras la llamada de su padre, su rostro no reflejaba más que una compostura profesional e impecable.
Frente a ellos se acomodó Don Mauricio Bermúdez, un magnate veterano de la industria petrolera y financiera, de cabello canoso, mirada astuta y un carácter conocido por aplastar a sus rivales en la mesa de negociación.
Apenas las presentaciones terminaron, Don Mauricio se detuvo al fijar la vista en Emma. Sus ojos se abrieron ligeramente y el tenedor de plata que sostenía pareció congelarse en el aire. La miró con una fijeza tan profunda que a la joven le resultó incómoda.
—Disculpe la impertinencia, señorita De la Rivera... —murmuró Don Mauricio, con la voz extrañamente pausada—. Pero tiene usted unos ojos grises y unas facciones que me resultan dolorosamente familiares. Es el vivo retrato de una mujer que conocí hace más de veinte años... Una dama de una elegancia y una determinación inolvidables.
Emma sintió un vuelco en el estómago. El corazón le latió con fuerza en la garganta.
—¿Una conocida suya, Don Mauricio? —preguntó Emma, intentando mantener la voz neutra.
—Algo más que eso. Una mujer extraordinaria que desapareció del mapa sin dejar rastro —respondió el anciano con una pincelada de nostalgia, antes de aclararse la garganta y recuperar su porte duro—. En fin... achaques de la memoria. Vayamos a lo que nos ocupa, Thorne.
Damián, que no había perdido un solo detalle de la interacción, arqueó una ceja. Le pareció curioso el impacto que Emma había causado en un hombre tan inaccesible como Bermúdez, pero prefirió centrarse en los negocios.
—El contrato de la fusión está listo —tomó la palabra Damián, haciendo una seña a Emma para que entregara la carpeta—. Mis abogados han revisado cada detalle de la reestructuración de activos.
Don Mauricio ojeó el documento con desdén, lo cerró de golpe y lo deslizó de vuelta hacia el centro de la mesa.
—Todo me parece correcto, Thorne, a excepción de la cláusula de contingencia sobre los pasivos de la familia Bermúdez —sentenció Mauricio con arrogancia—. Exijo que esa cláusula se elimine por completo. Si hay pérdidas en el primer trimestre, tu firma se hará cargo del cien por cien del riesgo. Es tomarlo o dejarlo.
El silencio en la mesa se volvió denso. Damián apretó la mandíbula; era una exigencia abusiva, pero estaba calculando cómo responder sin romper las negociaciones.
Sin embargo, antes de que Damián pudiera hablar, una voz clara, firme y llena de autoridad cortó el aire.
—Me temo que eso es jurídicamente inaceptable, Don Mauricio.
Damián giró la cabeza con brusquedad, mirando a Emma con advertencia. Pero la joven no retrocedió. Abrió el expediente con elegancia, buscó una página en específico y la giró hacia el magnate.
—La eliminación de la cláusula de contingencia violaría el artículo 428 del Código de Comercio referente a las fusiones corporativas —explicó Emma, sosteniéndole la mirada al veterano sin un solo pestañeo en sus ojos grises—. Si Thorne Group asume la totalidad del pasivo de los Bermudez sin una auditoría previa de riesgo, la fusión podría ser impugnada por los accionistas minoritarios en menos de noventa días por fraude de ley. Además, el riesgo que usted propone transferir le otorgaría a su grupo una ventaja fiscal irregular.
Don Mauricio se quedó petrificado, parpadeando ante la solvencia y la precisión técnica de la joven.
—Señorita, no creo que una pasante deba entrometerse en...
—No hablo como pasante, señor Bermúdez —lo interrumpió Emma con una serenidad aplastante—. Hablo como la abogada a cargo de la revisión de este expediente. Si desea eliminar la cláusula, deberá aceptar un fondo de reserva en custodia del quince por ciento. De lo contrario, el contrato no solo es desfavorable para el señor Thorne, sino legalmente nulo.
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa.
Don Mauricio miró el papel, luego miró a Emma y, para sorpresa de todos, dejó escapar una carcajada profunda y genuina.
—¡Por Dios! No solo te pareces a ella en el rostro, sino también en el carácter indomable y en la brillantez —exclamó Bermúdez, negando con la cabeza con una sonrisa de respeto—. Está bien, jovencita. Se queda la cláusula con el fondo de reserva. Tienes agallas.
Damián observaba la escena en absoluto shock. Sus ojos oscuros estaban clavados en Emma, recorriendo su perfil con una mezcla de perplejidad y una fascinación oscura. Esperaba a una niña mimada, una figura de adorno que solo sabía gastar dinero y llorar; pero en su lugar, tenía al lado a una mujer con una mente brillante, capaz de acorralar a un tiburón de los negocios en su propio terreno.
Cuando la cena terminó y firmaron los acuerdos preliminares, caminaron hacia la salida del restaurante. El aire frío de la noche golpeó el rostro de Emma.
En el área del valet parking, Damián se detuvo a su lado. La sombra de su figura la envolvió por completo.
—¿Dónde aprendiste a manejar el Código de Comercio con esa agresividad? —preguntó Damián con voz baja y profunda, sin quitarle la mirada de encima.
—Me he pasado los últimos cuatro años de mi vida estudiando para no depender de nadie, señor Thorne —respondió Emma con frialdad, ajustándose el saco—. Cumplí con mi trabajo. Si me lo permite, me retiro.
Damián la tomó suave pero firmemente de la muñeca, deteniéndola en el sitio. La cercanía entre ambos hizo que el pulso de Emma se desbocara.
—No te vas a ir sola a esta hora —murmuró Damián, muy cerca de sus labios, con una intensidad que le erizó la piel—. Y a partir de hoy, vas a revisar personalmente cada uno de mis contratos. Me equivoqué contigo, pequeña De la Rivera... Resultaste ser mucho más peligrosa de lo que imaginaba.