Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 22: El sabor de la ceniza
(Narrado por Máximiliano)
La luz pálida de la madrugada se filtraba de manera indolente a través de las persianas mal cerradas, proyectando rayas blancas y frías sobre una habitación completamente extraña que mis ojos se negaban a reconocer. El dolor de cabeza era un martilleo sordo, constante y punzante en mis sienes, acompañado de una sequedad amarga en la garganta y una pesadez extraña, antinatural, que parecía aprisionar cada músculo de mi cuerpo. Parpadeé varias veces con lentitud, intentando enfocar la vista mientras el vago recuerdo de una fiesta universitaria, de un vaso de cerveza compartido entre risas estridentes y de un torbellino de sensaciones febriles intentaba abrirse paso a la fuerza entre la densa neblina del alcohol.
Me senté pesadamente al borde de la cama, frotándome el rostro con las palmas de las manos, sintiendo el cuerpo profundamente adolorido y la mente fragmentada en mil pedazos inconexos. No tenía el menor indicio de cómo había llegado hasta allí, ni recordaba con quién había cruzado la puerta de ese departamento elegante que olía de manera persistente a un perfume caro, sofisticado y totalmente ajeno a mi realidad.
Al girar la cabeza hacia la mesa de noche de madera fina, buscando instintivamente mi teléfono o alguna pista que me orientara, mi respiración se detuvo de golpe.
Sobre la superficie pulida reposaba un sobre blanco, doblado con una prolijidad exasperante, del cual sobresalían las esquinas de varios billetes de alta denominación. Junto al dinero, una hoja de papel con una caligrafía fría, recta e impersonal contenía un par de líneas secas que indicaban con absoluta crudeza que aquello era el pago por mis servicios.
Sentí que el estómago se me encogía de inmediato, transformándose en un nudo de plomo helado que amenazaba con desgarrarme por dentro. La sangre comenzó a zumbarme en los oídos con una violencia sorda e insoportable. ¿Qué diablos había pasado? ¿Con quién había compartido la cama bajo los efectos del alcohol? El peso monumental de la humillación cayó sobre mis hombros de golpe, aplastándome el pecho de una manera tan cruel y despiadada que por un segundo larguísimo me faltó por completo el aire.
Me sentí profundamente sucio, usado, reducido a una simple mercancía barata comprada por capricho en una noche de excesos y debilidad. La rabia incontenible y la vergüenza más absoluta se mezclaron en una sola náusea amarga, quemándome las entrañas. No quise tocar el sobre; aparté la mano de inmediato, como si el papel estuviera ardiendo con fuego vivo. Me vestí a tientas con la ropa revuelta que yacía tirada en el suelo y salí de aquel departamento a toda prisa, huyendo despavorido de unas paredes que parecían cerrarse sobre mí para asfixiarme.
Los días posteriores a esa madrugada se convirtieron en un ejercicio de supervivencia silenciosa y brutal. Me prometí a mí mismo no volver a mirar jamás hacia atrás, enterrando lo ocurrido en el rincón más oscuro, impenetrable y profundo de mi memoria, y enfocándome de manera obsesiva en lo único que dependía enteramente de mí: las desveladas interminables sobre los libros de economía, los turnos dobles cargando cajas en la ferretería y la lucha incansable para salir adelante con dignidad, sin regalarle un ápice de lástima a mi propio destino. Quería creer con todas mis fuerzas que esa herida había cicatrizado por completo, ignorando ciegamente que el pasado siempre aguarda agazapado en las sombras, listo para regresar y cobrarse la cuenta cuando uno menos lo espera.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto