Una venganza despiadada cambiaron el destino de Ania para siempre. Convertida en víctima de una inseminación artificial, se descubrió embarazada de un completo desconocido, sin comprender cómo la crueldad humana había llegado tan lejos.
Rechazada y repudiada por su familia, no tuvo más opción que huir hacia las sombras.
Años después, el tiempo ha borrado a la joven indefensa: Ania regresa transformada en una mujer inquebrantable, sin saber que el destino le tiene preparado es un giro inesperado, en su camino se cruzará con el del verdadero padre de sus gemelos, un hombre de un poder inimaginable que jurará hacer arder a quienes se atrevieron a lastimarla.
Jairo Velarde jamás imaginó que la sangre de su sangre corría por las venas de dos pequeños inocentes. Sin embargo, al caer rendido ante el misterio y la belleza de Ania, descubrirá una verdad tan impactante que sacudirá los cimientos de su vida.
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CAPITULO 17: Humillación a los Carrillo
Los días posteriores a la cena se convirtieron en un torbellino de adrenalina y exigencia ejecutiva.
El desembarque oficial de Automotriz Gallegos en la capital requería de mucha precisión: las jornadas se fragmentaban entre juntas de alta dirección, firmas de contratos de exclusividad, rigurosas inspecciones y auditorías.
Sin embargo, bajo el asfalto de la rutina laboral, la atracción entre Ania y Jairo mutó en una fuerza indomable.
Sus miradas en la sala de juntas hablaban un idioma que la etiqueta corporativa no lograba censurar.
Se sonreían de manera instintiva al cruzar carpetas, sus mentes operaban con una sincronización matemática y parecían descifrar el siguiente movimiento del otro con una sola mirada.
Pese al magnetismo, ambos se mantuvieron atrincherados detrás de una línea profesional, aunque la tensión ambiental era tan evidente.
Pero la intriga habita en los detalles.
Jairo, cuya atención orbitaba obsesivamente alrededor de Ania, comenzó a registrar con recelo un patrón: apenas las manecillas del reloj marcaban el cierre de la jornada, prácticamente huía de las instalaciones, esquivando cualquier invitación, como si alguien de vital importancia la aguardara en su casa.
Aquel misterio empezó a erosionar el orgullo del CEO más de lo que estaba dispuesto a admitir. La verdadera estocada al corazón ocurrió el jueves por la tarde.
Jairo salía de su despacho privado cuando divisó a Ania al final del pasillo del ala ejecutiva, hablando por teléfono con la mirada encendida de una dulzura inédita.
“Sí, mi amor... yo también te extraño. Ya voy a casa a darte tus besos, espérame un poquito más” susurró ella con una voz tan aterciopelada que Jairo sintió una puñalada helada en el centro del pecho.
Una amarga y asfixiante sensación de posesividad e impotencia se instaló en su garganta.
Jairo desconocía por completo la vida privada de la mujer que le quitaba el sueño.
En su mente herida, solo cabía la certeza de un rival.
Jamás cruzó por su imaginación que al otro lado de la línea la esperaban dos pequeños de dos años que eran el eje de su universo: sus gemelos, los únicos y legítimos amores de su vida.
La moneda de la desconfianza, no obstante, tenía dos caras.
Al día siguiente, mientras Ania revisaba unas minutas cerca del área de cafetería, escuchó accidentalmente el cuchicheo de dos secretarias de finanzas.
“El jefe Velarde está intratable hoy... Debe ser porque el pequeño Mateo, su hijo, se enfermó”
Las palabras cayeron sobre Ania con el peso «Un hijo», se repitió internamente.
Automáticamente, su mente conectó los puntos de la lógica: si tenía un hijo, por consecuencia Jairo debía estar casado.
El dolor de la decepción fue punzante.
Avergonzada de su propia ingenuidad, Ania se juró a sí misma arrancarse aquella absurda e inapropiada atracción por el CEO.
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Para Juan Gallegos, la semana tampoco había sido un paseo de cortesía.
El peso de la transición empresarial lo dejó exhausto, con los músculos tensos por la responsabilidad.
Por ello, al caer la noche del viernes, aceptó la propuesta de su leal amigo Víctor para salir a despejar la mente a un exclusivo lounge-bar, un santuario de luces tenues y sofás de terciopelo frecuentado únicamente por personas con poder de dinero y político de la ciudad.
Tres años atrás, en su anterior vida, Juan ni siquiera habría podido cruzar la entrada de un recinto semejante si no era exhibiendo el apellido de alcurnia de su exesposa, actuando como un accesorio dócil.
Siendo el hombre orgulloso que era, siempre había preferido el exilio de la clase media antes que mendigar estatus.
Pero el tiempo de las humillaciones había caducado. Ahora entraba, firmaba y salía de donde le placía por derecho propio, bajo la sombra de nadie.
“Me cumpliste el sueño de la vida, viejo amigo” comentó Víctor, dándole un trago a su vaso de whisky mientras admiraba los acabados de hoja de oro del techo “Pensar que pasamos años viendo este lugar desde la acera de enfrente”
Juan esbozó una sonrisa sobria, acomodándose los puños de su impecable traje “Me alegra profundamente que estés aquí conmigo, Víctor. Aún recuerdo cuando te negabas a entrar, solo porque decías que no ibas a permitir usar el apellido Carrillo como pase”
Víctor soltó una carcajada irónica, eran camaradas de mil batallas.
Se instalaron en una de las mesas de la sección VIP, una posición elevada que dominaba con total nitidez el flujo de la barra principal.
Fue en medio de esa complicidad que la risa de Víctor se congeló, transformándose en una mueca de absoluto desprecio.
“Hablando de las pestes del infierno...” soltó el amigo, entornando los ojos “Parece que si uno invoca al diablo en esta ciudad, el viejo infeliz aparece con todo su circo”
Juan siguió la línea visual de su amigo. Cruzando el umbral del bar, apareció Roberto Carrillo.
El anciano tirano caminaba con la misma arrogancia acartonada de siempre, flanqueado por sus hijas: Elena, que venía del brazo de su esposo, y Ana Carrillo, que lucía un vestido de lentejuelas que gritaba desesperación por atención.
Juan no pestañeó, con una sangre fría que solo dan los años de exilio y poder real, desvió la mirada con absoluta indiferencia, continuando su conversación con Víctor como si acabara de ver pasar un insecto por la alfombra.
Aquel gesto de olímpico desdén hirió el inflado ego de los Carrillo de forma fulminante.
Roberto, acostumbrado a que se inclinaran ante su decadente estirpe, sintió el veneno de la humillación al notar que en los ojos de Juan ya no habitaba el miedo, ni la sumisión, ni la culpa.
El patriarca de los Carrillo desvió su rumbo y avanzó con pasos pesados directo hacia la zona VIP, seguido por sus hijas.
“Vaya, vaya...” escupió Roberto, deteniéndose frente a la mesa con una mueca de asco “Ahora resulta que la gerencia de este bar deja entrar a cualquier pordiosero con pretensiones. Definitivamente, este lugar está perdiendo toda su credibilidad”
Juan levantó la cabeza con una lentitud exasperante. Apoyó la espalda en el respaldo del sofá, entrelazó los dedos y arqueó una ceja con una elegancia que hizo ver a Roberto como un payaso de feria.
“Perdió tanta credibilidad el lugar, señor Carrillo... que yo estaba disfrutando de una excelente noche, no los llamé, y aun así vino directo a la mesa” respondio Juan con un sarcasmo letal.
La mandíbula de Roberto se desencajó, tiñéndose sus facciones de un tono violáceo “¿Cómo te atreves, miserable muerto de hambre?”
“La verdadera pregunta de la noche es: ¿cómo se atreven ustedes a interrumpir mi mesa?”, devolvió Juan
Su voz gélida que congeló el aire “¿Se retiran por las buenas o tengo que ordenarle a la seguridad que saque a usted y su manga de mequetrefes a la calle? No me gusta mezclarme con gente de su calaña”
El rostro de Roberto se encendió de rabia. Las manos le temblaron sobre el bastón de empuñadura de plata.
“Maldito infeliz...” siseó el viejo “¿Dónde tienes escondida a mi nieta? Ania sigue siendo de la sangre Carrillo y tenemos cuentas muy importantes que ajustar con ella por la vergüenza que nos hizo pasar”
Víctor se puso en pie de inmediato, tirando de la mesa con los puños cerrados, con la intención legítima de estamparle el vaso de vidrio en la cara al viejo por referirse a Ania como si fuera mercancía.
No obstante, la mano firme de Juan se posó sobre el antebrazo de su amigo, deteniéndolo con una autoridad indiscutible.
Juan Gallegos se levantó de su asiento. Su imponente estatura y la anchura de sus hombros eclipsaron por completo la encorvada silueta de Roberto Carrillo.
Dio un paso al frente, acortando la distancia, y clavó sus dedos como garras de acero en los hombros del anciano, apretando los huesos con una fuerza descomunal.
“Escúchame bien, viejo ridículo” le siseó Juan al oído con una voz cortante “Mi hija hoy es dueña de su vida y hace lo que le da su regalada gana. Y si tú, o cualquiera de los parásitos que componen tu ridícula familia, se atreven a respirar el mismo aire que ella o a acercarse a menos de cien metros de sus pasos... me voy a encargar personalmente de destruirlos. Los voy a dejar en la absoluta indigencia. Haré que terminen mendigando trabajo en mis talleres... o quizás, si me levanto de mal humor, los haga desaparecer por completo de la faz de la tierra. ¿Te quedó claro?”
Juan lo soltó con un desprecio tan violento que Roberto trastabilló tres pasos hacia atrás, y habría terminado de espaldas contra el suelo si Elena y su esposo no lo hubieran atajado por los codos.
Ana Carrillo, buscando recuperar el terreno perdido de la soberbia, dio un paso al frente con la mirada cargada de veneno “Pobre diablo... Seguro tuviste que empeñar hasta los dientes o usar mis antiguas influencias para poder vestirte con un traje decente y aparentar lo que no eres”
Juan la barrió de arriba abajo con una mirada de absoluta lástima, soltando una risa burlanca que la hizo congelarse.
Luego, ignorándola por completo, fijó sus ojos en el anciano “Controle a su títere, señor Carrillo. Ya queda bajo su propio riesgo si quiere seguir provocándome”
Juan metió la mano en el bolsillo interior de su saco, extrajo una pulcra tarjeta de presentación con bordes de oro satinado y la arrojó con desdén directo contra el pecho del viejo.
“Vamos, Víctor. La credibilidad de este bar definitivamente se fue al piso” concluyó el magnate.
Víctor sonrió con una satisfacción salvaje y siguió a su amigo hacia la salida, dejando atrás un silencio sepulcral en la zona VIP.
Roberto, con la respiración entrecortada y el pulso tembloroso, recogió la tarjeta del suelo.
Al enfocar la vista sobre las letras en relieve, sus ojos casi se salen de las órbitas y el color desapareció de su rostro por completo.
AUTOMOTRIZ GALLEGOS Juan Gallegos — director ejecutivo
El anciano se quedó mudo. Los rumores del mercado financiero no mentían, había escuchado hasta el cansancio sobre el meteórico e implacable ascenso de esa multinacional que en solo tres años había devorado el setenta por ciento del mercado automotriz.
Incluso el propio Roberto había tenido que desembolsar una fortuna el mes pasado para adquirir una camioneta blindada de esa marca para su seguridad.
El hombre al que llamó pordiosero era ahora el dueño del monopolio.
Elena le arrebató la tarjeta a su padre, con los ojos abiertos de par en par debido a la codicia.
“Vaya, vaya...” soltó con una sonrisa maliciosa, mirando a su hermana “Parece que vas a tener que volver a sacar tus dotes de seductora para conquistarlo otra vez, hermanita. El chofer ahora es alguien importante”
Ana Carrillo sostuvo la tarjeta con los dedos rígidos. Para su desgracia y humillación interna, su corazón había vuelto a latir con una fuerza salvaje en el pecho al ver a Juan.
El hombre que recordaba como un empleado sumiso se había transformado en un espécimen alfa: infinitamente más atractivo, elegante, seguro de sí mismo y desbordante de un poder que la hacía derretirse.
“Cállense las dos. Nos vamos de aquí inmediatamente. Tenemos estrategias que replantear” ordenó Roberto con la boca amarga de humillación, dándose la vuelta.
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Después de dejar a Víctor en su domicilio, Juan condujo de regreso a la villa.
Al cruzar el umbral del salón principal, se topó con una escena que lo hizo reír de inmediato: Ania y Pía lo esperaban sentadas en el sofá principal, cruzadas de brazos y con el ceño fruncido, imitando a la perfección la postura de dos madres severas aguardando el regreso de un hijo adolescente que se había excedido con la hora de llegada.
Juan soltó una carcajada limpia que llenó el espacio, se acercó a ellas y depositó un tierno beso en la coronilla de cada una antes de dejarse caer en el sillón individual.
Sin omitir un solo detalle, les relató el encuentro en el bar con los Carrillo. Las hermanas estallaron en una celebración eufórica.
Pía se puso en pie, colocándose el cojín del sillón debajo del saco para imitar la prominente barriga y los andares torpes de Roberto Carrillo, exagerando sus muecas de rabia hasta que las lágrimas de risa rodaron por las mejillas de Ania.
Tras diluir las tensiones del pasado entre risas familiares, el silencio regresó a la villa y cada uno se retiró a sus habitaciones para buscar el descanso.
Al día siguiente no era una jornada cualquiera; la luz del sol traería consigo la gran conferencia de prensa internacional que anunciaría oficialmente la fusión entre el Grupo Velarde y Automotriz Gallegos.
Elena y Antonia por andar humillando a Ania Juan Gallego les tendrá su buena sorpresa 😮😮
Orlando y Jairo la traición la tienen metida en su casa Olga la marioneta de Vidal será la involucrada en todo lo que hagan.
Vidal vil, asqueroso y manipulador y Rachel una putizorra, desnaturalizada y putizorra tener relaciones con ese monstruo que asco.