¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
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Capítulo 22: Las cosas pendientes
Elena durmió poco aquella noche.
Adrián permaneció sentado junto a la ventana, vigilando su respiración. Cada vez que ella se movía, él se levantaba para acomodarle la almohada o revisar que no necesitara agua.
A las cuatro de la madrugada, Elena abrió los ojos.
—Sigues despierto.
—No tengo sueño.
—Eso es mentira.
—Estoy acostumbrado.
Elena lo observó con tristeza.
—No quiero que recuerdes estos días únicamente por el miedo.
Adrián se acercó a la cama.
—¿Qué quieres hacer?
—Regresar a la ciudad.
—¿Tan pronto?
—Hay cosas pendientes.
—Podemos resolverlas desde aquí.
—No todas.
Elena intentó incorporarse. Adrián la ayudó con cuidado.
—Quiero ver nuestra casa. Quiero entrar a la habitación de los muchachos. Quiero sentarme en la sala y mirar las fotografías. No quiero que mis últimos recuerdos sean estas paredes.
Adrián asintió.
—Volveremos mañana.
—También quiero visitar la oficina.
—¿La empresa?
—Sí.
—No es necesario.
—Para mí sí.
Elena había trabajado allí durante muchos años antes de enfermarse. No quería regresar para hablar de negocios, sino para despedirse de las personas que habían compartido parte de su vida.
Adrián no discutió.
Al amanecer, llamó al médico. Después de revisar su estado, el doctor autorizó el viaje, siempre que descansara y regresaran de inmediato si se sentía peor.
Mientras él organizaba todo, Elena le pidió la libreta.
—Todavía me falta terminar una carta.
Adrián se la entregó.
—¿Para quién?
—Para ti.
—No tienes que escribirla.
—Sí tengo.
—Puedes decírmelo.
—Hay cosas que solo salen cuando se escriben.
Adrián dejó la habitación.
Durante los días siguientes, Valeria también tuvo asuntos pendientes.
El apartamento comenzaba a tomar forma. Alma había colocado sus dibujos en la pared y elegido una cortina color amarillo claro para su habitación. Valeria, en cambio, apenas tenía tiempo para descansar.
Había conseguido comprar una mesa pequeña y una cama para ambas. El resto tendría que esperar.
Una tarde, mientras organizaba las cajas, recibió una llamada del administrador.
—La propietaria necesita confirmar el primer pago de la cuota mensual.
—Lo haré esta semana.
—También necesita actualizar unos documentos.
—Pasaré mañana.
Valeria colgó y se dejó caer sobre una caja.
Por unos segundos cerró los ojos.
Pensó en Adrián.
En la última vez que lo había visto en el hospital. En la promesa que le había hecho: no buscarla mientras Elena estuviera viva.
No sabía si él la cumpliría por amor a su esposa o por miedo a lo que pudiera sentir.
Tampoco sabía qué prefería.
Alma entró en la sala con una taza de leche.
—Mamá, tienes que comer.
—Ahora mismo.
—Siempre dices eso.
Valeria sonrió.
—Te estás pareciendo mucho a tu abuela.
—No conocí a mi abuela.
—Aun así.
Alma se sentó junto a ella.
—¿El señor Adrián es tu amigo?
Valeria se quedó quieta.
—Sí.
—¿Lo vas a invitar a nuestra casa?
—No.
—¿Por qué?
Valeria miró las paredes todavía vacías.
—Porque hay personas que no pueden entrar en nuestra vida cuando quieren.
—¿Y si quieren entrar después?
—Entonces tendrán que esperar.
Esa noche, Adrián regresó a la casa de campo después de organizar el viaje.
Encontró a Elena dormida con la libreta sobre el pecho.
La tomó con cuidado y la dejó en la mesa.
No leyó la carta.
No quiso invadir lo último que ella necesitaba decirle.
En el teléfono tenía un número que nunca se había atrevido a pedirle a Valeria. Lo había encontrado en un documento de la administración del edificio, pero jamás lo había marcado. Lo observó durante varios segundos. Después bloqueó la pantalla. No quería buscarla a escondidas ni convertir el sufrimiento de Elena en una oportunidad para acercarse a ella. Valeria merecía algo más que ser el refugio de un hombre confundido, y Elena merecía que él permaneciera a su lado con amor verdadero, no por culpa ni por obligación. Adrián regresó a la habitación y se sentó junto a su esposa. Tomó su mano con cuidado y la besó.Elena dormía profundamente. Él se quedó allí, acompañándola en silencio, sin pensar en cuánto tiempo le quedaba ni en lo que ocurriría después. Esa noche no esperaba que Elena muriera.Solo quería que viviera todo lo que todavía pudiera vivir, rodeada de amor, de recuerdos y de su familia.Valeria podía esperar. Pero Elena no tenía por qué hacerlo.