Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 3
Un dolor punzante en la cabeza fue lo primero que devolvió a Alana a la realidad. No había pitidos de monitores ni el olor antiséptico del hospital; solo un frío penetrante que le colaba hasta los huesos y un denso aroma a madera húmeda, musgo y ceniza.
Abrió los ojos con dificultad. La visión se le nubló por un instante antes de enfocarse en un techo de vigas de madera carcomidas y paredes de piedra áspera y oscura. Estaba tumbada sobre un jergón de paja duro y ruidoso, cubierto apenas por una manta de lana áspera que le picaba en la piel.
—¿Dónde... dónde estoy? —murmuró. Su voz sonó rasposa, débil.
Intentó llevarse una mano a la cabeza para calmar el latido sordo en sus sienes, pero la tela de sus mangas llamó de inmediato su atención. No llevaba la bata de hospital ni la ropa mojada por la lluvia con la que recordaba haber cruzado la calle.
Se incorporó despacio, mareada, y miró su cuerpo con absoluto desconcierto.
Llevaba puesta una camisa blanca de tela burda y manga larga, abotonada hasta el cuello, y encima, un vestido de paño negro, pesado y largo hasta los tobillos, ajustado a la cintura por un delantal blanco encaje sencillo. Era un uniforme de sirvienta rígido, propio de una época victoriana o medieval, sin ninguna flexibilidad ni comodidad moderna.
—¿Qué es esto...? —susurró, tocando con dedos temblorosos la falda pesada.
Miró a su alrededor. La habitación era pequeña, casi una celda, iluminada únicamente por la tenue luz del amanecer que se filtraba por una pequeña ventana sin cristales. Había un cubo de madera con agua, una palangana de metal y un par de escobas apoyadas en un rincón.
El eco de los últimos recuerdos golpeó su mente con la fuerza de un rayo: la traición de Ethan y Alina en su cama, la lluvia helada, los faros del camión, el impacto sordo y la voz aterrorizada de su madre llamándola por teléfono.
*Se suponía que debía estar muerta. O en un hospital.*
Sosteniéndose de la pared de piedra fría, se puso de pie. Sus piernas temblaban, pero el dolor del accidente había desaparecido por completo; solo quedaba un cansancio extraño, ajeno a su cuerpo. Caminó hacia la palangana con agua e inclinó la cara para mirarse en el reflejo.
Lo que vio la dejó sin aliento.
El rostro que la miraba desde el agua no era del todo el suyo. Tenía sus mismos ojos, pero la piel era más pálida, las manos tenían pequeñas durezas de trabajo pesado y el cabello, aunque del mismo tono, caía en ondas despeinadas hasta la cintura.
Antes de que pudiera asimilar el shock, el sonido de unos pasos pesados resonó en el pasillo de piedra al otro lado de la puerta de madera. Una voz firme y autoritaria se escuchó desde el exterior, acompañada por el choque metálico de lo que sonaban como armaduras o llaves gruesas.
Alana dio un paso atrás, con el corazón martilleándole en el pecho, atrapada en un cuerpo que no sentía completamente suyo y vestida como la sirvienta de un lugar que jamás había visto.
La puerta de madera se abrió de golpe, chocando con violencia contra la pared de piedra.
Una mujer de mediana edad, de compostura rígida, mandíbula marcada y un vestido similar pero impecable, se detuvo en el umbral. Llevaba un manojo de llaves pesadas enganchado al cinturón y sus ojos grises recorrieron a Alana de arriba abajo con una mezcla de severidad y desdén.
—¿Sigue de pie perdiendo el tiempo, muchacha? —dijo la mujer con una voz potente que hizo eco en la pequeña celda—. Los sirvientes de las cocinas llevan despiertos desde la tercera campanada. Si cree que por estar en el ala este del palacio del Gran Alfa va a tener privilegios, se equivoca rotundamente.
Alana dio un paso atrás, con la espalda pegada a la piedra fría. El término resonó en su mente como algo fuera de lugar: *¿Gran Alfa? ¿Palacio?*
—Yo... no sé dónde estoy —logró articular Alana, sosteniéndose el pecho mientras trataba de procesar la situación—. Tuve un accidente... estaba en la ciudad...
La mujer soltó un resoplido amargo y dio un paso hacia ella. Al acortar la distancia, Alana sintió una presión física extraña en el aire, una pesadez imponente que parecía emanar directamente de la presencia de la mujer, como si fuera una fuerza invisible empujándola a bajar la cabeza.
—Déjate de tonterías y excusas absurdas —sentenció la mujer, tomándola bruscamente del antebrazo con un agarre sorpresivamente firme, casi sobrehumano—. Te recogimos del bosque del límite hace dos días tras la redada, y la Sra. Martha bastante tuvo con curarte la fiebre. Aquí no hay espacio para holgazanas. Si el Lord Alfa o cualquiera de los guardianes de la Manada de la Luna Sangrienta ve un solo plato sucio o una vela consumida, nos castigará a todas.
Alana intentó soltarse del agarre, pero los dedos de la mujer no cedían un milímetro.
—¡Suelteme! ¡Esto es un error! ¡Llámeme a la policía o a un médico!
La mujer la miró como si hubiera perdido la razón por completo.
—¿Policía? No sé de qué demonios hablas, pero como vuelvas a alzarme la voz, te enviaré a limpiar las calderas de los guerreros. Ahora ponte el delantal recto, lávate la cara con el agua de la palangana y baja de inmediato al Gran Salón. Hoy llega el Rey Alfa de la cumbre del norte, y el castillo entero debe estar impecable si no quieres probar la furia de su lobo.
La ama de llaves la soltó de golpe, haciendo que Alana diera un traspié contra el jergón, y salió a zancadas por el pasillo, dejando la puerta abierta de par en par.
Alana se quedó sola en el silencio de la habitación, escuchando el eco de unos pasos pesados y lejanos que no sonaban a humanos, junto con un lejano y profundo aullido que retumbó por todo el valle de piedra. El vello de sus brazos se erizó por completo.
Caminó temblorosa hacia la ventana sin cristales y asomó la cabeza.
Lo que vio afuera terminó de destrozar cualquier lógica de su antigua vida. No había edificios, ni semáforos, ni las calles mojadas de la ciudad. Ante ella se desplegaba un imponente castillo de piedra oscura erigido sobre un acantilado gigantesco, rodeado por un bosque denso e interminable de pino y niebla, bajo un cielo cruzado por dos lunas deslumbrantes.